Resultado: 16-8

El resultado pudiera parecerse al de un partido de balonmano que hubiera transcurrido en su mitad; pero, no, son las cifras del espléndido triunfo obtenido por los aficionados mexicanos en la “cancha” del Congreso del Estado de la muy colonial ciudad de San Luis Potosí.  Por 16-8  vapulearon los miembros de tan cualificada Corte a la iniciativa auspiciada por grupos antitaurinos que pretendía prohibir las corridas de toros en un lugar donde su arraigo es más que centenario.

El resultado es, también, aleccionador. De los que bajan los humos a los derrotados. Ya era hora de que los nuestros se movilizaran y bajaran a las trincheras, para untar el hocico a una facción de esa tropa numerosa y superactiva que lleva algunas décadas dándonos quebraderos de cabeza, insultándonos, acosándonos y –por qué no reconocerlo- ganando no pocas escaramuzas con sus bien organizados y subvencionados comandos, de cuya estrategia se encarga en buena medida el adalid Anselmi, un argentino que, ¡ojo!, de boludo no tiene nada.

Había cierta preocupación por este resultado, pero los números no dejan lugar a dudas. Ganamos por goleada. Les doblamos en votos, lo cual es bien significativo, porque ello va a permitir que el estado de San Luis acelere la declaración de la tauromaquia como Patrimonio Cultural Inmaterial, algo que consideramos imprescindible para evitar que los antis vuelvan a las andadas. Si ya existen numerosos departamentos territoriales mexicanos que han adoptado esta decisión, si España y Francia han contraatacado con eficacia y brillantez, si Colombia puede doblar el pulso al obstinado Petro y Ecuador ha empezado a poner cerco a las corridas light de Quito, es que algo está cambiando de forma sustancial de cara al futuro de la fiesta de los toros en el mundo.

Sin embargo, no nos engañemos, esta Fiesta nuestra, que tan eficazmente se acaba de defender en San Luis Potosí, necesita también una regeneración de planteamientos, principalmente en lo que al toro bravo se refiere. Es imprescindible imponer un criterio selectivo que destierre de los ruedos el toro-filfa; porque con el toro-filfa no vamos a ninguna parte. Ni en México, ni en España ni en Sebastopol.

Ahora bien, no cejaré en mi empeño por defender –dentro de la seriedad—la tipología y el carácter del toro bravo en función del territorio donde se cría y de la idiosincrasia de los pueblos y sus gentes. Porque si uniformamos el toro y las formas de torear, estaremos adocenando la propia Fiesta.

Pero esa es otra cuestión que puede ser objeto de largo debate y no quiero irme por los cerros de Úbeda.

Volviendo al lugar de San Luis: hace unos años presencié una corrida en su plaza de toros, la que lleva por nombre “Fermín Rivera”, el matador potosino que alternó en España con Manolete y fundó una espléndida dinastía de toreros. Me encantó la plaza, donde pude ver a una afición encandilada con el juego del ganado y la labor de los toreros. Uno de ellos, español, por cierto, había puesto los tendidos a reventar y en toda la ciudad –¡cómo me recordaba a las de nuestra Andalucía!—se oía hablar de toros por doquier. ¿Por qué razón se pretendía birlar a estas gentes de una de sus aficiones favoritas y de tan sólida raigambre?

A pesar del 16-8, no demos opciones a la relajación. Pongámonos las pilas y sigamos trabajando sin desmayo, con rigor y seriedad, por el bien y el lustre de la fiesta de los toros. El resultado que nos ha servido el Congreso de un Estado mexicano, nos ha proporcionado un subidón de autoestima. Vale su peso en oro. Un “Potosí”, como decimos en España.

Sobre el autor de esta publicación