Piante, engatusador y perverso

Cuando muy de mañana me preparo para ir al Congreso de los Diputados, tiro del hilo de la memoria para evocar aquellas lecturas de los afamados cronistas taurinos de finales de XIX y principios del XX, que se hallaban integrados en esa dualidad informativa cuyo escenario eran los dos “ruedos ibéricos” por excelencia: el oval del hemiciclo parlamentario y el circular enarenado de las plazas de toros. Voy caminando por las calles aledañas y paso por la del marqués de Cubas, donde estuvo plantada la redacción de El Liberal, con su escalinata demoledora para el proceso fímico de don José de la Loma y su mesa larga y ancha, a la que arrimó sus coderas César Jalón. Ambos, abroquelados  en los seudónimos de Don Modesto y Clarito, fueron, y son, referencia inevitable para posteriores generaciones de ejercientes de ese periodismo impulsivo que demanda urgencias al ingenio y conocimientos profundos de la esgrima del lenguaje, aplicado a dos acontecimientos de la vida pública de nuestro país que jamás perderán ese prurito tan español de bandería y controversia: el parlamentario y el taurino. La derecha y la izquierda frente a frente, en los escaños y en el tendido.

En las dependencias del Congreso he tenido ocasión de conocer elementos bien significativos de una guardia pretoriana que esgrime y emplea su batería de argumentos para tratar de ponerle palos a las ruedas o echarle azúcar al motor del trámite parlamentario de la ILP taurina que pretende –y logrará, si no estalla un terremoto político– que el Estado intervenga para regular la fiesta de los toros como Bien de Interés Cultural.

Como me he pasado las horas muertas –algunas de una mortandad insufrible—durante dos días, en un gran salón abutacado y ataludado, al estilo de los actuales minicines, pendiente de lo que se cocía una planta más abajo a través de la imagen y el sonido de grandes pantallas de televisión, y he trasmitido las sesiones de vía twitter, no abundaré en el contenido de las ponencias y en sus reglamentarias réplicas y contrarréplicas. Solo recordaré que, de “los nuestros”, destacaron Tomás Ramón Fernández, por su brillante y documentada exposición de experto jurista, mi muy dilecto amigo Luís María Gibert, por el énfasis apasionado de su contrarréplica y Andrés Amorós, que superó con creces anteriores intervenciones sobre este tema y les dio a los “antis” y a sus respetables señorías hasta en el carné de identidad. Recordaré, asimismo, las “boutades” de un veterinario antitaurino, de cuyo nombre no quiero acordarme, que debió utilizar la connivencia o complicidad de un diputado (me cuentan que de Izquierda Plural) para saltarse los controles de seguridad electrónicos e introducir un arsenal de armas blancas en la Cámara Baja, con el consiguiente estupor e indignación de los cuerpos de policía encargados de su escrupulosa vigilancia. Como lo leen. De esta forma tan ignominiosa, pudo el “vete” mostrar las consecuencias lacerantes que para el toro tienen estoques, banderillas, rejones, puyas, puntillas, etcétera. Demencial, pero cierto. Como demencial fue el rollo macabeo que soltó una seudosicóloga o algo por el estilo acerca de lo dañina que puede resultar la tauromaquia en la psiquis infantil, tomándonos a los ya maduros por seres mentalmente deformes solo por el hecho de asistir y gozar con las corridas de toros. Insufrible, lo de la dama.

Pero lo que más me sorprendió, me interesó y me preocupó fue la intervención del sujeto que se muestra en la fotografía, acariciando la carrilera de un caballo y entornando los ojos con gesto arrobado. Ojo con él. Es un buen pájaro de cuentas. Es un argentino de rostro mefistofélico, joven y osado, locuaz y pagado de sí mismo, dotado de una esgrima dialéctica aprendida de memoria que emboza bajo el cinismo de la sonrisa. Me dejó pasmado su apertura conciliadora, comprensiva y hasta tolerante para con los taurinos, y su habilidad y astucia para ir, poco a poco, desmantelando el argumentario de la ILP y de la Tauromaquia como hecho cultural de los pueblos de España. Menuda labia, la de este pájaro piante, engatusador y perverso. Nos trató como aquellos médicos españoles de antaño que inmovilizaban a los niños con una sábana de lienzo moreno so pretexto de jugar con ellos “a los disfraces”, para después arrancarles las amígdalas, tras una bestial carnicería. ¡Anda que no sabe, el menda! Se ha procurado abundante documentación y se sabe los recovecos en los que puede meter el puño con eficacia demoledora.

Me he preocupado de indagar acera de su febril actividad antitaurina, y he descubierto que se dedica a tiempo total a estos menesteres. Vive de esto y para esto. Le he oído asegurar que está en contra de los mataderos de cualquier animal –¿tendrá valor de decir lo mismo en su país, donde la industria cárnica es un factor básico en la balanza de pagos?—; y, hablando de eso, ¿quién le paga? Supuestamente, las arcas bien nutridas de alguna asociación internacional, una o varias de las incansables y agresivas, que, a mayores de su legítimo derecho a la discrepancia, utilizan el insulto, la extorsión y la amenaza como munición eficaz para desactivar la práctica taurina.

El tipo cuyo perfil he trazado someramente se llama Leonardo Anselmi (portavoz de la Plataforma antituarina Prou que logró la prohibición catalana) y varía de actitud en cuanto se siente agredido en sus argumentos. Cambia el rictus de su rostro y el tono arrullador, de falso pacificador, echándole una pizca de cicuta a su verborrea. Se cabreó al entender que el diputado de UPN había recriminado su intento de psicoanalizar a los presentes, le fulminó con la mirada y le perdonó la vida, al observar las timoratas disculpas del navarrico (¡qué penita, Dios!). Pero hizo algo peor: cuando terminó su tiempo, a sabiendas de que ya nadie podría intervenir, se despachó a gusto con los interpelantes y repartió leña a discreción, ya con la sonrisa escondida y el acento endurecido, para culminar con una soflama que nos dejó, patidifusos, con la boca abierta –de estupefacción, por supuesto– y que, más o menos, encerraba este mensaje: “ya pueden ustedes aprobar lo que quieran en este Congreso que, inmediatamente, yo mismo presentaré otra ILP en sentido contrario que revocará, punto por punto lo que aquí se acuerde”.

Todavía no doy crédito. O sea, que llega aquí un argentino, accede al templo de las leyes españolas, se pone farruco porque no le gusta lo que oye, y amenaza con meternos en vereda, poniéndonos contra la pared, pintándonos la cara o, simplemente, mandándonos a la mierda a mí, a ustedes y a los españoles en general que les gustan los toros, “señorías” incluídas. Y todo el mundo (menos Amorós, ciertamente), a callar. Un tipo que vive a cuerpo de rey, subvencionado por quien sea (Esquerra fue quien lo trajo a nuestra Cámara Baja), dedicado a tiempo completo a la “guerra santa” contra la fiesta de los toros, un Ricardo Corazón de León, un Templario redivivo,  o simplemente un gurú del siglo XXI,  nos ha pegado, con luz y taquígrafos, un soplamocos antológico, riéndose de nuestras resoluciones democráticas. Habrá que hacer algo, ¿no?