De largo

La corrida prometía. Los “ibanes” suelen dar alguna que otra sorpresa en Madrid y tienen bien ganada fama de toros duros de patas y entrega en los primeros tercios, lo cual es una regalía para aquellos aficionados que añoran la belleza que presenta y la emoción que genera la suerte de varas, ya solo rememorada en versión blanco y negro.

El caso es que la corrida comenzó con solecillo, viento molesto y unas nubes de color gris marengo que barruntaban malas intenciones. Y comenzó bien, porque el primer cornúpeta de Baltasar Ibán era agalgado, vareado de carnes –más bien escurrido—, enseñando los pitones negros y afilados por delante  y nadie protestó su presentación. Dejemos que se vea el toro en el caballo, que comprobemos su fortaleza y el caudal de bravura que atesora. Ahí va el toro hacia la mole de picar, lo menos a veinte metros de distancia, con alegre galope.  Hace una brava pelea en varas. Las casta, ya se sabe. Vuelve a arrancarse de largo. Nuevo puyazo. Llega a la muleta con templada y encastada nobleza,  pero su matador, Fernando Robleño se entera tarde de que tiene un pitón izquierdo de lujo. Cuatro tandas a derechas erosionan el poderío del buen toro de Ibán, antes de que Robleño se guste en dos de naturales. No anda fino el torero con la espada.

Apenas hace acto de presencia en el ruedo el segundo toro y un vaho de humedad se pasea por los tendidos. “Tranquilos, que hoy no llueve”, dice un optimista. Y, en efecto, el “ibán” cinqueño, colorado y arremangado de cuerna se lidia sin perturbaciones acuíferas dignas de mención. Va de largo al caballo hasta tres veces y, aunque no se emplea con codicia ante el peto, despierta beneplácitos y esperanzas en el público… y en el torero. Luis Bolívar cree que puede domeñar el impulso temperamental del toro –pega arreones al inicio de las suertes y cabezazos a su término—y se la juega cuando el viento incordia con inusitada furibundez.

En vilo  nos tenía el torero colombiano cuando comenzó a pintear. “Cuatro gotas”, vuelve a insistir el optimista. Bolívar arranca muletazos a base de aguantar tarascadas y se perfila cuando se abren los cielos y jarrea a discreción mientras se llevan para el destazadero al segundo toro encastado, pero complicado, de la tarde. De pronto, las cuatro gotas se convirtieron en cuatro mil. En este punto, cambió la corrida.

En medio del chaparrón fueron saliendo toros al ruedo, algunos de los cuales, a petición de un sector de público, acudieron de largo al cite del piquero, y ya comenzaron a aparecer en ellos –los toros– claros síntomas de mansedumbre, cobardía o desfondamiento. La casta se diluía en cuanto tocaban a banderillas, y aquellos “ibanes” iban y venían como marmolillos más o menos flojos, pero ya todos ayunos de casta, “agarrados al piso”, como dicen en México. Incluso hubo toro, como el sexto, que se manifestó con un comportamiento perfectamente borreguil. ¿Qué había pasado con la casta? Se había diluido tras la suerte de varas. Mucho ir de largo, mucho clamoreo del público adicto,  para luego acobardarse tras el castigo y quedarse cortos-cortísimos, casi parados, ante la muleta del torero. Conste que soy el primero en jalear las arrancadas impetuosas o los galopes alegres de los toros en la suerte de picar; pero, lo repetiré una y mil veces, tras la espontánea reacción de ese trayecto del toro hacia el castigo hay que esperar unos segundos y ver qué hace cuando sienta el hierro. Ése es el primer banco de pruebas, el primer dinamómetro de la bravura. Y, lamentablemente, los cuatro últimos lidiados ayer en Madrid se vinieron abajo estrepitosamente en el tercio final. Fue llegar la chaparrada y empezaron los toros a flaquear, a desentenderse de las muletas o aferrarse a la arena, más o menos calada, de Las Ventas. Se salvaron  los dos primeros. ¿No será que el agua de lluvia ejerce como disolvente de la casta?   ¿O quizá, por desventura, el agua del cielo de  Madrid –o de Madrid, al cielo—se cuela por las aberturas de la puya y las banderillas y amortigua las reacciones temperamentales de los  toros? Ahí dejo el interrogante para los estudiosos del misterio del toro bravo y las consecuencias que en él concurren cuando se ven afectados por los caprichos de la meteorología.

