Siniestro (casi) total

Empecemos por el final: si no llega a ser porque “Fantasioso” sale al ruedo ayer en Las Ventas, sale a su vez el personal a la calle jurando en hebreo y echando pestes sobre lo que acaba de presenciar. “Fantasioso” fue algo así como el taraje que brota de pronto en la ladera del escarpado para que a él pueda aferrarse el que acaba de caer por el abismo. Para que lo entiendan con mayor cercanía y sin eufemismos, “Fantasioso” fue ayer el Sergio Ramos de la corrida de El Pilar, el paladín salvador in extremis de una derrota lacerante.

“Fantasioso”, número97, negro listón, de 562 kilos, armónico de hechuras y muy seriamente armado, apareció en el ruedo en último lugar, casi en el tiempo de descuento, cuando parecía que “aquello” no había bicho viviente que lo levantara. Gran toro, “Fantasioso”; bravo, muy bravo y noble, muy noble. Un toro de Puerta Grande, se mire como se mire.

Alejandro Talavante toreó de capa a este toro de El Pilar con un desmayo de brazos poco común en este torero. Al ralentí. El mejor toreo de capa de la feria, hasta el momento. Lo merecía el toro, que ya “cantó” su excepcional embestida en los tres primeros capotazos de recogida, y que sirvieron para que deslumbrara el fucilazo de un tranco armonioso y largo recorrido, con los buidos pitones ladeándose ante el carmesí del percal. Tras una buena pelea en varas y la brega magnífica de Juan José Trujillo,  El Tala lo brindó desde los medios y el toro no perdió de vista la muleta del torero ni un instante. No hacía más que adelantar la franela y gritar ¡je, toro!, y ya estaba allí “Fantasioso” con su fantástica galopada, describiendo una ruta curvilínea y metiendo el morro a ras de suelo tantas veces como se le antojara a su lidiador.

No obstante, su lidiador, Alejandro Talavante, se mostraba  un tanto precipitado en lo que a la construcción de las tandas se refiere, porque las tres primeras las consumía con tres en redondo y el de pecho. Aquello nos sabía a poco. Un toro como ése no merecía raciones, si bien de exquisita calidad, de tan rácano contenido. Eso sí, los olés sonaron unísonos y roncos. Fue la réplica del público en forma de estallante complacencia, que redimía a torero y ganadero de una tarde calamitosa, en todos los sentidos. Se sucedían los naturales, bien citando de frente o de costado, o de perfil o a pies juntos. Qué más daba. “Fantasioso” derrochaba bravura y nobleza por la derecha o por la izquierda y Talavante se paseaba henchido de gozo tras los remates de las series… pero seguíamos esperando la traca final, la tanda rotunda, el golpe de gracia o la fantasía que “Fantasioso” merecía, para que la obra cumbre se  culminara. Y no llegó. Ni siquiera con la espada. A Talavante se le escapó la Puerta Grande, mientras un toro de bandera se iba camino del desolladero, sin más gloria que la efímera de una gran ovación.

Cualquiera que hubiera escuchado desde afuera  el eco de los clamores y escrutara después el semblante de quienes salían de la Plaza,  pensaría que el festejo había resultado apoteósico. Y no fue así. Al arrastre del penúltimo toro, la tarde se desplomaba con trazas de siniestro total. Si yo les contara…¡mamma mía!

Les cuento: no hubo toro de El Pilar que no se protestara, tanto por su aspecto como por su comportamiento. No hubo torero –Talavante incluido—que no fuera blanco de las iras de un público que hallábase irritado como pocas veces hemos visto en la plaza de Madrid. ¿Tan mal presentados estaban los toros? Depende de cómo se mire. Si ponemos como modelo algunos cornúpetas de corridas anteriores, por ejemplo el de Ibán cuyos pitones alcanzaban el dintel de chiqueros o algún que otro galafate de los lidiados durante la feria, pues, en efecto, distaban mucho de acercarse a lo que, parece ser, debe ser el “toro de Madrid”. Los de El Pilar no eran sino ejemplares propios de su encaste; ahora bien, ¿es éste un encaste apropiado para concurrir a Las Ventas? O bien, ¿se hubieran protestado con tal virulencia, hasta enronquecer y de forma continuada, si con ellos se hubieran anunciado tres toreros de los llamados “modestos”? Ahí está el busilis de la cuestión.

