La Niña de la Montera

De todos  los días que las ciudades españolas programan para vestirse de feria, el más penoso, sin duda, es el día después. El de la contraferia. El de afrontar la dureza de la cotidianeidad. Realmente, el día en cuestión comienza la noche última de la feria, cuando la ciudad entra en esa laxitud o estado de modorra que  alienta el toque de retreta y se comienza a desmontar con desmañada pereza su parafernalia festera, sus barracas, chiringuitos y puestos callejeros, cuando se van los cacharritos con la música a otra parte, a otra feria. En Valladolid, por ejemplo, el caseterío que deja las ricas ofertas de bares y restaurantes a la intemperie va muriendo lentamente cuando el domingo declina y se encienden las farolas de las calles. El lunes laborable amenaza a la vuelta de la esquina. Podría ser, también, el día de la reflexión. En él estamos y a ello vamos.

Llegado ese momento, a los periodistas e informadores de la cosa taurina, la parroquia que nos lee o nos escucha nos pide con frecuencia un resumen de la feria. Con preguntas como ¿quién es para usted el triunfador?, ¿qué corrida ha sido la más completa? o cosas por el estilo nos suelen asaltar apenas hemos puesto pie fuera de la plaza de toros al término del último festejo. En el caso de la feria vallisoletana de la Virgen de San Lorenzo, que ayer concluyó, parece obvio señalar la extraordinaria corrida que lidió Juan Pedro Domecq,  el pasado jueves, día del tormentón; unos toros de bellas hechuras, herrados con el legendario marbete de Parladé, a los que el diluvio y el barro no les impidió hacer una exhibición de casta, bravura y nobleza. Ahí es nada. ¡De Juan Pedro, sí, señor! Y, por supuesto, destacar la heroicidad de los toreros, Padilla, El Cid y El Fandi, al capear el temporal con emocionante arrojo y torear a los bravos “parladés” en condiciones infernales. También un bravo y encastado toro de Victoriano del Río y otro muy, muy, muy noble (que no es lo mismo) de El Pilar, ambos desorejados por José María Manzanares, tras hacer exhibición de su personal empaque y desbordante torería. Aparte la casi perfecta actuación del rejoneador Ventura, poco o nada más.

Eso es lo que daría de sí, a vuelapluma y en formato telegráfico, el resumen demandado. Sobre él, habría que apostillar la escasa asistencia de público, salvo en la corrida de la apoteosis manzanarista del sábado. Punto pelota.

Sin embargo, al arriba firmante se le ha quedado grabada esta feria de Valladolid del 2013 como la de la Niña de la Montera. Veamos por qué:

Estaba sentada en una barrera “de capotes”, llamada así por su cercanía al burladero de matadores, subalternos y otros participantes más o menos directos en el festejo. Era una niña de entre seis y siete años. Chispoleta, pajolera, habladora, voz cantante de un trío que completaban dos arrapiezos más o menos de su añada. Gracias a la generosidad de la empresa Valtauro, habían entrado de balde junto a varios centenares de niños a presenciar la novillada sin picadores en la que otros tres adolescentes trataban de demostrar en el ruedo sus aptitudes para alcanzar la milagrosa condición de “figura del toreo”. Fui a la plaza, naturalmente, a constatar las maneras de una atractiva terna de futuribles, pero en seguida me subyugó la espontánea narración de la niña que tenía a mis espaldas, deliciosa marisabidilla, que no dejaba de hablar antes, durante y después de la lidia de cada becerro. Tenía alucinados a los varoncitos que la flanqueaban. “Éste es el toro más bravo que he visto en mi vida”, decía la niña tras ver las primeras carreras del eral sobre la arena. Y los dos niños miraban al susodicho “toro” absortos, alucinados. Uno de ellos se atrevió a preguntar, “¿Oye, por qué los toreros tienen las medias rosas?” y la niña respondió sin pestañear: “Porque es el color que les gusta, lo mismo que a mi mamá”. Soltaba los argumentos con rapidez felina. Uno de las flanqueadores quiso sacar su vena varonil y entendida y espetó: “A mí lo que me gusta es cuando matan al toro…” Y la niña: “Ja, y a mí, porque es lo más difícil”. El otro, más prudente: “Pues yo quiero pedir la oreja, que también me gusta mucho”, Y la niña: “¿Dices que te gusta la oreja?” Risas. En un momento de la lidia, la niña advierte: “Mira, el toro se ha hecho pis”. Más risas. De pronto, la niña se unía al aplauso del público y advertía: “Venga, aplaudid, que el torero lo ha hecho muy bien, aplaudid bien fuerte”. Casi se rompían las manos.  Y así estuvieron los tres, la niña y los dos niños, narrando con labia enternecedora todo aquello que impresionaba sus tiernas y primerizas retinas.

Confieso que aquella niña me tuvo encandilado durante las dos horas largas que duró la novillada. A su término, me saluda uno de los subalternos, capote de paseo doblado en el antebrazo, montera calada y cigarrillo recién encendido. Sin encomendarse a nadie, la niña tira de desparpajo y le dice al torero: “Oye, ¿me dejas la montera para hacerme una foto?” El hombre la mira, entre sorprendido y halagado, se destoca y se la entrega. (Dato: dice ¡la montera!, no el gorro o el sombrero) Y aquella niña se dio la vuelta, metió su cabecita en tan, para ella, sobredimensionada oquedad, y se hizo retratar con un teléfono móvil. Estaba guapísima.

Aquella niña, para mí anónima y deliciosa, con la montera bailándola sobre las trenzas, me deja un recuerdo imborrable y me sugiere el titular que resume cinco tardes de toros en el coso del paseo de Zorrilla. La Niña de la Montera volverá a los toros. Con toda seguridad.