“Embrujo de Otoño” (por amor al arte)

No hace ni dos meses que conozco al doctor Juan José Márquez Alonso. Me lo presentaron una noche de otoño, de feria de Otoño, en un cenáculo taurino por los aledaños de las Ventas, en medio de la babélica algarabía futbolera que propiciaban las imágenes salidas de la televisión. Confieso que la situación y el barullo también me llevaron a secuestrar la mirada hacia el plasma de la pantalla en un par de ocasiones, pero, por fortuna, aquello terminó, lo cual me permitió concentrarme en el tema de conversación de aquella mesa redonda, en la que los contertulios no llegaban a la media docena. Confieso, asimismo, que los relatos del doctor me fueron cautivando poco a poco, especialmente su actividad en la admirable fundación que lleva su nombre, un organismo “independiente”, ajeno a creencias e ideologías,  de su cuño personal, dedicado a la beneficencia por amor al arte, por amor a la justicia, por amor a la vida. O, simplemente, por Amor, así, con mayúscula, que es cuando implica la entrega total.

En ese momento, acababa de llegar de Filipinas, y narraba las increíbles penurias y el desamparo de la población infantil de la antaño colonia española, sus fatigas, sus miedos y sus ansias. Hablaba de las peripecias que hubo de afrontar para salvar la vida de sus queridos niños cuando las “tifonadas” abrían sus fauces y devastaban cientos de hectáreas y no pocas vidas. Oía a Juan José y también sentía yo el tifonazo de un escalofrío. ¡Cuánta gente admirable pasará por nuestro lado y no le echaremos cuenta! ¡Cuánta bondad es capaz de anidar en el alma humana, y solo se conforma con el esbozo de una sonrisa! ¡Qué tío, este Juan José Márquez Alonso, de profesión doctor en medicina y cirugía y de condición, bueno hasta las trancas!

Sin embargo, la sorpresa por la increíble labor que desarrolla en los largos ratos libres que consigue robarles a sus intervenciones vasculares no iba a ser la única. ¡Caray, cómo habla de toros el amigo! Tiene un concepto de la Fiesta firmemente atornillado por dos abrazaderas: el toro íntegro y el torero artista. A partir de ahí, hablaremos. Y hablamos, ¡ya lo creo!, de toros y toreros, de lo divino y lo humano, hasta las tantas.

Ayer, me prometí asistir a un acto promovido por él, dentro de los llamados “Aperitivos Taurinos” –pero, hombre, Abella, ¿no había otro nombre más edificante para atraer a los aficionados a las Aulas Culturales de las Ventas?–, el cual, bajo el título de “Embrujo de Otoño” prometía una atractiva mixtura de música, cante y poesía, en la seguridad de que el auspicio de Juan José Márquez garantizaba el éxito.

Me quedé corto en las expectativas. Para empezar, la Sala Cossío quedó empequeñecida media hora antes –pero, hombre, Abella, ¿no había otra sala más propicia que la estrechuca dedicada al célebre escritor? ¿No calibraste bien el poder de convocatoria del evento?—, entre las generales protestas. Allí estaba el artífice,  presentado por mi querida amiga Muriel Feiner, que leyó unos párrafos muy bien escritos y muy bien expresados, con  su deliciosa media lengua castellana. Allí estaba Juan José, con su pelambre canosa de senador romano, para declamar unos textos que rebosaban prosa poética e invitaban a la reflexión, un inspirado canto al toro bravo y a la Tauromaquia que propiciaba el paso al cante jondo, amparado por los sonidos impecables de la guitarra… y el violín. Como lo leen. El violinista, es un chavalillo de catorce años, con  nombre de ganadero de reses bravas –Marcos Núñez– que nos dejó a todos con la boca abierta, interpretando bulerías  con ese “duende” que quiso desentrañar García Lorca y que Goethe creyó encontrar en Paganini, aquél prodigio de ojos cerrados sobre la mentonera que metía la música entre las entretelas más profundas. El guitarrista, Pablo Vega; otro jovencito que cautivó con el revoloteo de sus dedos entre el mástil y la boca de palo santo.  Y el cantaor, un tal Ramón Sánchez –otro nombre ganadero—al que le dicen “Sevi”, una voz camaronera que se arrancó por seguiriyas, bulerías, originales fandangos de Huelva, rumbas y romeras con pasmosa seguridad en la métrica y los tercios. Les digo una cosa: cantar flamenco es un arte muy difícil, pero hacerlo a las doce de la mañana, raya la temeridad. Ni la garganta está caliente ni la voz “domá”. Pregunten a cualquier cantaor. Y, sin embargo,  éste  “Sevi” armó la tremolina. Como la armó en el prólogo Pepita Alonso, recitando “La Chata”, el popular romance de Rafael Duyos. O la pianista Leire García, que acompañó dos magistrales interpretaciones de Marcos Núñez.

Cómo me alegra el éxito que ayer alcanzó el alma máter de esta excepcional exhibición de sensibilidades artísticas. Su entusiasmo, su ilusión y su altruismo, bien merecieron la masiva respuesta de asistentes, pero, también merece un mayor ejercicio de solidaridad y de apoyo tangible la ingente obra social y humanitaria que está sacando adelante de forma casi milagrosa.

En fin, que entre la mañana fría y lluviosa, el verbo apasionado de Juan José Márquez, el flamenco desgarrado del magnífico trío de intérpretes, el ambiente abigarrado y el fervor de la concurrencia, el “Embrujo de Otoño” me caló profundamente y se me escaparon algunos “olés” de los mismísimos sótanos del alma. Me emocioné, porque reconozco que estas cosas me llegan, me afectan, me alteran el ánimo y hasta tengo que hacer esfuerzos por disimular los diferentes estados –todos gratificantes– que me provocan. Quitando dos o tres tardes de toros, lo mejor del año en Las Ventas. Abella se lo perdió.

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