Espontáneos

A principios de los 60, apareció en los ruedos un muchacho de Villanueva del Arzobispo (Jaén) llamado CiprianoLópez y apodado “El Espontáneo”; no, ciertamente, porque el remoquete derivara de su salto temerario y furtivo a la arena en tarde de corrida, pertrechado tras una feble muletilla raída, sino porque en aquél tiempo, ser “espontáneo”  empatizaba con el público de toros. Aquél Cipriano apenas dejó huella, puesto que ni siquiera llegó a tomar la alternativa, y la última referencia que tengo de él es el “tabacazo” que le pegó un novillo en el pueblo madrileño de Humanes, cuando hacía muchos años que militaba en las filas de los banderilleros.

El espontáneo, como el maletilla, ha ido perdiendo protagonismo en la Fiesta lo menos de treinta años para acá. Afortunadamente. El progreso y el bienestar social de nuestro país ha desterrado de los ruedos ese ramalazo de desesperación que incita a un joven desarrapado, desprotegido, sin horizontes y dejado de la mano de Dios a saltar la valla de la barrera y ponerse delante del toro para mostrar al mundo (al pequeño mundo que habita los tendidos de la Plaza) que necesita imperiosamente abrir la jaula de su infortunio.

En realidad, la acción de tirarse de espontáneo rara vez encontró el fruto deseado o la atención pretendida: el público reconocimiento de algún mérito taurino y la obtención de “una oportunidad”. Mismamente, Manuel Benítez “El Cordobés” se tiró al ruedo de Las Ventas una tarde ventosa de abril del 57, para recibir una tremenda paliza de un toro de Escudero Calvo (los “victorinos” de entonces), sin otra recompensa que una nueva paliza en comisaría y unos días encerrado en la “prevención” de Carabanchel. No, no hay que explayarse laudatoriamente con estos sujetos. Los espontáneos, generalmente, gozaron de la ternura y el apoyo del público porque con ello puede que se aferrara a una elemental bienaventuranza taurina: bienaventurados los pobres que sufren la penuria del estrato social en que conviven y la injusticia de la oligarquía de la Fiesta, o algo así.

Viene esto a colación porque acabo de contemplar las escenas de un espontáneo en una plaza de toros mexicana de notable importancia: la del Nuevo Progreso de Guadalajara. Salta al ruedo un un tipo enjuto y flexible, portando una especie de sarape, lienzo o pancarta con el que, nada menos, pretende dar a un toro –un buen mozo—una larga cambiada de rodillas casi en los medios. Y, claro, el toro lo coge de lleno, aunque, al parecer no le cala con el pitón. Queda el hombre inerte sobre la arena, conmocionado, desmadejado, lo recogen las asistencias y se viven después unos dramáticos momentos de incertidumbre y desasosiego.  El toro, abanto y corretón, no hace caso de los capotes y acomete por dos veces al grupo que pretende llevar al pelele humano a la enfermería. Se mascó la tragedia, pero no hubo más. ¿Qué rédito ha sacado el hombre que hizo semejante alarde? ¿Qué tipo de frustración, vindicación o desesperanza le llevó a protagonizar tan patéticas escenas?

Quizá no nos demos cuenta, pero en el mundo en que vivimos los espontáneos tienen cada vez más protagonismo. Es un protagonismo inversamente proporcional al que se produce en la fiesta de los toros. Mientras el ajeno progresa, el nuestro –el taurino– agoniza. Por lo menos aquí, en España, se pasan temporadas enteras sin que los espontáneos salgan a la palestra, ya digo, afortunadamente. Tan solo, de ciento en viento, algún piradillo ha aparecido en el ruedo, no para torear –en ese momento no hay toro– sino para mostrar un lema antituarino o alguna reivindicación socio-política. Eso son los espontáneos modernos que aparecen en las plazas de toros. Mi opinión: no me gustan los espontáneos, sean de la clase que sean y sea cual fuere el reclamo que postulen.

Hay más espontáneos en los actos o espectáculos públicos. Algunos, por ejemplo, se han tirado de espontáneos sin rubor, ni bagajes ni conocimientos básicos de la materia a desempeñar  –el “arte de lo posible”– al ruedo de la política y, mire usted, les ha salido rentable, porque han hecho fortuna, en el más amplio sentido de la palabra.  A otros, en cambio, les ha dado por lanzarse al césped blando de un campo de fútbol, con la intención de agredir a un portero poco afortunado, pongamos por caso; o de despelotarse, sin otra misión que la pírrica recompensa de aparecer con el culo al aire en los medios de comunicación.

Definitivamente, la acción de tirarse de espontáneo en una plaza de toros no lleva a ninguna parte. Es una temeridad absurda, una conducta reprobable y un riesgo innecesario. Apoyar tal “hazaña” con manifestaciones de aliento al intruso y, lo que es peor, de repulsa hacia la autoridad oficial que pretende abortar tan estúpida operación es síntoma del desajuste mental que sufre la sociedad actual cuando una serie de individuos forman masa concentrada en graderíos.

El espontáneo, ya no tiene cabida en este siglo. Existe, incluso, una contradicción entre el hecho de ejercer de espontáneo y su consecuencia. Aquél, representa una acción forzada, y ésta, la espontaneidad, un modo de expresarse o de explicarse fácil y natural. No sé si me explico.

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