Mano a mano

En la cosa del toro, cuando agosto se abre en el calendario no se perciben calores sofocantes, sino un desparrame de citas donde los toreros se mezclan en patulea para copar los puestos que mejor se acomoden a sus expectativas. Los que cortan el bacalao por allá arriba, eligen plazas, ferias, fechas y carteles para garantizar la pervivencia de su estatus y, fundamentalmente, su caché; y los que no se jalan una rosca, salen de las trincheras en las que permanecen como obligados moradores para buscar un resquicio por donde meter la cuchara y llevarse a la boca siquiera sea el socarré  de los festejos populares. Se da por hecho, que torero que no se viste de luces en agosto está ya fuera del puchero de la temporada. O huele a puchero enfermo, que es lo mismo, dicho sea con todos los respetos. Tiempos difíciles para todos. Hasta los socarrés son bocado exquisito para los que asumen su condición de “figuras” y presumen de ello, así que ni les cuento cómo está el panorama para la barahúnda de coletas que no huelen un pitón y coletean por doquier. Doscientas y pico en activo con acta de alternativa. ¡Osú!, ¿qué hacemos con tan desmesurada oferta?

En esas estamos cuando alguien ha encontrado la piedra filosofal del “mano a mano”. ¿Cuántos llevamos ya esta temporada? ¿Con qué fines se organizan, orquestan y celebran?

Veamos: la filosofía de la citada piedra filosofal siempre tuvo un marcado carácter de excepcionalidad. El de una pareja que despunta, por ejemplo. Dos novilleros, Pedrés y Jumillano, pusieron el cartel de No Hay Billetes en Las Ventas en julio de 52 (cito de memoria) nada menos que en la entonces celebérrima corrida de La Prensa, en la que muchos años atrás las promesas en estado recental de  Litri (Manuel Báez) y Niño de la Palma (Cayetano Ordóñez)  se habían batido el cobre en ante el público de Madrid. Después, novilleros como Curro Montes y Martín Sánchez Pinto, o matadores como Luguillano y El Puri, concitaron la atención de los aficionados hasta extremos insospechados, cultivando un “monomanismo” de lo más atractivo. Hasta para exacerbar la rivalidad de nacientes banderías localistas fue válido –y rentable—el “mano a mano”, como los de El Tino y Pacorro en Alicante, pongo por caso. Quiero con esto decir que cuando se anuncia en el cartel un combate entre dos, es por algo y para algo. Para dirimir, dilucidar, despejar o dejar en claro quién es cada cual y de qué va la vaina.

El “mano a mano” en los carteles de toros se llegó a anunciar como “vis a vis”, esto es, “cara a cara”. Desafío en la cumbre. Allí se verán las caras dos que no opinan lo mismo, taurinamente hablando, pero que tienen algo que decir. O que decirse. Careo en su fórmula más empírica, como en los juicios de faltas, donde un jurado compuesto por miles de miembros (y de “miembras”, como dice la estupidez lingüística oficial y contemporánea), dictará sentencia inexorable y acarreará inevitables consecuencias. Esa es la sustancia, el asunto “nuclear” del “mano a mano”: vérselas cara a cara dos toreros, dos estilos, dos conceptos, incluso dos idiosincrasias diferentes, dos gallitos que quieren hacerse los amos del corral y uno de ellos está dispuesto a darle en la cresta a su más directo rival.

Y digo yo, ¿qué cresta se quieren partir, por ejemplo, Juli y Manzanares, que ya llevan algún que otro “mano a mano”? ¿Qué sustancia hemos sacado de estas comparecencias? ¿Qué consecuencias han deparado? ¿A qué conclusión hemos llegado? Yo se lo diré: a ninguna. Pero es que no había nada que dilucidar, nada que discutir, nada que disputar. Ambos dos lo tienen todo hecho y ganado, temporada incluida. No se veían en las gradas “julistas” y “manzanaristas” a la greña. Ya podían haber dado grandes tardes de toros (de Toros, que esa es otra) que el corolario y la sentencia habría sido la misma: ninguna. Combate nulo.

El toreo es lucha, lid, lidia. No puede tener vacío el recipiente de la competencia a cara de perro. Tiene que despertar pasiones, arrebatar a las masas, crear un espíritu belicoso, si me apuran, irreconciliable. A mí me hubiera gustado presenciar no uno, sino varios “mano a mano” entre Ponce y José Tomás hace doce-quince años, con ambos toreros en plenitud y con partidarios muy seriamente enfrentados. Ahora, ver un “mano a mano” entre Ponce y Javier Conde (Torremolinos, gran hotel, Día del Turista), qué quieren que les diga, me parece (como poco) informal, innecesario y escasamente edificante para el currículo de una figura histórica. Los más abruptos en el juicio a estas cuestiones le pondrían el epíteto de “cachondeo”, pero no caeré en semejante irrespeto, porque con el toro de por medio, por chico que sea, nunca se sabe. ¿Solidaridad con un compañero del alma? Pues, bueno…

Cuando los empresarios, en un banal alarde de originalidad se sacan de la manga varios “mano a mano”, malo. Me soplan por un oído que con ello los organizadores de estos “eventos”  aligeran costes, porque a día de hoy un cartel “rematado” de tres figuras marca ruina. Y por  el otro, me susurran que hay que idear nuevos atractivos para que la gente acuda a la Plaza. Pero, ante la reiteración de estos vis a vis, yo me vuelvo a preguntar, ¿acaso el gentío se agolpó ante las taquillas? Les digo una cosa: solo con Morante o José Tomás en liza, este tipo de festejos pueden tirar del boletaje. Y si no, pregunten a los afectados.

Si me dejaran –que no lo harán–, yo también me animaría a organizar varios “mano a mano” entre la torería actual, pero tendrían que darme la gracia de permitirme escoger ganaderías. Les puedo asegurar que los careos iban a ser cumbres. Si creen que desbarro, lo entenderé; pero deben comprender que un buñolero-torilero como el firmante, muy baqueteado en asuntos taurinos y curado de espanto, tiene el carácter empatizado con la fantasía, de lo cual se colige que este planteamiento podría llegar a ser fantástico. En el fondo, soy un sentimental.