Antonio Ferrera, un torero desubicado

Siempre mantuve el criterio de que hay toreros que han nacido fuera de época. O en época equivocada. Toreros  que si pudieran adentrarse en esa máquina diabólica que llamamos “Túnel del Tiempo” y viajaran al pasado de la Tauromaquia con el pasaporte de sus conceptos, formas y modos de torear actuales como único bagaje, doy por cierto que encajarían maravillosamente en un franja concreta, en un tramo específico del pasado siglo. No solo encajarían, sino que se convertirían en pieza de referencia para futuras generaciones.

Para aseverar tan esotérica cuestión habré de citar el ejemplo de un torero de nuestro tiempo, Antonio Ferrera. Podría citar también a Esplá, pero el Bambino ya está en situación emérita y, además, debería entrar en matizaciones. Sostengo que si trasladamos virtualmente a Antonio Ferrera a la Llamada Edad de Plata del toreo, y les hace a los toros de entonces exactamente lo mismo que les hace a los de ahora, provoca una generalizada admiración y manda a los albañiles a unos cuantos que pasaron a la historia como toreros de época. Dirán algunos que aquéllos toros eran más enrazados, más codiciosos, más de lidiar que de torear. Pues mejor. Más a gusto se encontraría Ferrera con ellos y más enardecería a los públicos. Definitivamente, en lo que a su etapa histórica de actividad en los ruedos se refiere,  Antonio Ferrera es un torero desubicado.

Desde hace años he sentido la necesidad de escribir sobre Antonio Ferrera, porque considero que es uno de los toreros contemporáneos que ha sido tratado con la severidad más injusta. Ignoro el por qué se le dispara a tenazón desde los tollos más insospechados. Torea Ferrera y ¡pum!, diatriba al canto. “¿Torea Ferrera o Ferrari?”, suelen soltar algunos doctos de pacotilla con estúpida socarronería. Se le toma como torero anécdota, dicharachero, gestual, de poca sustancia. En resumen, algunos elementos de ese irrespetuoso “respetable”–ingratos, ellos– le toman por el pito de un sereno. Nada más incierto, ni más cruel.

Yo he visto hacer en los ruedos a Antonio Ferrera cosas que considero irrepetibles. Le he visto bregar con toros broncos y solventar la catarata de zunas con salero insuperable (no hace tantos años, lo que se conocía como “gracia repajolera” –véase Diego Puerta—era valorado con admirativos ditirambos,  y nadie discutía tal virtud, y hace unos pocos más, la exhibición banderillera, digamos deportiva –véase  Carlos Arruza–, levantaba al público de los asientos, hasta llegar a poner a su ejecutante en parangón con  la máxima figura del momento). Le he visto torear con el capote con ajustado embroque y templadísimo empaque. Le he visto poner pares de banderillas al quiebro y salir el toro con un trocito de la pechera de su camisa. Le he visto hacer requiebros al hilo de las tablas a toros de Victorino o de Miura y salir tan fresco, sonriente, rozagante… Le he visto torear de muleta con extraordinario temple, alargando los muletazos hasta lo inverosímil, todo lo que da de sí la cortedad de brazo que se deriva de su escasa envergadura. Le he visto, en fin, entrar en la enfermería, gravemente herido por un toro de Victorino Martín, y salir de ella con la herida abierta, la pierna fuertemente vendada, comprimida y anestesiada, con una tremenda hinchazón. Hubo de ponerse un pantalón vaquero ajustado para torear otro pavo cárdeno del popular ganadero y el toro le atravesó el muslo sano con un cornalón tremendo al intentar clavar un par de banderillas en los medios. Y así, en esas circunstancias, con las piernas a rastras, sangrando hasta el espigón de la media, le pegó cuatro tandas de naturales que no se me borrarán de la memoria mientras viva y un volapié por el hoyo de las agujas. Fue en Pamplona. Ambos recordamos la escena final, por circunstancias bien distintas; solo diré que Antonio Ferrera ha sido el único torero que me ha hecho llorar en una plaza de toros.

Herido en Olivenza y auxiliado por sus compañeros

Ayer toreó en Valencia, tan solo cuatro días después de que un toro de Garcigrande le pegara una cornada en Olivenza. Otra más. Se fue a la puerta de cuadrillas con la herida todavía fresca y abierta para enfrentarse a dos toros de Fuente Ymbro, del monoescaste que dicen con ali-oli, o sea, de los que supuestamente no dan respiro. Dicen que salió vestido con el mismo terno, uno regalado por Luis García “El Niño de Leganés”, subalterno que fuera de El Juli y que el año pasado dejó inútil para el toreo en Sevilla un toro también de Garcigrande, del monoescante que dicen sin ali-oli, o sea, de los que no tiran una mala cornada. Un traje azul lujosamente bordado en plata. Antonio le brindó un toro a su “donante” de guardarropía y cuajó una actuación muy meritoria. Pocos se lo valoraron, porque los gestos de este torero casi nadie los tiene en cuenta. Apenas una ovación tras la muerte de su segundo toro. A los dos los banderilleó con ortodoxia y pulcritud –el saltito en ballesta apoyándose en los palos no era posible en su máxima expresión, pero se aproximó—y los toreó con limpieza, sin alardear de precariedades físicas.

No estuve en la plaza. Reflejo estas notas por referencias de fuentes solventes, a las que considero notarios verbales de la realidad; pero no me extrañaría que el gracioso de turno soltara alguna impertinente ocurrencia, tal que “hoy el Ferrari tiene una rueda pinchada”. Tipos así, aunque no lo crean, abundan en el tendido de las plazas de toros. Llego a estar y lo oigo y se me revuelven las tripas. ¡Tus muertos!…