El Platanito

Zapeando por ese ruedo cuadrangular que es la pantalla de plasma del televisor me he dado de bruces con El Platanito, el torero errante y lotero ambulante. Entre el desparpajo, la desfachatez y la campechanía que infunde saber que cualquier cosa que diga le importan un bledo al dicente y al escuchante, el simpático “plátano” del toreo se pasó media hora larga largando del mundo de los toros, de los malhechores que le asedian (a ese mundo, no a él) y de la penosa situación a que le abocaron una pandilla de parásitos y lampones.

Por las circunstancias que fueren, no tuve ocasión de ver en directo al Platanito que hacía furor en las novilladas nocturnas de Vista Alegre, pero sí a través del blanco y negro de la televisión. Se vendía entones su histrionismo como un remedo de Manuel Benítez “El Cordobés”, que a la sazón –mediados de los sesenta– era el amo y señor de la Fiesta. A la paupérrima luz de los focos de la alegre Chata, aparecía la figura desgarbada, desmañada y polimórfica de un muchacho greñudo vestido de luces que practicaba un toreo basado en la intuición dentro de una palmaria desorientación, es decir, que hacía lo que sabía o podía, sin saber ni poder nada. Imagínense.

Ciertamente, El Platanito fue lo que se llama un “boom”, que es la onomatopéyica expresión de lo que estalla ante nuestros ojos bruscamente, haciendo saltar en pedazos cualquier  cosa que carezca no ya de un mínimo sentido de la ortodoxia, sino de la mera racionalidad. Podríamos decir, que lo del tal Platanito fue el salto de la línea roja que estaba por entonces en el salto de la rana. El desmadre elevado a la enésima potencia. Ni un pase, ni un ademán medianamente aceptable. Todo eran escorzos, pamemas y recursos de un inocente polichinela que no quería torear, sino hacer gracia.

Durante más de dos años, este Platanito anduvo por el mundo de los toros actuando en plazas de escaso aforo y mínima exigencia, poniendo muchas tardes el cartel de “no hay billetes”. Es cierto. En aquél tiempo, la publicidad que daba la televisión, en monopolio y en auge, era devastadora… pero no suficiente. Poco a poco, los espectadores fueron dando la espalda  al espectáculo “platanesco”, y todo acabó cuando Joaquín Bernadó le dio la alternativa en Vista Alegre. Hasta ahí podíamos llegar, y hasta ahí se llegó.

Tampoco tuvo demasiado éxito con su segunda época de torero bufo. Definitivamente, su aventura taurina tenía los días contados, por lo que el espectáculo cómico denominado “El Platanito y su trouppe” se fue diluyendo, desmoronando, produciéndose, además, un cierto sentimiento de culpa entre aquellos que tuvieron la curiosidad de sentarse en el tendido cuando se produjo el primitivo conato de “fenomenalidad”, un producto perecedero, como el plátano, precisamente.

Tengo una especial sintonía con Blas Romero –¡qué ironía, la del apellido!–, siempre asentada en la simpatía y la comprensión. Me cae bien porque es prudente, sincero y simpático. Le comprendo cuando el otro día aseguraba que su “carrera” fue muy mal llevada y que sus primeros “mentores” le engañaron, pero sobró aquél ataque al entorno del mundo de los toros. Hombre, “plátano”, es posible que una parte de aquél dinero fácil e insólito se fuera escurriendo por entre los dedos de algún desaprensivo de tu derredor, pero no me negarás que  aquellos “no hay billetes” de fuera de las taquillas fueron desapareciendo y dentro, en el cajón, ya no había billetes para nadie. Lo tuyo fue un espejismo, reconócelo.

Pero, bueno, no por ello dejaré de tener a Blas Romero González “El Platanito” entre mis personajes más entrañables de éste no menos entrañable “planeta” taurino. Seguiré echándole una mano a la suerte que predica  y me alegraré de que le vaya bonito. Se lo merece, porque su proverbial jovialidad es contagiosa. Por eso los toreros le hicieron un gran festival en el lugar que ocupara su plaza talismán, su lanzadera, convertida hoy en el Palacio Vistalegre. Por eso, también, me sorprendió el puñado de sal gorda que le echó a su divertida ensalada televisiva, poniendo un punto melodramático a su historia, digamos, “profesional”, con acento de cuplé: voy tirando los caudales/son de doña Manolita/¿quién me compra esta penita?/mañana, mañana sale…!

Platanito no es un torero frustrado; ni un sujeto digno de lástima. Él sabe, mejor que nadie, las circunstancias que le llevaron de la moqueta de los hoteles al ostracismo.

Hasta lo histriónico tiene su estacada.