Acerca del indulto

Uno de los ejercicios más saludables que con frecuencia practico –o al menos de los que más me confortan— consiste en repasar el contenido de viejas ediciones de libros o publicaciones taurinas, a tal punto, que a menudo me zambullo en el hormiguero de mi biblioteca para espigar y absorber “lo que se decía por ahí” hace muchos años –incluso siglos—sobre toros y toreros. Debo confesar que me paso las horas muertas entregado a la lectura, contrastando opiniones y repasando fotografías o litografías. Me instruye y me divierte. Me instruye, porque permite ensanchar o, en su caso, apuntalar lo que se llama “el acervo taurino”; y me divierte, porque siempre acabo llegando a la conclusión de que existe un afán mesiánico y atávico profundamente arraigado entre los escribidores más reputados y los aficionados más conspicuos de todas las épocas –títulos ambos otorgados, generalmente, a inventario de gratuidad—, por defender y proclamar el abrupto reciclaje de la Tauromaquia.

De entre la patulea bibliográfica que me envuelve –las estanterías están perfectamente desorganizadas–, extraigo y releo un libro que considero delicioso, instructivo y sorprendente, tanto por el buenismo que destila su autor como por su contenido demoledor: “Antes y después del Guerra”, de F. Bleu. Léanlo, quienes no hayan tenido ocasión de acceder a sus páginas. Léanlo, pero previamente vacúnense contra la perplejidad.

Bajo el seudónimo de F. Bleu se oculta la identidad de Félix Borrel Vidal, catalán recriado en el Madrid castizo del último tercio del XIX, amante de la música wagneriana, laureado pintor paisajista y asiduo contertulio taurino en la rebotica familiar, donde a menudo sacaba a relucir sus escritos firmados con el nombre de  E. Churas, bajo el cual ya apuntaba sus “hechuras” como analista de la tauromaquia de su tiempo. Éste Borrel –por cierto, abuelo materno de Ignacio Aguirre Borrel, político destacado en la etapa de la Transición española, apasionado de la fiesta de los toros y aficionado práctico de alto nivel— debió ser un gran tipo. Y buena gente. Leyendo su libro –publicado en 1913– me percato de que, para él, la fiesta de los toros entró en fase tetrapléjica con la retirada de Lagartijo y Frascuelo; o lo que es lo mismo, había saltado al vacío de su irreparable decadencia. Se acabaron los toros, precisamente, cuando alborea la llamada Edad de Oro, con la irrupción de Joselito y Belmonte. Aquél es matador de “monas” y éste, de momento, un perfecto chapucero (sic). La pantomima está servida.

De “borreles” está el mundo lleno. El de los toros, digo. El de antes y el de ahora. Insisto en que creo en su buena voluntad, en su fe en una “ideología” taurina para ellos inmarcesible, lo cual no solo me parece comprensible, sino digno del mayor encomio. Pero, si por ellos fuera, la fiesta de los toros hubiera llegado hasta estos días  en el estado de “pureza” decimonónica que preconiza don Félix, esto es, con toros enterizos y bravucones (no bravos) fornidos y armados (la inmensa mayoría más chicos y con menos cornamenta que los que ahora se lidian en Madrid, por ejemplo) y con toreros que usan la muleta como artilugio defensivo en los ejercicios preparatorios para la muerte del animal. A las tesis más o menos “borrelistas” –el plañiderismo por “el toro de antes” y los toreros machos “de antes” no tiene fecha de caducidad– se sumaron otras plumas mucho más encopetadas y no menos aplaudidas en sucesivas décadas del siglo XX. De haber prosperado sus proclamas no se hubiera implantado el peto, ni se hubiera construido la plaza de Las Ventas, ni se hubiera permitido torear a la verónica con las manos bajas (el reglamento del 17 ¡lo prohibía en quites!), ni se hubieran derogado las banderillas de fuego… etcétera.

Traigo esto a colación tras la retahíla de diatribas que se están escuchando y leyendo contra el indulto del toro. Los “güenos afisionaos” no lo quieren, o sea, lo repudian. Algunos argumentan que el toro nace para morir en la plaza. Y punto. Nada de pulgares hacia arriba ni sentimentalismos de nenazas. Los coreógrafos del pueblo son inflexibles ante el pilatos de la presidencia: ¡Crucifícale! Son los miembros de la guardia pretoriana que visten uniforme de “borreles” e imploran involuciones y atavismos. Ignoran, sin duda, que los indultos ya se producían esporádicamente en el tan citado siglo XIX  –el legendario Zalduendo tiene varios en su haber– y nadie se rasgaba las vestiduras. Ni siquiera  el acérrimo rasgador  F. Bleu. Siempre que se den las condiciones formales y razonables de excepcionalidad, el indulto del toro no es solo la suprema gracia que se otorga a un condenado y, por tanto, el benéfico triunfo de la vida frente a una muerte que parece inexorable, sino también el triunfo de la sensibilidad frente al cerrilismo. A mayores, es una riqueza genética que conviene conservar y uno de los más contundentes argumentos para frenar la avalancha de acusaciones que presentan a aficionados y profesionales taurinos como abanderados de la crueldad. Pues bien, a pesar de tantos factores positivos que adornan al indulto del toro excepcionalmente bravo en la plaza, los pretorianos, erre que erre, con su pie en pared  y sus tesis borrelianas, que puestas al día se fundan en un toreo cartesiano cuya rigidez empieza a resultar insoportable y en una aversión al don de la vida del animal  que raya en la neurastenia.

Como supongo que saltarán algunas voces disonantes –incluso algún berrido intempestivo–, habré de incidir en el carácter de raro acaso que debe dominar en la cuestión del indulto. Un toro bravísimo –y noble, por qué no—en todos los tercios sería el sencillo baremo a tener en cuenta para solicitar del presidente de la corrida la aparición del pañuelo naranja. En ningún caso, el asedio y la presión de ganaderos y toreros, desde el ruedo y el callejón. En ninguno. Es más, si yo fuera presidente, llamaría al orden ante algunas subversiones, tan llamativas como provocadoras. Y otra cosa: una vez concedido el indulto, también en ningún caso se otorgarán las dos orejas y el rabo –¡de otro toro!—al hipotético matador, y, por tanto, no podrán figurar en sus datos estadísticos. ¿Cómo va a lograr esos trofeos si no ha manejado la espada, que es el colofón natural de la lidia? ¿Cómo los podría pasear simbólicos si el indulto se produjera en el primer toro de la corrida? ¿Irán por ellos a la casquería más cercana?

Ya verán, entonces, cómo se rebajan esas delirantes peticiones de toreros, apoderados, empresarios, ganaderos y pelotilleros varios. Ya verán, entonces, cómo el número de toros indultados disminuye sensiblemente. Cuando el torero sepa que dará la vuelta al ruedo montera en mano y que el ganadero que habrá de acompañarle será el máximo protagonista del triunfo –¿lógico, no?—se lo pensará a la hora de emplear un lenguaje gestual que, a veces, roza la obscenidad.

El indulto siempre existió. Y debe seguir existiendo. Es el antídoto contra el “borrelismo” militante, que parece ser hereditario. Si un toro que durante la lidia ha sido extraordinariamente bravo desde que sale del chiquero hasta que pide la muerte y se juzga que debe vivir, que viva. ¡Viva el toro bravo!