Desde luego, el juego del tercer toro –primero de Rubén Pinar—no tuvo color con los anteriores. Mansito, descastadito, con la cara por arribita y todos los “itos” e “itas” que ustedes quieran ponerle a un toro cuando se gana el derecho a minimizar su juego. Rubén se puso delante, simplemente, y lo llevó prendido en su muleta de acá para allá, sin ilusión. Torear la sosería debe ser un duro castigo.

Ya se dijo que Robleño estuvo seguro, pero tardío, ante el único toro bravo de la corrida, el único que permitió ligar varias tandas de lucidos muletazos. El cuarto… bueno, el cuarto ni siquiera quería salir del chiquero. No por la lluvia que caía sin compasión sobre actuantes y espectadores, sino porque los cuernos rozaban el dintel de la puerta de chiqueros. Pavoroso. Para casos como éste, deberían advertir en los corrales  la altura máxima del último apéndice de la testa de los toros, como advierte la Jefatura de Tráfico a los camioneros de la altura máxima de los vehículos, en caso de pasar por el arco de los túneles o bajo pasarelas de autovías. Cuando salió, por fin, a la arena ése cinqueño rabilargo, un rumor estalló bajo la concavidad de los paraguas y una ovación partió de quienes usaban solo impermeable. ¡Qué par de pitones! ¡Qué dimensión tan exagerada! Largos de la mazorca a la pala y veletos y astifinos desde la negrura a la punta del pitón. Sin embargo, ya en banderillas mostró su renuencia, impidiendo repetir a Ángel Otero la apoteosis del día anterior –le obligaron a saludar más por la inercia del recuerdo que por la estrechura de los  embroques—y a Robleño construir una faena medio decente. Soso y parado, fue aquél galafate que no quería salir al ruedo. Lo mismo que el quinto, que pegó cornadas en el peto, buscó la perilla de la montura con el hocico y luego embistió andando, cansino, sin emoción y hasta se cayó. En el sexto más de lo mismo. Sale con muchos pies, se arranca de largo al caballo… y se para sobre la guata protectora. Desrazado y con la cara alta, fue el prototipo de toro que llaman –llamamos—deslucido, porque impide el lucimiento del torero. Ni Bolívar ni Pinar pudieron hacer otra cosa que andar por allí con la decencia que les aporta su buen oficio.

Eso sí, vimos arrancarse de largo al caballo de picar a la mayoría de los toros. Con este detalle, algunos aficionados se darán por satisfechos. No importa que cuando llegue el toro a la jurisdicción del picador y toquen a rebato para crecerse ante el castigo, el bicorne se acojone y proteste o, simplemente, se deje sangrar impunemente. ¡Otra vez de largo, a ver qué hace! Pues qué va a hacer: lo mismo de antes. O menos. O peor.

No importa, repito; esas galopadas fueron lo único atractivo de la corrida. De largo.

 

Madrid, plaza de Las Ventas. Feria de San Isidro, 19ª de abono. Ganadería: Baltasar Ibán: corrida fibrosa, con cuatro cinqueños (2º, 3º, 4º y 6º) y dos cuatreños (1º y 5º),  de seria arboladura y variada presentación, desde el escurrido primer toro hasta el pavoroso cuarto. Casi todos se fueron de largo al caballo de picar, aunque raramente pelearon con empuje al llegar al peto, salvo el primero. Bravo y noble ese primer toro, protestón y rebrincado el segundo, bajo de raza y escaso de fondo el tercero, de media arrancada el cuarto, muy parado, flojo y descastado el quinto y con la cara alta y embestida cansina el sexto. Espadas: Fernando Robleño (de blanco y oro con remates negros), dos pinchazos y estocada desprendida (silencio) y media estocada que acaba en entera y tres descabellos (aviso y silencio); Luis Bolivar (de grana y oro), media tendida y cuatro descabellos (aviso y silencio) y media estocada y descabello (silencio) y Rubén Pinar (de verde oliva y oro), media estocada y descabello (silencio) y estocada hábil sin puntilla (silencio). Entrada: Dos tercios. Cuadrillas: Ángel Otero destacó en la brega y le obligaron a saludar en banderillas, aunque sin cuajar la suerte como ayer; también banderilleó con acierto Gustavo García. Incidencias: Tarde desapacible, nublada y ventosa, con lluvia de distinta intensidad, pero permanente, desde la muerte del segundo toro  al último tercio del cuarto. El subalterno Alberto Martínez fue atendido en la enfermería de una probable rotura fibrilar en el gemelo de la pierna izquierda.