¿No te cansas, Ponce?

Hace exactamente diecinueve días, tenía a Enrique Ponce acomodado en el asiento delantero de mi automóvil. Íbamos de tentadero. Le preocupaba la reproducción de una otitis molestosa, impertinente, de las que provocan vértigos o mareos en el momento más insospechado o ante cualquier contingencia. Ése día, primero de marzo, tenía previsto que le colocaran un drenaje, como lenitivo de urgencia, pero este tío en cuanto huele a pitón se le pasan todos los males. Llegó, se vistió de corto, tomó los trastos y toreó. Estaba feliz. A Ponce le metes en una plaza, aunque sea de tientas, le das un capote y una muleta y se olvida del mundo. Adiós drenaje.

Este año no he asistido a la feria de Fallas en Valencia, la feria de Enrique, por excelencia. Me consta que su íntima aspiración –su última ilusión, por ahora— es cortar un rabo en el muy popular coso de la calle de Xátiva, esa Plaza que algunos aficionados califican como “el patio de su casa”, remedando la frase con que los belmontistas calificaban el efímero ruedo de la Monumental de Sevilla, idea y patrimonio honorífico casi exclusivo de Joselito el Gallo. ¡Menudo está el patio (sea de la casa que fuere) este año, en cuanto entran en liza las figuras díscolas o disidentes con los empresarios sevillanos, por la cuestión que todo el mundo conoce! Ponce, como se sabe, está al otro lado de las alambradas, fuera del fuego graneado, pero no por ello fuera del elenco que merodea la cumbre. Él ya hace casi un cuarto de siglo que está en ella, lo cual le confiere el título de torero irrepetible. O, al menos, dificilísimo de emular. Cuando parece que baja la guardia, ¡zas! pega un acelerón –véase en Bilbao, el año pasado– y se escapa del exiguo pelotón, como si dijera para su coleto: “Eh, adónde creéis que vais…!” Y así un año, y otro, y otro. ¿Pero no te cansas, Ponce?

Ayer, en la penúltima del ciclo taurino fallero, un toro de Victoriano del Río le cogió de mala manera. Le metió el pitón hasta media pala por la axila, le destrozó el pectoral derecho y, al parecer, le partió la clavícula del otro lado. Desbaratado, sangrando abundantemente por la pechera y roto por dentro, no se dejó conducir por las asistencias a la enfermería hasta cerciorarse de que el presidente le había concedido las dos orejas del toro agresor.

Entre la gente que conforma el público de toros, suelen anidar individuos, tan pueriles ellos, que se cogen con papel de fumar sus partes nobles y sacan a relucir una atávica cicatería en lo que a la valoración del premio se refiere. No exagero, es así. “Le han dado las dos orejas porque el toro le ha pegado una cornada, pero con una iba que chutaba”. ¿Les suena?

Sinceramente, aquí, al firmante, le importan un bledo, tanto los premios tangibles y peludos como quienes los ponen en cuarentena. Pero, fíjense, a Enrique Ponce, no. Enrique Ponce se coge unos cabreos  monumentales cuando –¡a estas alturas del partido!–  considera que ha sido tratado injustamente por el palco presidencial. Así es este hombre cuando se viste de torero: no deja pasar la oportunidad de demostrar su primacía. ¿Pero no te cansas, Ponce?

Claro que esa contumacia, esa enfebrecida obsesión por torear y por desovillar las cuestiones enredosas que los toros le plantean, ya le han pasado varias facturas, algunas  de las cuales –véase León, hace ya doce años— casi le cuestan la vida. Y él sigue en la brecha. Le dices que hay que ir pensando en cerrar el esportón y dedicarse a su familia, a criar toros y destilar aceites, y sonríe. Sonríe porque se ve seguro, poderoso y valiente.

Ésta última faceta, la del valor –las otras, el dominio, la plasticidad, la suprema elegancia o lo que se ha dado en llamar “difícil facilidad” ya son de sobra conocidas–  es la que hoy me interesa destacar del torero. Les cuento una anécdota bien ilustrativa: Toreando de muleta en la Maestranza de Sevilla –creo recordar que en la feria de abril del 2002— un toro le tiró un terrible gañafón al muslo izquierdo, perdiéndose la longitud del cuerno por entre el bordado de la taleguilla. Tras la voltereta, el torero prosiguió su faena, impávido, sereno, sin que se le mudara “la coló” y mató al toro sin despeinarse. En la corrida, ya había causado baja Ortega Cano, lesionado por su primer toro, por lo cual, cuando Enrique penetró en el callejón de la Plaza y se dirigía hacia la enfermería todos pensamos que iría a que los médicos le inspeccionaran la  parte anatómica afectada, por si había que reparar algún pequeño puntazo. ¿Puntazo? El parte facultativo contaba la escalofriante trayectoria del pitón en sus 35 centímetros de recorrido. ¡Tenía el muslo atravesado! Acabada la corrida, me acerqué a Manuel Caballero para felicitarle por su excelente actuación como forzoso único espada, y el torero de Albacete me contestó: “¿Qué crees que me ha dicho Enrique cuando se iba caminando para la enfermería? Pues que le perdonara por dejarle solo con la corrida, pero llevaba una cornada muy fuerte y tenía que entrar en el quirófano. ¡Este tío es la hostia!”

Ayer, en Valencia, también se fue andando para la enfermería, con un agujero en el sobaco, la sangre manando y la clavícula partida, pero, ya digo, con la mirada puesta en el palco presidencial. Estoy seguro de que llegó a la anestesia con la satisfacción del deber cumplido y se despertó de ella preguntando cómo habían salido los otros toros y qué habían hecho con ellos sus compañeros.

Decía Chamaco –padre– que el valor es estar delante del toro y acordarte de que Fulanito te debe dinero. Más allá del chascarrillo, creo que el valor del torero no es sino una actitud consciente y formal del riesgo para afrontarlo con absoluta lucidez. Los toreros que enseñan el valor no es porque les sobre, es porque se les va de las manos, escapa de su jurisdicción. Enrique Ponce se pudo dejar la vida en la arena de su querida Plaza, pero no hizo alarde de ello.  No lo ofreció como dramático holocausto. No dejó que su valor fuera pasto de la masa la víspera de la cremá.

Todo eso está muy bien; pero, de verdad, ¿no te cansas, Ponce?