Los otros silencios de Sevilla

San Miguel, que es arcángel elevado a las altas jerarquías del santoral, viene este año a Sevilla blandiendo su flamígera espada por los cielos plomizos y cárdenos, relampagueando y descargando agua. Se abre la puerta de cuadrillas y la Maestranza deja al descubierto la mitad, más o menos, de sus ladrillos colocados a sardinel a guisa de asientos, también más o menos que tal día como hoy, 28 de septiembre, hace 101 años cuando a Joselito le daba la alternativa su hermanos Rafael con toros de Moreno Santamaría. Floja entrada, pues. Y entonces no llovía. O sea, que en todo tiempo los peculios ralearon en la bolsa de los españoles.

La de ayer fue la tarde de las portagayolas, en una nueva edición del “manomanismo” imperante. Como ya he abundado sobre el sistema acuñado este año para formar carteles de a dos, no insistiré en la escasa consistencia de estos “desafíos” sin que haya nada por dirimir ni reto previo de por medio. Ayer, en la Maestranza, Nazaré y Fortes se fueron a la puerta de chiqueros a saludar la mayoría de los pupilos de José Luís Pereda, sin que ello despertara ni murmullos, ni expectaciones, ni runrunes ni ná de ná. Cruzaban los toreros el ruedo, camino de ese atrio enarenado y cuestabajo que encuentran los toros en esta plaza y la gente seguía practicando esa plácida recomendación zapateril de contar las nubes negras que asomaban por los caballetes del tejado. Detalle plausible: la sana declaración de intenciones de los contendientes. “Venimos a por todas”, querían decir.

Lo malo es que la corrida de Pereda “no sirvió”, como se dice en la moderna jerga. El primero, con el hierro de la Dehesilla, se derrumbó tras las primeras carreras y fue devuelto, y el resto, salvo el tercero, bravo, pronto y codicioso hasta que se aburrió y acortó las embestidas, fue un muestrario de falta de casta y de codicia, aunque fuera con alguna perversión, como la del primero-bis.

Ante este panorama, sombrío por el ambiente climático y por el comportamiento del ganado, salieron a la palestra maestrante el sevillano Antonio Nazaré y el malagueño Saúl Jiménez Fortes, dos jóvenes matadores de toros que han despertado razonables expectativas. Después de lo de ayer, ni ganan ni pierden, lo cual no deja de ser una tarde baldía; y no están las cosas para baldear. Lo positivo del sevillano, sus evidentes deseos de arrancar muletazos a un toro correoso, enterizo e incierto que salió de sobrero y ponía un punto de emoción en cada trance y algunas tandas al tercero, el mejor de la corrida; lo negativo, no haber apostado a cara o cruz con aquél y no cuajar del todo los quince o veinte pases que tuvo éste, porque después, el quinto, cabeceante y bruscote, tuvo poco que rascar.

De Jiménez Fortes hay que destacar su valor empírico y sereno. El tío se pone ahí y no se quita, lo cual es un factor de lo más cotizable. A lo demás se aprende. Suyos fueron los mejores lances y los muletazos mejor acabados, y suyas fueron tres faenas en las que no dio un solo paso atrás. Quizá se obsesiona con el encimismo, pero estas cosas ocurren cuando el empeño por demostrar que estás ahí por algo se te mete por los sentidos. Se llevó una voltereta y las pocas palmas que salieron de los tendidos.

Los dos toreros se llevaron para el hotel seis silencios. No silencios expectantes y cortantes que son los buenos de Sevilla, sino esos otros que se envuelven en el celofán del respeto o la indiferencia. ¿El primero para Fortes y la segunda para Nazaré? Quizá. Lo cierto es que la gente se pasó la tarde mirando al cielo y, a partir del quinto toro, procurando resguardarse del aguacero que castigaba sin piedad. Tan ásperas condiciones climáticas y las refractarias del ganado a embestir por derecho, hacen que el juicio a estos dos nuevos valores del torero contemporáneo  deba estar impregnado de una razonable benignidad.  Solo faltaría.

 

Sevilla, feria de San Miguel. Primera corrida. Ganadería: José Luís Pereda, corrida bien presentada, pero de escasa raza y poco fondo; el primero (herrado como La Dehesilla) fue devuelto por flojo y sustituido por otro con el hierro del propietario; el resto, cumplió en varas, pero fue acortando las embestidas hasta pararse en el tercio final. El sobrero, arisco e incierto, se arrancó enterizo a la muleta, lo que dio importancia y emoción a la labor del torero, y el tercero fue bravo, de largo viaje y repetidor, hasta que acortó la embestida. Espadas: Antonio Nazaré (de verde manzana y oro), bajonazo (Silencio), estocada y descabello (Silencio) y tres pinchazos y estocada (Silencio) y Saúl Jiménez Fortes (de azul noche y oro), estocada y dos descabellos (Aviso y silencio), pinchazo y estocada (Silencio) y dos pinchazos, media tendida y descabello (Silencio). Cuadrillas: Saludó José María Soler en banderillas y Alberto Sandoval colocó un excelente puyazo. Entrada: Media. Incidencias: Tarde plomiza, con lluvia intensa a partir del quinto toro.