A Patón le dan un homenaje

A Enrique Patón le han dado un homenaje. En Castellón, la Federación Taurina de la localidad. Patón ha renunciado a seguir gestionando la plaza de toros que se alza en la encrucijada de la calle Pérez Galdós y el popular paseo de Ribalta, frente al frondoso parque de la ciudad de la Plana. Ha tirado la toalla, entregado la cuchara o como ustedes quieran llamar a una renuncia ciertamente esperada.

Que un empresario taurino de larga trayectoria abandone la gestión de una Plaza de notable importancia no deja de ser una mala noticia. Patón es un buen empresario taurino, se lo aseguro. Sabe lo que se trae entre manos y comprende los avatares del sector como pocos. Pero no ha podido más. No ha podido con un canon disparatado, la rémora de un goteo de pérdida de abonados difícilmente soportable  y  la “plantá”, en lo que al “pastizal” se refiere, de algunos toreros –no todos, por supuesto—de vitola acreditada.

Ahora vendrán los gendarmes de la acrisolada afición castellonense y dispararán a la diana: “¡por algo habrán desertado un millar de abonados!” Sí, por algo. Pero no necesariamente por lo que ustedes creen.

Para no remontarnos demasiado en el tiempo, hace solo dos años se anunciaron seis corridas de toros con la mayoría de las grandes figuras, además, de los alicientes de ganado de Victorino, Miura y Cuadri, por citar algunos ejemplos, para alimentar diferentes apetencias. ¿Resultado?: Ruina. Al año siguiente, con la misma pauta y una mínima reducción en el metraje, más ruina todavía. Ahora, la nueva empresa –una escisión de la de Madrid, con el torero Alberto Ramírez como Gerente– ha ajustado tres carteles de corridas, dos con las principales de figuras (salvo el Juli) y otro, digamos más popular, con gente de la “casa” empresarial. ¿Será el revulsivo que espera la afición de Castellón para volcarse en las taquillas? Lo dudo.

En este país nuestro, la figura del empresario es, por lo general, una pieza a batir. No sé si será cierto el comentario que me llegó hace unos pocos años, según el cual, en la asignatura Educación para la Ciudadanía del gobierno Zapatero se pintaba al empresario como una sanguijuela que vivía de la sangre de los demás; pero, de serlo, nos enseñaría el retrato robot de lo antedicho. ¡Cielos!, que diría el capitán Trueno. Sin descartar que algunos dirigentes de grandes, medianas o pequeñas empresas tendrán en su haber (en su debe, más bien) comportamientos deleznables, pintar un cuadro horripilante del empresario, así, sin más, merece el más severo de los desprecios y la calificación más demoledora.

A mayores, el empresario taurino tiene un francotirador permanente: el aficionado de la localidad en la que opera. No conozco un solo organizador de espectáculos taurinos que no haya sido blanco de las iras de su clientela. No hay carteles de feria que cuenten con unánime beneplácito. “¡Qué vergüenza, falta   Fulano!”. Siempre falta alguien o sobran varios. Lo curioso es que el detractor, el que demanda justicia a voz en grito, no iría a ver torear a ese “alguien” si estuviera anunciado en los carteles. La afición taurina es así. Clama contra lo que le ofrece  lo que él considera “el sistema”. En el fondo, el cliente del empresario taurino  es un antisistema.

Para que no haya dudas al respecto, me apresuro a manifestar que siempre fui un pertinaz activista de la lucha contra la concentración de poder, especialmente cuando el empresario es, además, apoderado de toreros. Ése sí es el “sistema” que coarta la libertad de contratación y produce grandes desigualdades, injusticias y contrasentidos. En ese caso, aquí el firmante también es antisistema. Sin embargo, si esto cambiara, si cada cual se dedicara en cuerpo y alma a su entorno profesional, sin invadir otras posiciones, en el caso del empresario no iba a cambiar un ápice la imagen que de él tienen la mayoría de los aficionados. Seguirá siendo el opresor, el bandarra que le quita la cartera a todo bicho viviente.

Enrique Patón se va de Castellón, pero no del empresariado taurino. Aterriza de nuevo en Zaragoza, junto a su compañero de collera Simón Casas, para tratar de hacer una labor de reivindicación, restaurando la categoría perdida y, al propio tiempo, buscar  la rentabilidad de una empresa francamente a la deriva. ¡Menudo papelón les espera! Levantar una plaza emblemática como la de la Misericordia –qué bien sintoniza ahora el nombre con la situación– y volverla a situar en el lugar que demanda su historia taurina se me antoja colosal tarea.

Lo curioso, pero gratificante, es que cuando Patón abandona Castellón le hacen un homenaje.  Ciento cincuenta comensales le acompañaron, a él y a su socio, Juan Miguel Torres, en  un ágape cargado de laureles para la bonanza de su labor. ¿Contrición de corazón? ¿Remordimiento? Algo habrá de esto, porque no encuentro parangón en situaciones semejantes.

Al calor de la pasión que la fiesta de los toros despertaba en Cataluña, en los largos años de la posguerra española, un chavalito de pelo rizoso, natural de Figueras, llegó a matador de toros en el año 1967. Solo una década, vistió el chispeante con estos galones. ¿Cómo toreaba Patón? Ahí lo tienen, embarcando con la panza de la muleta al toro de su alternativa en Barcelona. Por cierto, observen al cornúpeta. Es el tipo de toro que se lidiaba hace casi medio siglo en las plazas de máxima categoría, y la Monumental de Barcelona era la tercera de España en este baremo. Sale esto hoy en una novillada en Madrid y se arma la de Dios es Cristo. Pero esa es otra cuestión. La que nos ocupa en este momento es la premiación que ha dispensado la afición castellonense a su empresario taurino, después de haberle dado hasta en el carné de identidad.

Me alegro de que Enrique se vaya de Castellón con buen sabor de boca; no por la comida, sino por el detalle. Un detalle que va más allá de lo inusual para instalarse en lo insólito. El único empresario que conozco, a quien repartieron parabienes toreros y clientela se llamó Diodoro Canorea. Entrañable persona. Un empresario taurino irrepetible. El inventor de una corrida inaugural de temporada –“¡ésta no se televisa por nada del mundo!”, me decía—que organizaba a sabiendas de que perdía dinero, pero también que satisfacía a los feligreses del templo maestrante de Sevilla. Su muerte fue recibida con general consternación. Eso sí, económicamente hablando, se fue de este mundo tieso como la mojama. O más.

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