Proeza de Miguel Abellán

Daba miedo ver a Miguel Abellán con las guedejas negras de su pelo bailando sobre la frente y la mirada brillante, con el rostro y  aquél terno impoluto que luciera  cuarto de hora antes en el paseíllo entintado en la sangre del toro. Aquél  blanco y plata –¡cómo le gustan a Abellán estos colores— era ya todo rojo, todo grana, todo sangre. El primer toro de la corrida se lo había echado a los lomos en el embroque del segundo cite de largo por el pitón derecho. El viento se adueñó de la muleta, el toro se durmió por ese lado y los garfios afilados de sus pitones prendieron al muñeco de luces, vapuleándolo en un santiamén. ¡Qué suerte tienen los toreros, a veces, en este tipo de percances! Parecía imposible que el toro no lo hubiera calado por varios sitios. Todo era sangre –¿sólo del toro?– en aquella figura alfeñicada que se mantenía en pie a duras penas mientras se cruzaba al cuerno de afuera con el estaquillador de la muleta aferrada a su mano izquierda. Daba miedo verlo.

Tres series de naturales ajustados, pasándose por la barriga al castaño salpicado, de rizosa cara y ensortijado morrillo llevaron el congojo hasta la parte de arriba de la garganta de los espectadores. Un toro de estampa antigua –serio, serio, serio donde los haya—y un joven de nuestro tiempo se baten a muerte sobre la arena en pleno siglo XXI. ¡Quién lo diría! Solo cuando caló definitivamente a la bestia supimos que había ganado el torero. Solo cuando rodó el animal, descabellado junto a las tablas, respiramos tranquilos.

Miguel Abellán se fue a la enfermería con paso vacilante. Estaba recién salido del hospital después de ser intervenido de una dolencia nefrítica. Había desafiado la salida de ese toro que ahora se llevaban las mulas arrodillado frente a chiqueros, y siguió toreando rodilla en tierra  hasta que remató con otra afarolada. Se lo había ceñido a la cintura en unas garbosas chicuelinas y lo sometió por abajo al comenzar la faena, con aplomo y torería. Ahí van ahora los dos contendientes, uno, muerto y arrastrado; otro, medio muerto y victorioso. La proeza se había consumado.

Casi nadie esperábamos que Miguel saliera de la enfermería. Quien más quien menos hacíamos cábalas sobre las consecuencias del brutal encontronazo con el toro. La corrida siguió con la temperatura emocional rebajada por mor de la también rebajada casta de los toros de El Montecillo. El gazapeo y la flojedad del segundo toro apenas dejó mostrar a Paco Ureña el valor sereno que atesora y su concepto clásico del toreo. Apenas pinceladas de temple y aguante, conduciendo una embestida  que llevaba los pitones sobre el palillo de la muleta. Apenas nada. Tampoco Joselito Adame había podido revalidar su buen cartel con otro “montecillo” trotón, sin fijeza, manso y astuto, que lo prendió en un descuido y revolcó al peón Tomás López. Joselito le pone la zocata al toro y al viento en un alarde de valor inconmensurable. Daba miedo verlo. Entre el ventarrón y el descaste, estaban arramplando con la tarde de toros.

Alterado el orden de lidia, Paco Ureña salió a torear al segundo de su lote como cuarto de la tarde. Otro castaño bien cuajado que aprieta en varas tanto como aprieta el viento en la Plaza. Muy pronto se comprueba que el toro de Paco Medina embiste con tranco mansueto, largo y noble y Paco Ureña lo torea de muleta con pulcritud, aunque sin acabar de conectar con los tendidos. En un remate, el toro lo prende y le atraviesa el muslo izquierdo. ¡Qué mala suerte tienen, a veces, los toreros cuando les acierta el gañafón! Consumada la fechoría, el toro se raja, y el torero, con la pierna a rastras, pone patas arriba al agresor de una estocada sin puntilla. A duras penas, también, el torero se dirige andando a la enfermería. Consternación en la plaza. La sombra del 20-M se cierne sobre Las Ventas cuando un rumor creciente acaba estallando en una ovación: ¡Miguel Abellán sale de la enfermería!

Grandón y acaballado, el toro que estaba reseñado para lidiarse en cuarto lugar aparece en el ruedo como quinto. Abellán muestra una palidez asustante. Está severamente apalizado,  pero no se quiere ir de Madrid y de su feria taurina medio derrotado. Discretamente lavado su vestido, la discreta blancura de la seda y el bordado rivaliza con la de su tez. El toro se muestra renuente a tomar los engaños porque la casta escasea. Miguel le planta cara engallado, pero consciente de lo que debe hacer para torear a esa mole de 605 kilos que se empeña en ponérselo difícil. Exponiendo una enormidad, logra tandas de naturales, citando cruzadísimo y provocando cada pase para hilvanar las series. ¡Qué mérito, señores! Más mérito aún, alcanzar aquél hoyo de las agujas –debió parecerle al torero el Himalaya—y envasar por él una estocada soberbia. Cuando el toro, tras largo amorcillamiento, se rindió, Miguel pareció rendirse, también, siquiera fuera momentáneamente, asentándose en el estribo de la barrera. Estaba fundido. Aún no se sabe cómo pudo dar la vuelta al ruedo con aquella oreja del toro que el público había solicitado con unánime aclamación.

Cuando al terminar la corrida cruzaba el ruedo, envuelto en una nueva y  emotiva ovación, comprendí que la suerte es volátil, caprichosa, inaprensible; a Joselito Adame, le volvió la espalda, porque el último toro fue un borrico grandullón, manso perdido, un tren que pasaba distraído junto a un pequeño guardagujas, y se fue de la Plaza disgustado; a Paco Ureña, le estaban operando en la enfermería y despertará de la anestesia entre lágrimas, porque perderá algunos contratos, y este Miguel Abellán la había desafiado –a la incontrolable suerte– en unas circunstancias y en unas condiciones imposibles. Estas cosas son las que diferencian al hombre que pone en juego su vida frente a un toro del colectivo que lo presencia desde el graderío.

¡Qué suerte tienes, torero… de ser torero!

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 21ª de abono. Ganadería: El Montecillo: Corrida cuajada, dispareja de presencia, algunos toros con exceso de peso, irregularmente armada. Muy serio y encastado el primero, gazapón y blando el segundo, abanto, mansote y a la caza el tercero, muy cuajado, de tranco largo y bonancible embestida el jugado en cuarto lugar, grandullón el que salió como quinto y manso perdido el sexto. Espadas: Miguel Abellán (de blanco y plata), estocada que asoma, pinchazo, estocada y cuatro descabellos (aviso y ovación cuando pasa a la enfermería) y soberbia estocada (aviso y oreja); Paco Ureña (de canela y oro), estocada pescuecera (silencio) y estocada desprendida (ovación cuando pasa a la enfermería) y Joselito Adame (de grana y azabache), dos pinchazos y estocada (silencio) y media estocada (aviso y aplausos). Entrada: Tres cuartos. Cuadrillas: Destacó Vicente González, picando al segundo toro. Incidencias: Tarde soleada con fuertes rachas de viento. Partes facultativos: Miguel Abellán fue atendido en la enfermería de un fuerte traumatismo craneoencefálico y múltiples contusiones, de pronóstico reservado y Paco Ureña operado de una cornada en el muslo izquierdo, de 25 centímetros, que destroza músculos isquiotibiales y contusiona el nervio ciático. Pronóstico, grave.