“Juampedros” en huelga general

Salieron los tres toreros a saludar la ovación con la que el público reclamaba su comparecencia en el tercio de la plaza. “Estamos con ustedes”, era el mensaje previo de los miles de personas que ayer abarrotaban la Maestranza. Era, sobre todo, la constatación oral y rotunda de una esperanza, el hecho fehaciente de una prevención que oficiara como lenitivo de posibles males, un acto de afirmación de lealtades inasequibles al desaliento. Allí estaban casi doce mil almas dispuestas remar a favor de corriente, con las manos prestas para entrar en acción a favor de obra, a nada que la corriente encauzara el entusiasmo y la obra fuera medianamente artística. Morante, El Juli y Talavante, se desmonteraron, hicieron genuflexiones de gratitud y otros gestos que corroboraban su inapelable disposición a dar una gran tarde de toros. Todo parecía dispuesto para el advenimiento de la apoteosis.

Hay quien cree que estas cosas, estos actos de espontánea adhesión a una causa imaginaria, traen consigo un gafe, también, inapelable. Dicen que, en estos casos, los toros oyen que el público se alinea unilateralmente con la parte contraria y se envían sus propios mensajes desde los compartimentos penitenciarios del chiquero, confabulándose a la contra, con esa jerga del reburdeo que solo entienden y traducen algunos mayorales de nuestro campo bravo. Creen los toros, y con razón, que en la corrida “de toros”, todo acto de marginación premeditada hacia ellos es un pecado de lesa majestad. Y la lían parda. Se alían en renuencias y son capaces de arruinar una tarde como la de ayer, de máxima expectación,  algo que ni siquiera la lluvia, contraviniendo los partes meteorológicos, osó perturbar. Es lo que tiene poner el carro delante de los bueyes.

Así que bueyes fueron los que aparecieron en el ruedo de la Maestranza, aunque lucieran buen tipo, armas afiladas y engallados ademanes. A veces, en sus primeras reacciones, dejaban escapar su brava condición. Algunos, se arrancaron de largo al caballo como una exhalación o permitieron lucirse a los toreros en los primeros lances de la lidia, pero en seguida se “acordaban del acuerdo” y decían que nones. Escarbaban con el hocico entre las manos, se paraban con desesperante tozudez, se defendían tirando gañafones, remoloneaban sin el menor recato.

Hubo una excepción: la del sobrero. Salió para suplir la inutilidad de su hermano de camada que hizo tercero. Tiene su explicación: los sobreros, en la Maestranza están más aislados que en cualquier otra plaza. Por tanto, a la celda de su chiquero los mensajes llegan difusos, casi ininteligibles. De tal situación se deduce que el toro de Juan Pedro no fue un esquirol, sino un oyente difuso y tardío que no se enteró bien de la consigna asumida por el colectivo. A fin de cuentas, oficialmente él no contaba. Quizá por eso se movió encastado en pos de los engaños de Talavante y permitió varias series sobre ambas manos, con muletazos aislados, pero ceñidos, en una faena que no terminó de tomar el vuelo que permitía el toro, por eso tras la estocada defectuosa los pañuelos asomaron con alguna timidez. Con todo, Talavante, fuera del saludo compartido en el prólogo, fue el único torero de la terna que cosechó las palmas del público, porque también al sexto, un toro blandito que solo aguantó tres tandas por abajo, le pegó tal cual muletazo digno de elogio.

Poco, muy poco, casi nada, para una de las corridas que habían movilizado hacia Sevilla a un apreciable contingente de la España taurina y parte del extranjero. El grueso de la afición que se reunió en el coso del Baratillo contempló, decepcionado, cómo su gozo prematuro yacía en el fondo del pozo del desaliento. Morante, que concitaba las mayores atenciones tras sus últimos y sonoros éxitos, solo pudo esbozar unas verónicas al primero y ¡una media! en el quite al sexto; y El Juli, que tiene a esta Plaza como talismán, se desesperó con un lote que salió al ruedo y se afincó en la nada.

Nada de nada, pues, ayer en Sevilla. ¿Corrida para olvidar? En absoluto. Fue la tarde en que los toros de Juan Pedro Domecq se rebelaron contra un “torerismo” premeditado y desbordante, pactando una huelga general de embestidas. ¿Estarán los toros sindicados? Los “juampedros”, desde luego.

 

 

Plaza de toros de Sevilla. Tercera corrida de la feria de San Miguel. Ganadería: Cuatro toros de Juan Pedro Domecq y dos de “Toros de Parladé”, correctos de presencia y astifinos. El tercero, devuelto por flojo y sustituido por otro de Juan Pedro, que fue el único encastado. El resto, flojos, remolones, parados y a la defensiva, prácticamente imposibles para el lucimiento. El sexto, se movió algo más hasta mitad de faena. Espadas: Morante de la Puebla (de obispo y oro), media tendida y descabello (Silencio) y media hábil y descabello (Silencio); El Juli (de nazareno y oro), media defectuosa (Silencio), media tendida y descabello (Silencio) y Alejandro Talavante (de azul y oro),  casi entera trasera y desprendida (Leve petición y ovación) y estocada (Palmas). Entrada: Lleno de “No Hay Billetes”. Incidencias: Tarde nublada, pero de agradable temperatura.