De barreras adentro

“Ocurre en la fiesta de los toros igual que en toda clase de espectáculos: que pierde la mitad de sus encantos cuando el espectador ve algo que no sea lo que los organizadores ponen a la vista del público.

Pasad unas cuantas veces entre bastidores; enteraos de cómo se pinta la dama y cómo se caracteriza el actor; ved el odio que se tienen algunos artistas que en escena han de fingir todo lo contrario, y cuando volváis a las butacas o palcos quizá os produzca náuseas lo que en otras ocasiones  y en distintas circunstancias os parecería admirable.

Pues igual pasa con la fiesta de los toros. Entremos todos y salga quien pueda: desde que comenzaron los periódicos, en su afán de informar a los lectores, a contar el dinero que ganaban los toreros y las exigencias que tenían con  las empresas; a decir si imponían estos toros o los otros, y si querían torear con Fulano o con Mengano, se inició cierto movimiento, que no ha sido conveniente en nada para el buen conjunto del festejo.

Aquél nuevo aspecto que ofrecía el asunto para el aficionado, le hizo fijarse más en esos detalles privados y olvidar lo que pasaba en los redondeles en los momentos en que se lidiaban los toros, no teniendo en cuenta otra cosa que el prejuicio formado, según si le agradaban o no las condiciones del contrato.

No es de ahora el mal./…

Los mismos diestros han contribuido con su conducta a que, hasta los más profanos, se den cuenta de los afeites con que ocultan sus fealdades, y sabido es que cuando un jugador enseña sus cartas, estropea el juego para él y para el contrario.

El pleito de los Miuras era asunto a tratar entre bastidores; pero creyeron mejor resolverlo en el escenario, a telón levantado, por lo que el efecto fue el mismo que habría producido el ver arañarse en escena a la mamá de la tiple con el empresario, y a éste con el novio de la niña, porque el autor A o B se hubiera extralimitado en alguna manifestación de simpatía.

Lo que el público preferiría es que le hicieran las obras bien, y de lo demás cada uno en su casa y Dios en la de todos.

Aquí lo que debe pedirse es que el ganadero traiga toros bravos, y cuando así no sea, censurar al que nos engañe, como se le debe aplaudir cuando cumpla a satisfacción; que vengan toreros con arreglo al precio que se pague por ver las corridas, y el día que no se arrimen, demostrarles el desagrado en que han incurrido, o viceversa, y fuera de la plaza no acordarse de otra cosa que de enaltecer una fiesta que es muy grande y la van ridiculizando esas pequeñeces que solo importan a los interesados.

Muchos de los que gritan y argumentan con el recuerdo de cosas privadas, se verían en grandes apuros, si son comerciantes, al tener que justificar los precios a que venden sus géneros con la exhibición de las facturas.

Seguro estoy de que no habrá enmienda; pero también lo estoy de que una de las razones por las que existe el desbarajuste actual es el haber sacado al redondel muchos chirimbolos que deben quedar entre barreras mientras se celebran las corridas.”

 

El texto que acaban de leer no lleva mi firma, razón por la cual se presenta entrecomillado, con subrayados a mi cuenta; pertenece al insigne escritor y crítico taurino del diario ABC  Manuel Serrano García-Vao,“Dulzuras”, y se escribió poco después de que se resolviera el llamado “Pleito de los Miuras” –planteado en el invierno de 1908 y resuelto en la primavera siguiente–,  mediante el cual un grupo de quince toreros –entre los cuales se hallaban las figuras de entonces, Bombita, Machaquito, Vicente Pastor, Gallito (Rafael el Gallo), Cocherito y otros de menor fuste, pero que representaban el tope del elenco de la época, incluso lo rebasaban—exigen en público manifiesto cobrar dobles honorarios cuando actúen frente a toros de Miura, considerando que el ganadero, don Eduardo, a la sazón en  posición de dominio frente a sus colegas, abusaba de su poder y hacía crecer el de sus toros con piensos especiales a la vez que crecía su ganadería desmesuradamente, en detrimento de otros hierros de prestigio.

Como ven, “Dulzuras” reflexiona sobre lo pernicioso que resulta airear los entresijos contractuales de toreros con empresarios taurinos. Aquél pleito duró un suspiro, por lo impopular de la postura de los toreros y su endémica fragilidad solidaria. Como ven, también, estos desafíos, estos órdagos enhebrados brazo con brazo ya se producían en España hace más de un siglo.

Ocurre, sin embargo, que el público de toros es sumamente receptivo a los hurgamientos en las comidillas, subterfugios y martingalas que se producen extramuros de las plazas de toros, un campo abonado para el periodismo especializado (el taurino, también) en este tipo de situaciones, donde la cuestión económica subyace como elemento de primer orden. Qué más quiere buena parte de este público que encontrar munición para disparar a discreción sobre la clase dominante que viste de luces.

Es probable que exista un colectivo de aficionados más o menos amplio que dé prioridad al intríngulis de lo que ocurre de barreras adentro porque crea que así se pueden entender algunas cosas que ocurren de barreras afuera. Permítanme que lo dude. Ahora bien, ¿es más divertido o más atractivo? Seguramente, por desgracia; pero déjenme también que haga hincapié en las pocas luces que han tenido unos y otros en el tema actual que afecta a cinco grandes figuras del toreo y a la empresa que gestiona la Real Maestranza de Sevilla. Ambas partes han soltado las hélices de sus ventiladores personales sin reparar en las inmediatas consecuencias.

Hace tan solo unas pocas semanas,  escribía que el 2014 debería ser “El año del deshielo”, el de trabajar en comunión todos, profesionales y aficionados, por el reforzamiento y saneamiento de la fiesta de los toros. Definitivamente, soy un ingenuo.  ¡Empezamos bien, con estas amarguras!  No tenemos arreglo. “Dulzuras” ya lo sabía.