Valdemorillo

El clisé ha perdido el brillo  y el foco del viejo papel satinado, pero es un documento harto conocido. Un clásico por estas fechas, evocador de una época y de un enclave. Debe ser de los 50 o así. Es la estampa del invierno taurino desperezándose al relente de la sierra. Toros y frío. Un pueblo de Madrid: Valdemorillo.

En aquél tiempo, todavía el asfalto solo era lujo de grandes ciudades y carreteras de primer orden. Los pueblos de España, por abundoso que fuera su Padrón municipal, eran polvo en verano y barro en invierno, y sus calles no veían la brea ni en pintura. En Valdemorillo, sin embargo, la piedra abundaba y servía para ennoblecer algunos edificios y su monumento más emblemático: la iglesia de la Asunción, que precisamente sirve de fondo a esta estampa poco menos que solanesca, con los toreros cubriendo el trayecto de la fonda a la plaza, resguardándose del frío con los capotes de paseo. Un pintoresco paseíllo que completan la reina de las fiestas –banda rojigualda, bufanda por mantilla, tacón alto y medias de cristal–, el “haiga” de algún empresario o apoderado de relumbrón, arrinconado junto al árbol mutilado por la poda y el cohetero que va dando ruidosas señales de humo y pólvora para alertar  a las gentes del lugar de que el festejo se ha puesto en marcha.

Cuando acudí por primera vez a Valdemorillo para presenciar su feria de San Blas y la Candelaria –primeros de febrero–, hacía muchos años que se había desechado la plaza de talanqueras que presidía el Ayuntamiento. Los toros, se trasladaron al extrarradio y salían al ruedo de una portátil cercana a las viejas fábricas de cerámica, de cuyos hornos emergían tres formidables chimeneas. Tres hitos incomparables, tres iconos que se erigían como vástagos pregoneros de una nueva epifanía taurina. Sobre aquella arena, removida y aplanada de urgencia, torearon novilleros prometedores y matadores que necesitaban un trampolín tempranero para vindicar sus cualidades, y en sus asientos de madera nos apretamos los aficionados y espectadores, unos contra otros, muchas veces arrebujados en mantas o medio estrangulados por gruesos tapabocas; pero siempre se gozaba con alguna grata sorpresa y, en el peor de los casos, aquella plaza y aquél pueblo servían para el reencuentro con quienes compartíamos aficiones y esperanzas.

Las cosas han cambiado sustancialmente en este pueblo de la serranía de Madrid. Su amejoramiento ha sido espectacular. También su escenario taurino ha tomado cuerpo de plaza de toros de superior entidad. Es un moderno y confortable recinto, permanente, cubierto y aislado de las embestidas del viento y el frío, incluso la nieve, que no pocas veces hizo su aparición, provocando escenas ciertamente rocambolescas. No habré de ocultar que añoro aquellas ferias valdemorillanas, de tiritera y piernas encogidas, que las chimeneas aquellas eran como las tres giraldas del pobre, pero le ponían un sello especial a la fiesta taurina, y que el caldito de Los Bravos a la salida de la plaza resucitaba a un muerto. Ahora bien, habrá que reconocer que con las nuevas y benéficas condiciones ambientales la mayoría de los sufridores se encuentran en el ruedo y no en el tendido.

Este año se anuncian dos corridas de toros y una novillada. Este año, también habrá que ir a Valdemorillo, a ver a un chavalito de quien hablan y no paran  o a comprobar si es cierto que tal o cual matador de toros viene con las del Veri y, por supuesto, a calibrar el estado de algunas ganaderías cuyos propietarios tanto las pían por considerarse agredidos o, cuando menos, marginados.

Todas estas cosas –añoranzas al margen– tienen su encanto, porque cuentan con el aliciente del “mono” de toros que provoca el cada vez más largo tramo invernizo. Y es que ya apenas hay festivales con los que calmar las apetencias ni “tentaderos tentadores” que te comprometan a echarte para adelante y meterte para el cuerpo unos cientos de kilómetros. Valdemorillo y San Blas, son pues el binomio que nos cita y nos excita por estas fechas. Que me perdonen otros lugares que llevan tiempo afanándose por quitarle al bello pueblo madrileño una primacía ganada a ley en el calendario. Valdemorillo rompe el fuego y aviva la brasa de la afición. Es el pórtico de la temporada, lugar de peregrinaje y ruta jacobea de los que andamos por aquí y de los de un poco más allá. No valen perezas.

Conste que hago el presente alegato por mera voluntad, por propio convencimiento y porque siento necesidad de tomar contacto con el reburdeo del toro y la ilusión del torero. Y porque con ello quiero desmentir la falacia del refranero que alguien utilizó para fustigar a tan privilegiado enclave, tratando de ahuyentar –vanamente—a los forasteros: “Valdemorillo, ni vaca ni novillo”.  Pues, mire usted, nó. Toros y toreros, en Valdemorillo los primeros. ¡Pura envidia, oiga!