Con la muerte en los talones (o en el cogote)

Ahora que las luminarias del “pobre de mí” se han apagado; ahora que se ha ido diluyendo la imagen del “tapón” humano y bovino contra los portones de la Plaza  de Pamplona; ahora que los cuerpos se han templado y las mentes serenado, me pete hacer –una vez más—un somero repaso acerca de una de las fiestas y de las ferias taurinas más célebres del mundo. Qué digo una, la que más, con diferencia. Pamplona es, durante ocho días al año, la capital festera del mundo, el luminoso objeto del deseo de quienes no han podido llegar hasta ella y de quienes, habiéndola conocido y gozado, ansían con vehemencia la llegada del julio de cada año. Pamplona es la espita del desenfreno por donde se evade una sociedad cada vez más oprimida por injusticias laborales, asediada por agobios económicos y capturada por devaneos tributarios. Pamplona es, por San Fermín, en el mejor de los sentidos, la prima de riesgo elevada a la enésima potencia. La meca de los mil peligros y placeres. ¿Será por esto último que a la benemérita Casa de Misericordia, encargada de organizar encierros y corridas, se le llama, coloquialmente, La Meca?

Este año, la televisión pública de nuestro país ha querido echar el resto y se ha volcado con los sanfermines. Exitazo. Fundamentalmente, por haber sabido elegir para narrar el evento a los que saben. Elena Sánchez, que hizo sus primeras armas en la programación taurina de Vía Digital y Javier Solano, el veterano especialista en contar las cosas como son, criado personal y profesionalmente a pie de obra y máximo conocedor de la cosa del encierro, a quien la estupidez y venalidad –una de tantas—de los anteriores gestores del Ente Público había arrumbado, en uno de sus clásicos ejercicios de estulticia e incompetencia. Elena y Javier lo han bordado, al igual que el resto de miembros de un equipo ágil, solvente y dinámico en el arte de reportear lo que ocurría antes, durante y después de la suelta de los toros por las calles de Pamplona.

Pamplona, por San Fermín, es el mejor ejemplo de lo que una publicidad empleada con avasalladora insistencia –como ha sucedido este año en televisión—puede revertir en la promoción del producto. Nunca jamás se había dado tanta “bola” –“lustre o brillo”, en el sentido latinoamericano del término—a un acontecimiento taurino. Carreras y más carreras en todos los noticiarios, sin que no ocurriera otra cosa digna de mención –afortunadamente– que unos cuantos porrazos, contusiones y atropellos entre los corredores y algún que otro puntazo de pronóstico reservado. Todo esto se ha magnificado hasta el delirio, así que ni les cuento la que se formó desde el punto de vista informativo cuando se produjo el “tapón” del pasado sábado, a la entrada de la Plaza. Si los tropezones eran servidos hasta en la sopa –que así está más rica–, el “tapón” entró en el menú de la programación de todos los medios de comunicación, portadas incluidas.

Ni Ernest Hemingway pudo soñar tamaño impacto publicitario. El Nobel americano vino a España en los años 20 y se enamoró de las dos cosas por las que era increíblemente enamoradizo: el riesgo y el vino. Algunos creen que  Hemingway era un gran aficionado a los toros, incluso hay quien afirma que era una gran conocedor de nuestra Fiesta. Nada más lejos de la realidad. El reputado escritor (excelente reportero, perínclito corresponsal de guerra y mediano novelista) quedó retratado en conocimientos sobre el toro y el torero y en calidad literaria con su novela “Fiesta” o “El Verano Sangriento” (más bien peligroso), ambas de una mediocridad palmaria que contienen auténticos exabruptos taurinos. Sin embargo, la primera sirvió para que Pamplona y sus sanfermines  picaran la curiosidad de los aventureros y estimularan las glándulas salivares de bebedores, comedores y libertinos. ¡La que formó don Ernesto con sus descripciones entre bélicas y báquicas de esta explosión festiva! Nunca se lo agradecerán suficiente los pamploneses y las fuerzas más o menos vivas de la ciudad.

Ahora, con la proyección universal que supone su emisión a través de la televisión y de la Red, con la inmediatez que conlleva, y con la calidad y minuciosidad que se describe, Pamplona y San Fermín han cobrado más protagonismo que nunca. Les digo más: las imágenes impactantes de esa fajina de seres humanos sintiendo en la carrillera el aliento de toros y cabestros o la dureza córnea de la pala del pitón en la misma nuca, ha calado profundamente en la opinión pública. Una salvajada, dirán algunos. ¡Qué guay, tíos!, dirán otros. Estos últimos –miles y miles– son los que para el año próximo no quieren perderse la experiencia, los del puenting, el rafting o el parapente, pongo por caso. Y es que el riesgo llevado a extremos inverosímiles es lo que priva, lo que atrae a una sociedad como la nuestra  curada del espanto que producen las masacres naturales o provocadas. Una carrera de competición con vehículos motorizados, sin accidentes espectaculares, no acaba de colmar las expectativas, por muy buenos que sean los pilotos. Esta es la verdad. El desafío al riesgo, la provocación al sentido común, el rizo del rizo, en suma, la ansiedad por buscar el “más difícil todavía”, parece ser consustancial con la especie humana. Por eso los sanfermines, con su locura, con su irresponsable aglomeración, con la evidencia de que se corre con la muerte en los talones (o en el cogote), prenden en multitudes con una fuerza descomunal.

Otra cosa es lo que ocurre después en el ruedo. Lo que hacen los toreros apenas trasciende, al punto de que, ahora mismo, lo único que se recuerda de la semana taurina pamplonesa y de su Feria del Toro es el referido “tapón”. Ni el percance de Fandiño, ni su gran faena, ni las orejas cortadas por Padilla, Fortes o Mora… Nada de eso ha quedado en la memoria. ¿Y saben por qué?, pues porque tampoco los medios de comunicación han dedicado espacio suficiente a la narración de los hechos que protagonizan unos héroes que se la juegan por la tarde ante los galafates que sueltan en la Plaza de Pamplona. O porque tampoco interesa demasiado, y los triunfos sanfermineros, como los isidriles de Madrid, ya no repercuten como hace unos años en la trayectoria de toros y toreros. ¿Se imaginan el espaldarazo que hubieran dado a la fiesta de los toros si se publican las crónicas de los ocho festejos pamplonicas en todos los telediarios, como se hizo con el referido “tapón”?

Ahí le duele a la Tauromaquia de nuestros días, en su promoción, con independencia del resultado artístico. Lo único que interesa a productores, directivos y editores, desde el punto de vista informativo, es la cornada, y si es la tragedia, mucho más todavía. Y así nos luce el pelo.