Perera se reivindica en Sevilla

Vayamos primero con lo negativo: la corrida que la casa Matilla embarcó con dos de sus hierros ganaderos, para ser lidiada en la segunda corrida de la feria sevillana de San Miguel fue una escalera de peldaños desiguales y quebradizos. Según la tablilla, los dos primeros toros habían basculado hacia la cercanía de los seiscientos kilos. Según la tablilla, digo; pero a la óptica racional del espectador  medianamente entendido en la materia, salieron al ruedo unos cornúpetas altones y largos, pero deslavados y cornidelanteritos, que ofrecían un conjunto juvenil y desmedrado. Y no digamos el quinto, burraquito como tú, tururú. Si no fuera por la pinta alunarada y salpicada de blancos, su negra anatomía hubiera tenido serios problemas para pasar el reconocimiento en cualquier festejo de menor entidad en esta Plaza. Curiosamente (¿cómo se hicieron los lotes?) los dos toros más hechos, más cuajados se emparejaron y se los llevó Perera, y el que se jugó como cuarto, terciadete no más, se salvaba por los pelos (esta vez negros de toda negritud) en un observatorio benevolente.

De lo anteriormente dicho se desprende que el lote más reprobable entró en la jurisdicción de Sebastián Castella. Para abreviar, y por las causas apuntadas, dos toros impresentables para la categoría de una feria y un escenario como éste maestrante. Así que el francés puso la mejor voluntad por sacar partido al segundo de lidia ordinaria, pero a pesar de ser excelentemente lidiado por José Chacón se vino abajo estrepitosamente ante la muleta del torero, y el burraquito como tú, tururú, mal picado, no valió un ardite en todos los sentidos. Los dos toros de El Cid, en cambio, se dejaron torear. Al firmante, esto de “dejarse” un toro me trae a mal traer, porque se supone que implica sumisión ante lo irremediable: embestir sin convicción, como si no hubiera otra cosa mejor que hacer. ¿Fueron bravos los toros? No, exactamente. Fueron nobles, suavones, y se movieron constantemente en derredor del torero, que es otra cuestión. Tal comportamiento permitió al  mozo de Salteras explayarse, gustarse y escuchar el fondo musical de la banda de la Maestranza en series en redondo, especialmente por el pitón derecho, de las que sobresalieron unos pases de pecho con la zurda, de pitón a rabo, llevando la muleta con la bamba barriendo los lomos del animal y transportándola al hombro contrario. Casi corta oreja en los dos “matillas”, pero pinchó al primero y se amorcilló el cuarto. Y decir “casi”, en tan favorables tesituras y en Sevilla, es mal negocio, ¿verdad, Manuel?

Entremos ahora en el meollo de la cuestión, en la almendra de la corrida. Digámoslo ya: Miguel Ángel Perera dejó ayer la Puerta del Príncipe con los cerrojos descorridos. Ya se ha señalado que sus dos toros fueron los de mayor entidad, el lote más cuajado y de mejor presencia. También los de condiciones más encontradas. El jugado en tercer lugar, arremangado de cuerna y de cuerpo aleonado, incierto, escarbador, mirón y avisado, hubiera puesto en serios aprietos a la mayoría de los que andan por las alturas del escalafón de matadores. A Perera, no.  Perera se puso “ahí”, donde en cada pasada los pitones del toro se afilan con los bordados del vestido y el raso del calzón e impuso su autoridad del principio al fin de la faena, una faena sincera y emotiva, tremenda, apasionante y apasionada. No crean que Miguel se dio lo que de forma burda se llama un “arrimón”. Nada de eso. Toreó al toro con una impavidez angustiosa, eso sí, sin que se le mudara la color. Y lo toreó largo y templado, a pesar de la impertinencia del viento, mandando en cada embestida, que es el fundamento del toreo. Y en una reducidísima parcela de terreno. Belmonte decía que todos los terrenos de la plaza son del torero, y tenía razón … siempre que el torero sea un ejemplar de la especie humana como Miguel Ángel Perera. Faenón. El público en pié. Y la música callada. La música de la banda del maestro Tejera, porque la otra, la música tremenda de la emoción desbordante la puso el maestro de la Puebla del Prior. Estocada por el hoyo de las agujas. Pañolada general. Una oreja. Le piden la segunda… y el presidente no se la da. ¿Qué más hay que hacerle a un toro de esa condición para cortarle las dos orejas? Pero, hombre, hombre, hombre…

Cuando acabó el toque de clarín anunciando la salida del sexto, Perera se fue a esperarle arrodillado a la puerta de chiqueros con la mente puesta en la otra puerta, la de Príncipe. Se notaba en la plaza una comunión total con el torero. Estaba el público deseandito de que el toro embistiera. Y embistió, porque fue, además de badanudo y arremangado de cuerna, bravo y noble, el mejor de la corrida, pero, ¡ay! , con la fuerza justa. A la larga cambiada suceden unas verónicas templadas, de compás abierto y buen juego de brazos. Le meten las cuerdas de la puya en dos entradas. Perera sabe que al toro hay que darle espacios y tiempos. Lo entiende a la perfección y aprovecha el largo y  noble viaje del animal para bordarle varias series con la muleta a rastras, obligando por abajo y rematando los pases de forma que  fueran enhilados sin solución de continuidad. Ahí está la música. Ahí está el público expectante. Ahí está el torero confiando en que el temple de su muleta insufle al buen toro la fuerza que le falla. No lo consigue del todo, a pesar de las pausas. Y lo mata mal, porque pincha y se le va la mano a los bajos en el segundo viaje. Todo está consumado. Una ovación de clamor trata de enjugar las lagrimillas que se le escapan al torero, al ver escaparse, también, su paseo en hombros al careo de la margen izquierda del Guadalquivir. Hubiera sido un magnífico colofón para una temporada no menos magnífica.

Si no recuerdo mal, Bergamín decía que hay toreros con “percha literaria”. Quizá a Miguel –que percha tiene para regalar– le haya fallado la bienaventuranza literaria que legítimamente corresponde a su jerarquía. Anda en eso de que le califiquen de “firme” o de manejar con soltura el “arrimómetro”. Injusta torpeza. Pero todo se andará.

 

Plaza de Toros de Sevilla, segunda corrida de la feria de San Miguel. Ganadería: Cuatro toros de Olga Jiménez y dos de Hermanos García Jiménez (todos de “casa Matilla”), de paupérrima presencia primero, segundo y quinto, más correctos los restantes. Primero y cuarto de boyante movilidad, incierto, avispado y exigente el tercero y bravo, noble y flojo el sexto. Segundo y quinto, inservibles por presencia y esencia. Espadas: Manuel Jesús “El Cid” (de azul rey y oro), pinchazo y estocada (ovación), estocada (leve petición y vuelta); Sebastián Castella (de turquesa y oro), pinchazo y estocada (Silencio) y media tendida (Silencio); y Miguel Ángel Perera (de celeste y oro), gran estocada (oreja y petición de la segunda) y pinchazo y media en los bajos (Gran ovación). Cuadrillas: Joselito Gutiérrez, Juan Sierra, Guillermo Barbero y Javier Ambel lucieron en banderillas y José Chacón en la brega. Entrada: Más de dos tercios. Incidencias: Tarde nublada, con ligero viento.