Hubo un toro, el tercero, que, ciertamente ofrecía una cara empobrecida. Era cinqueño, pero lucía dos pitones escasitos, la verdad. Sin embargo, el resto entraba dentro de lo que podríamos llamar una línea morfológica consecuente con el linaje del que proceden y una conformación córnea proporcionada, por no abundar en la romana de cuarto y quinto, por encima de los seiscientos quilos. ¿No gusta esta tipología ni este encaste? Pues no seré yo quien rebata la legítima libertad de opinión.

Ahora bien, los cinco primeros toros tuvieron un comportamiento abanto de salida, desentendiéndose de los primeros cites y buscando posibles lugares de escape; se dejaron pegar en el caballo y llegaron al último tercio mostrando un viaje cansino, de trote cochinero. ¿Embistieron? Siguieron la ruta de las muletas, que no es lo mismo. Embestir es otra cosa, es atacar, plantar cara, pedir pelea,  no ir resignados al tajo, como quien va a fichar pensando en la hora de salida.

De esta forma recorrieron el ruedo los toros de El Pilar. Los toreros  –los tres–se hincharon a pegar pases y más pases, mientras un sector se desgañitaba contra Manzanares, censurando su torero desajustado y periférico, no haciendo ni puñetero caso a Castella y Talavante y la gran masa –un público amorfo– se tragaba su decepción poniendo caras lacias, entreteniéndose con paquetes de pipas o agotando la batería del móvil, en busca del amigo que está en la fila 5 del tendido 10 y aún no se han localizado.

Menos mal que el último cartucho que se guardaba en la recámara de chiqueros nos redimió de la debacle, del “güaterló”, del escándalo mayúsculo. Un solo  toro salvó  la corrida del siniestro total.

Loor a “Fantasioso”. Bien puede el ganadero que lo crió y lo trajo a Madrid, dedicarle prédicas en la intimidad y agradecerle su denodada entrega en pro de la honra y prez de su divisa. Si no fuera porque pecaría de irreverente, le aconsejaría a Moisés Fraile que le encargara una misa en los cabo-de-año, cada 29 de mayo, para perpetuar el recuerdo de quien salvó su prestigio de criador de reses bravas. En la basílica de El Pilar, a ser posible.

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 20ª de abono. Ganadería: El Pilar: Corrida dispareja de hechuras, pero casi toda ella en el tipo “Aldeanueva” del encaste Domecq, es decir, toros zanquilargos, montados de cruz y largos de cuerpo. Todos lucieron esta morfología, excepto el segundo, que pareció salido de los “lisardos” del otro hierro. Todos, también, protestadísimos, salvo el sexto. Abantos primero y segundo, casi todos adolecieron de falta de casta, y describieron cansinas acometidas. El sexto, de preciosa lámina, fue bravo y noble; un gran toro. Espadas: Sebastián Castella (de azul noche y oro), metisaca en los bajos y estocada (aviso y silencio) y pinchazo y estocada (aviso y silencio); José María Manzanares (de purísima y oro), estoconazo contrario (silencio) y dos pinchazos y media estocada (silencio) y Alejandro Talavante (de canela y oro), estocada atravesada (silencio) y tres pinchazos y estocada (aviso y ovación). Entrada: Llenazo de “No Hay Billetes”. Cuadrillas: José Antonio Barroso destacó con la vara de picar, Juan José Trujillo en la brega y José Chacón y Vicente Herrera en banderillas. Incidencias: Tarde primaveral, de suave temperatura y sin viento aparente.