2014: El “año del deshielo”

Según mi padre, el año 14 del pasado siglo fue el “año del hielo”. Lo repetía con frecuencia, probablemente, por transmisión oral de los adagios de mi abuelo, al que no alcancé. Los adagios castellanos, ya se sabe, son sabios y certeros, y aquél 1914, además de servir de espoleta para el estallido de la Primera Guerra Mundial, debió ser catastrófico para el campesinado de la alta meseta, al prolongarse los fríos y las heladas hasta bien entrada la primavera, con lo cual dejó yerma la tierra y tiesa la faltriquera donde embolsaban su peculio las buenas gentes de pan llevar, entre las que se hallaba mi abuelo Agustín.

Exactamente un siglo después de que estrenara calendario el que fuera  año helador de tierras en España y de sangres en buena parte del resto del mundo,  el nieto póstumo de aquél labriego de Santa Eufemia del Arroyo se coloca frente a la pantalla del ordenador con un doble y ferviente deseo: que la sensatez se imponga a la ambición de poder y se aleje de inmovilismos e involuciones y que la concordia abra sus brazos a un próspero futuro.

La doble demanda acoge de forma global tanto a mis conciudadanos españoles –principalmente a la clase política que nos gobierna—como a los filotaurinos que se esparcen por la geografía de esta parte meridional del continente europeo y por la muy numerosa de ultramar que se acota en las Américas.

Tomando conciencia de que la primera cuestión no es sino una prosaica declaración de intenciones, me pete hacer hincapié en la segunda, precisamente, porque soy consciente de lo que nos jugamos en este 2014 que apenas acaba de estrenar su primer pañal. Este va a ser un año decisivo para el devenir de la Tauromaquia, porque de lo que durante su transcurso se ventile, va a depender que se llene de clarificación o de incertidumbre. Tenemos nada menos que un Plan Nacional para instalar a la fiesta de los toros en el vehículo del progreso, un Plan de reactivación apoyado e impulsado por el compromiso sin precedentes de los poderes del Estado, que habrán de apoyarla, fomentarla y protegerla por la riqueza patrimonial y cultural que representa. Tenemos, pues, algo que siempre ha despertado demandas y clamores, más o menos envueltos en un anejo plañiderismo. Ahora, la respuesta está en la otra orilla, en la de los directamente implicados, los profesionales de la actividad taurina. De ellos se espera una respuesta sensata, concreta, acorde con las circunstancias actuales, y, en consecuencia, una actitud de máxima responsabilidad, repartida según los niveles de atribución, retribución y solvencia que a cada cual correspondiere.

¿Y los aficionados? ¿Qué pintamos en todo esto?, dirán algunos. Mucho. Son, a fin de cuentas, quienes habrán de sostener el remozamiento de la Fiesta que se avecina, su puesta al día, y, al propio tiempo, de avizorar que no se pierda un ápice de sus valores inmarcesibles: la emoción y la integridad. Todo ello sin demagogias, evocaciones trasnochadas, tópicos resobados y lugares comunes de ignota procedencia.

Cualquier tiempo pasado no fue mejor. Fue distinto. Fíjense en los dos “catorces” que se distancian cien años. El del siglo XX, fue el “año del hielo” y de la Gran Guerra, pero también, en España, el año en que alborea la llamada Edad de Oro del Toreo, la nueva instrucción de las suertes de torear, el nacimiento del arte del toreo en su concepción más excelsa. El del siglo XXI pude ser, por qué no, el del impulso definitivo de la Tauromaquia como Bien Cultural Inmaterial, refractado por leyes y avalado por una perfección artística de incomparable belleza. ¿Pero, y el toro? También lo tenemos, no se preocupen. Es cuestión de recuperarlo y de entenderlo, sin resabios ni prejuicios.

Por todo ello, he querido aguardar a que despertara este 2014 para hacer la invocación precedente, ilustrándola –sin que ello sirva de precedente– con  un breve y somero detalle gráfico, en forma de apunte taurino, sirviéndome de la muy conocida imagen del gran transgresor y “culpable” del advenimiento del toreo contemporáneo. Es la postal –christma, si ustedes quieren–  que he querido pergeñar y extraer de mi exiguo acervo como aficionado a meterme en la camisa de once varas del inveterado dibujo a plumilla y que  me ha servido este año para felicitar la Navidad y el Año Nuevo a un no menos exiguo cupo de allegados a quienes debo un afecto muy especial. Hoy, a través de esta página y tomando como lema la leyenda bíblica del Portal, lo hago extensivo a todos los hombres (y mujeres, ¡por Dios!) de buena voluntad que crean firmemente en la conveniencia de que éste que arranca lluvioso sea el “año del deshielo”, del acercamiento de posturas, del reconocimiento de valores, del destierro de cerrilidades y del advenimiento del sentido común. A este catorce habremos de citarle sin titubeos ni aditamentos superfluos. En corto y por derecho. Como Belmonte.