Manolo Blázquez, en carne mortal

Ayer mañana, tempranito, esa pista cibernética donde aterriza la inagotable flota de las llamadas “redes sociales”,  me saluda con el pantallazo de una triste nueva: ha muerto el torero Manolo Blázquez Jiménez.

A la inmensa mayoría de los jóvenes aficionados, el nombre no les sonará ni remotamente. Y a muchos de los más veteranos, tampoco. Sin embargo, para el que suscribe, Manolo Blázquez siempre será la mejor, la más nítida referencia de mi afición taurina: fue el primer rostro de torero que vieron mis ojos, unos ojos infantiles de poco más de diez añitos, en aquella Medina introvertida y laboriosa que se esforzaba por levantar cabeza tras una posguerra de penurias y fatigas, como en toda la España que avistara desde la lejanía los Planes de Desarrollo del Régimen de Franco.

Resulta que aquella Medina del Campo que ni el Papa benefició ni el Rey ofició, como reza el lema de su escudo de armas, tenía un torero. Y yo, sin saberlo. Lo supe cuando oí a un señor mayor que “el hijo del lanero” iba a torear vestido de corto un novillo en la plaza de toros de la localidad. Y allá me fui, sin encomendarme a Dios ni al diablo, dispuesto a convertirme en polizón y a desollarme los muslos desmedrados por escalar aquellos muros de los corrales, adentrándome –aún no sé cómo– en los tendidos del coso taurino, que a mí me pareció la Monumental más monumental del mundo. Allí estaba él, el torero, con su calzona de vueltas blancas y sus tirantes de colores chillones. Manolo Blázquez se me apareció entonces como el más grande de los toreros que en el mundo han sido.

Estas son las cosas que tienen las “primeras veces”. Para bien o para mal, adquieren la propiedad de quedarse grabadas en la memoria con tal contundencia, con tanta diafanidad que, al recuperarlas, se muestran tan frescas como el mismísimo día de la fecha.

Conste que no soy medinense; ni siquiera viví nunca en aquella noble villa. Estuve, sin embargo, de paso nada menos que siete años, estudiando el bachillerato. Estudiando y siguiendo los pasos de aquél novillero que muy aína tomaría la alternativa en Barcelona, su plaza emblemática. Leía una gacetilla llamada “La Voz de Medina” –ignoro si aún se publica—y, naturalmente, la revista El Ruedo, que mi padre devoraba con prosopopéyico ritual una vez por semana, rebuscando las noticias y escudriñando las fotografías que comentaban y mostraban el paso por los ruedos de Manolo Blázquez.

De una desenfadada rubicundez –flequillo lamido e indómito—aquél torero que me deslumbró toreando un novillo de Pedro Zaera se paseaba por las calles del pueblo luciendo palmito y despertando la envidia de los zagalones más curtidos por el tallo de novia que se había echado. “El Seda” y “la Bego” (supongo que se llamaría Begoña) formaban una pareja magnífica. A Manolo le llamaban “El Seda”, al parecer, porque su padre trabajaba en telas, paños o lanas. O en todo a la vez, no lo recuerdo muy bien; pero sí recuerdo su porte toreando de capa, con la pantorrilla arqueada, convexa, la pata p’alante, el mentón hundido en los rizos de la camisa y las guedejas rubias en fuga por entre otros rizos: los de morillas de la montera.

Fue un excelente intérprete del toreo a la verónica, un muletero estimable y un deficiente estoqueador. Estuvo a punto de alcanzar fama y fortuna tras cortar su primer rabo en Barcelona y tomar un doctorado de lujo, con Manolo González y El Viti completando cartel. Recuerdo bien la expectación que provocó en el entorno de las tierras de Medina el acontecimiento de su alternativa. Recuerdo, también, la congoja que me provocó el espeluznante parte facultativo del doctor Olivé Millet, tras su gravísima cogida sufrida, cómo no, en Barcelona. “Dos cornadas en el muslo, intensa conmoción cerebral y probable fractura de la base del cráneo, pronóstico gravísimo…” Recuerdo el declive profesional que le provocó tan dramático percance. Recuerdo la lealtad hacia el torero de la “casa Balañá”, no dejándolo desamparado ni cuando estaba en activo ni cuando se fue de los ruedos. Recuerdo muy bien sus escarceos como apoderado de prometedores novilleros (Roberto Domínguez, El Niño de Leganés…) y le recuerdo en sus asomadas a la plaza de Valladolid o a la de Las Ventas, siempre cordial conmigo (“Coño, paisano, ¿qué pasa, majo?”), pero también escéptico con este mundo de los toros, principalmente, por los reveses económicos que le ocasionaron sus asomadas al empresariado taurino.

Recuerdo, recuerdo, recuerdo… Se me agolpan los recuerdos. Más aún ahora, cuando ya no lo veré en los callejones o en los pasillos interiores de una plaza de toros. Ignoro la causa de su muerte. Ni quiero saberlo. Me quedo con su imagen juvenil y entusiasta, con su figura juncal y su verónica de cante grande. Fue el primer torero que se me apareció en carne y hueso. En carne mortal, desde luego.