No hay derecho

Me van a perdonar, pero echo un vistazo a los carteles de las ferias taurinas más importantes de lo que queda de temporada (mucha, todavía), y no puedo por menos rebelarme. No hay derecho.

Verán: no hace tantos años, las dos ferias taurinas más importantes del globo terráqueo eran las de Sevilla y Madrid; resuelvo, pues, que discutir semejante obviedad es de peleles. Los toreros consagrados (las llamadas “figuras”), iban a la Maestranza a ponerse las peras a cuarto entre sí, a pegarle un baño al rival más enconado en su sacrosanto barreño de albero, y llegaban a Las Ventas para dilucidar primacías a razón de tres tardes por coleta, como mínimo, ante el toro y el público más exigente y complicado del mundo. Los no consagrados, pero con materia prima de indiscutible calidad, por lo general, esperaban oportunidades en las corridas anunciadas fuera de ciclo, y bien cierto es que algunos (Antoñete, Ortega Cano, Ojeda, etcétera) salieron catapultados y revitalizados merced a sus zambombazos en plena canícula. Primera cuestión.

 

Segunda cuestión: otra obviedad es que, al menos en los últimos cien años, España y México han rivalizado en la cosa de contrastar a sus respectivas “figuras”. De los mexicanos, Gaona y Armillita se vieron las caras (y se la plantaron) con las cumbres de nuestra torería, nada menos que con Gallito y Belmonte, el primero y con Chicuelo, Marcial, Ortega, Manolo Bienvenida, Félix Rodríguez, etcétera, el segundo. Garza y El Soldado levantaron el águila de su bandera en territorio hispano hasta que la “mohinez” y la intolerancia de  Marcial y compañía llevó al esperpento de romper relaciones taurinas fraternales con el país que más y mejor ha tratado a la Tauromaquia fuera de nuestras fronteras. Arruza y Manolete vivieron una corta, pero intensa, rivalidad en los ruedos… En fin, que México siempre ha sido una vital referencia para la fiesta de los toros en todas las épocas.

Digo bien: ha sido. En estos tiempos, la tropa taurina mexicana llega a España como llegaban sus compatriotas de generaciones anteriores, esto es, con la legítima ambición de triunfar y de ser reconocidos por la que para ellos es (taurinamente hablando) la madre de todas las madres. Algunos, los más significativos y de innegables cualidades, llegan y triunfan nada menos que en Madrid, con un toro para ellos desproporcionado y desconocido, con un público muchas veces cruel e indocto… ¡y no les vale de nada! No hay derecho.

Este año actuaron cinco matadores mexicanos en la feria de San isidro. De ellos, uno pasó inadvertido y otro se fue a la enfermería; pero los otros tres triunfaron en toda regla. Diego Silveti (¡se me escapa tantas veces el David cuando escribo su nombre!) en una tarde infernal, dantesca, de ventarrón y granizo, se jugó la vida y cuajó una faena que, por los aditamentos que la envolvieron, en cualquier otra época hubiera sido de puerta grande. Arturo Saldívar, se pasó a sus toros por la faja sin que jamás se le mudara “la coló” y toreó limpio, ceñido y templado, matando admirablemente y cuajando una actuación de torero importante que quiere serlo también aquí, en España. Y, por último, Joselito Adame protagonizó la gran sorpresa de la feria. Tuvo dos puertas grandes al alcance de la mano porque cuajó  en dos tardes excelentes faenas, plenas de templanza, valor y dominio de la situación, lamentablemente no firmadas todas ellas como debiera con los aceros. Pero es –casi unánimemente reconocido—el gran triunfador de la feria de San Isidro. ¿Y saben de qué les ha valido este triunfo fantástico a los tres manitos? De nada. De nada. De nada.

Echen una ojeada a los carteles de las ferias taurinas subsiguientes de Burgos, Alicante, Badajoz, Teruel, Pamplona, Valencia, Santander, Gijón, Huesca, Málaga, Bilbao, Almería, Valladolid… Si no he leído mal, ninguno de estos tres toreros mexicanos que llegaron a Madrid para actuar una sola tarde, se jugaron la vida y ganaron un triunfo legítimo e incontestable figura en la cartelería de la ristra de ferias (elenco completo) que acabo de nombrar. Adame aparece, milagrosamente en Valencia ¡el 9 de octubre! ¡Venga, ya!

Repasen, también, los nombres que se repiten en las combinaciones de los ciclos referidos y díganme qué méritos concurren en la mayoría de ellos (salvo el padrinazgo que les ampara) para seguir estando ahí, en la pomada, sin haber dado un palo al agua en las grandes confrontaciones de la temporada. Excluyo a los que se justifican o despiertan el interés del público, que apenas llegan a los dedos de una mano, pero el resto son bastante más mediocres que la terna que acabo de nombrar, y de otros varios, sea cual fuere el origen de su pasaporte. Lo curioso y sorprendente es que algunos aficionados u “opinadores” mexicanos que gravitan por la Red también  minimizan la meritoria labor de sus compatriotas durante las tardes de toros madrileñas, en un ejercicio (saludable, sin duda) de veracidad dasapasionada, echando una vez más a la gallera a las llamadas huestes “antihispanistas” y “malinchistas”. Allá cada cual. A quien esto firma, desde luego, no le acucian ni afectan otros asuntos que los derivados de una evidencia.

No crean que me olvido de los de casa, pero por lo menos el corralito que forman Manuel Escribano, Nazaré, Juan del Álamo y quizá algún otro que se me enreda en un rincón de la memoria (perdón), mal que bien están pillando cacho en algunas ferias de tronío. Trabajito les cuesta, la verdad; pero por lo menos aparecen de forma intermitente. Los mexicanos, ni eso. Orejas de ley en Madrid para Silveti y Saldívar y dos, que pudieron ser tres más, para Joselito Adame parece ser que se han ido por el desagüe de la indiferencia.  Insisto: nada de nada, de nada, de nada. Si por allá los encontramos rebotados, tienen toda la razón del mundo. ¿Cómo esperan que no se nos tache de trato discriminatorio e intolerable? No hay derecho.