Joselito, a la palestra

Por un día y por amistad con dos toreros; uno, francés, metido a empresario y otro en plena actividad y en la cúspide de su fama. Aquél, se anunciaba en los carteles como Bernard Marsella y éste, es el inquieto y siempre original Morante de la Puebla. Lugar: la bella localidad francesa de Istres, asomada a la Costa Azul, en las tierras lacustres  que domina el Ródano y se retrepan sobre el Mediterráneo por el golfo de León, tomando por palenque el ruedo de su coqueta plaza de toros y en  un ciclo de festejos que se ha convertido en referencia indispensable dentro del calendario taurino del vecino país. En estas circunstancias reaparece en los ruedos José Miguel Arroyo Delgado, el Joselito de nuestro tiempo. Por un día y por amistad, que conste.

Tal como están las cosas, no deja de ser una agradable novedad, aunque sea circunstancial y puntual. Joselito es, probablemente, el torero de su generación (los tres últimos lustros del pasado siglo, principalmente) de más acusada personalidad, y, por ende, uno de los pocos con verdadero “tirón” en las taquillas. Con su semblante abstraído, su rebeldía con causa o sin ella, se presentaba ante el toro y ante el público como un James Dean de su época, un contestatario impecablemente vestido, nada gestual, empeñado y comprometido en emanar eso tan abstracto y a la vez tan expresivo  que es la “torería”, de modo y manera que, dadas las circunstancias enumeradas, tenía — y sospecho que aún tiene– un nutrido somatén de incondicionales. Curiosamente, a pesar de su aversión a las frivolidades dentro y fuera de los ruedos –o precisamente por eso—la mujer más o menos aficionada le tenía por ídolo irremplazable. Diríase que en una horquilla que abarca desde la adolescencia a la senectud, Joselito era el torero que apetecía como novio, hijo, esposo o amante perfecto para un considerable colectivo de españolas. Y sin salir en los papeles del colorín.

No obstante, lo que podríamos llamar el “grueso de la afición” le seguía por unas causas estrictamente taurinas. O toreras, por mejor decir. La “fuerza” taquillera de Joselito provenía de su concepto del toreo, mezcla de lo clásico y lo barroco: asentadas las zapatillas –algo que en ocasiones él se preocupaba dejar patente con una especie de clavazón pertinaz de la suela sobre la arena—José toreaba con apreturas de capa y muleta, desempolvó todo un catálogo de suertes de capa, vistosas y floridas, la mayoría importadas de la tauromaquia mexicana de Pepe Ortiz, y llegó a consumar la suerte suprema con una contundencia y precisión admirables –en Sevilla, un 7 de mayo, creo recordar, le dieron la oreja por una estocada a un torazo de Torrestrella–, todo lo cual le proporcionó una serie continuada de triunfos irrefutables.

Joselito ha sido, por tanto, una de las más grandes figuras del toreo contemporáneo, sin lugar a dudas.

Lleva varios años –once, concretamente– dedicado a otros menesteres desde las bambalinas del toreo. Es un reputado ganadero, con sus toros en franquía gananciosa de prestigio, e hizo sus pinitos como apoderado al lado de César Jiménez. Sospecho que su estancia junto al toro le conforta, le llena, mucho más que su oficio de consejero leal y sincero. No está hecho Joselito para pelearse en los despachos con empresarios de medio pelo por un puñado de dólares, o mendigando una corrida para su poderdante. ¡La de veces que habrá sentido el impulso de mandar a tomar por saco a unos cuantos  incumplidores, incompetentes e impresentables!

El otro Joselito, el Joselito por excelencia, el de Gelves, no tuvo tiempo el hombre de olfatear siquiera el impulso de las reapariciones. En Talavera, donde nuestro José acotó su finca El Arca y llevó sus primeros toros, el pitón de un morucho le quitó de en medio. Aquél José, repito, taurinamente hablando el José  por excelencia, sentía aversión por los “arrepentimientos”, porque no concebía la informalidad, a ningún precio. El 10 de octubre de 1918, toreó en Madrid en la corrida en que se anunciaba la despedida de los ruedos de su hermano Rafael, junto a Limeño y Camará. Fue la tarde en la que  José le cortó las dos orejas a un toro de don Juan Contreras Murillo, el creador del encaste  “contreras” –toros cortos de talla y de pitones, pero encastados y bravos– que ahora reivindican quienes se encargaron de liquidarlo en los años 70. El Gallo se cortó la coleta de pelo que colgaba del cogote, el único lugar de su cabeza  que registraba un medio apreciable contingente piloso y se retiró entre grandes ovaciones, apretados abrazos y emociones a flor de piel. Se retiró… para reaparecer al año siguiente. “¡También se había retirao Maura!”, le contestó a su atribulado hermano pequeño cuando le recriminó su acción, haciéndole responsable del enorme disgusto que le había proporcionado.

Son otros tiempos. Los toreros, van y vienen y muy poquitos se apartan de los ruedos para no regresar. De las grandes figuras, diría que ninguno.

Por este motivo, la noticia de que nuestro Joselito vuelve a la palestra ha sido recibida sino con alborozo sí con complacencia. El acontecimiento se anuncia para el 15 de junio, junto al citado  Morante y la nueva promesa francesa, Cayetano Ortiz, un torero de Beziers a quien José dará la alternativa, con toros de Garcigrande.

Apetece verle de nuevo vestido de seda y oro, con sus cuarenta y cuatro castañas espléndidamente llevadas.  Apetece verle porque tratará de impartir una lección de tauromaquia –la suya, que es bien amplia y variada– como a veces hace desde otros foros y de paisano.   Apetece verle porque ha justificado con firmeza la fugacidad de su reaparición: Vuelve por amistad. Y solo por un día. Como La Reina del concurso de la televisión en blanco y negro. Uno de sus dos hierros ganaderos, por cierto.

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