El Plantío: entre todos la mataron…

He estado en Burgos. Solo un día de su feria taurina, el día grande, el que siempre fue considerado más festero y más taurino: el de San Pedro. Fui a ver la corrida y a despedirme de su plaza de toros, una de las que, por proximidad y afinidad, visité con más frecuencia durante el ya lejano período de instrucción en las primeras armas del periodismo taurino. Recuerdo su inauguración, a través de la pantalla rechoncha de aquellos aparatos de televisión que debían pesar un quintal y que, por tanto, se colocaban encima de  una recia palomilla, fijada con tortillería de buen tamaño y recibida sobre el intradós de la pared de uno de los bares de mi pueblo; y recuerdo, sobre todo, aquellas ferias sampedrinas, con las peñas de fajas y blusas yendo a los toros en procesión musicada, pasándoselo de buten con los toreros de su agrado y prolongando después su fiesta hasta la madrugada.

He estado en Burgos, pero no he querido hacer la crónica de la corrida, aunque de haberla hecho, no hubiera recurrido al tópico de titularla “crónica de una muerte anunciada”, como el célebre relato de García Márquez. La plaza del Plantío no nació para morir, por mucho que hace años se le diagnosticara “aluminosis” al hormigón vertido en su meteórica construcción (200 días), y ya se hablara de ponerla en cuarentena. La tal aluminosis (algo todavía recuerdo de mi paso por la Escuela Técnica de Aparejadores) es el uso equivocado del cemento aluminoso en algunos elementos estructurales y las perniciosas consecuencias que tan rápido fraguado en la fabricación puedan afectar a su capacidad mecánica, pero tiene, naturalmente, su tratamiento y su reparación. Cuando nada más acceder al callejón de la plaza se lo recuerdo a cierto representante de las “fuerzas vivas” burgalesas, me dice que no, que lo que padece el edificio es una enfermedad corrosiva para la ferralla que arma el hormigón. Me rindo.

Veo la corrida y en ella veo, también, la verdadera aluminosis, la corrosión que se extiende sobre la Fiesta. No se llena la plaza, a pesar de la presencia de Morante en el cartel. Se caen, se desmoronan como cemento enarenado los desgalichados toros de Cuvillo y Morante –que cumple aniversario de alternativa en ese ruedo y, a pesar del viento, tiene ganas de torear— resuelve que no viene a Burgos a estar “voluntarioso”, ni “pundonoroso”, ni “animoso”, ni todos los “osos” que se les suelen poner a la mediocridad arropada de buenas intenciones. A pesar de las tres orejas que arranca con sus furibundos arrimones el joven Jiménez Fortes, salgo del Plantío convencido de que la fiesta de los toros está postrada en la cama, con el gota a gota de una alimentación intravenosa y puntual que aportan los sanfermines y de las liebres que puedan saltar durante la temporada cualquier día en cualquier plaza, en tarde inspirada de cierto torero.

A ver si nos enteramos de una vez: No acude la gente a los toros. Lo de Pamplona, ahora mismo –lo he repetido hasta el hartazgo– nada tiene que ver con el arte del toreo. Ver los tendidos colmados hasta la marquesina es un espejismo. La gente (salvo contadísimas excepciones) no va a la plaza a ver torear, sino a “montarla” a su aire y con su música, a zamparse la merienda del intermedio y a perseverar en la costumbre tradicional del abono. No insistiré en ello, y me alegro del éxito económico porque con él se beneficia una benemérita causa, y si viniere el éxito de toros y toreros, pues me alegraré también; pero, nadie se engañe: pero ni estos ni aquellos llevan, de verdad, gente a las gradas del coso pamplonés.

No va la gente a los toros porque, salvo raras excepciones, el toro falla de forma calamitosa. Y si el toro no se mueve o se derrumba, huelga todo lo demás, por mucho arte que destilen las yemas de los dedos. No va gente a los toros porque tampoco tenemos toreros que arrebaten al público y sean capaces de montar un tiberio ante las taquillas. (No me traigan  colación a José Tomás, porque en este instante está fuera de concurso). No va gente a los toros, porque salvo la genialidad que encarna Morante de la Puebla o la novedad de Castaño y su cuadrilla, todo lo demás (toros y toreros) son previsibles. No va gente a los toros, además, porque a pesar de todo lo apuntado, cuando se produce algún hecho verdaderamente digno de ponderación (el momento feliz de una figura del toreo, una gran corrida de hierro denostado sistemáticamente o una tarde cumbre de un torero motejado antes sin piedad) al suceso en cuestión se le tira a degüello sin contemplaciones, para conservar ese prurito tan nuestro de disparar sobre la propia diana, para cultivar el inveterado afán por poner el carro delante de los bueyes, en un empeñoso esfuerzo por realzar lo mediocre en detrimento de lo valioso y en propalar una tauromaquia de escuadra y cartabón que es, por definición, la antítesis de un ejercicio de orden espiritual, solo a expensas del dictado de la inspiración.

Quitémonos de una vez la venda de los ojos. La plaza del Plantío se cierra porque es improductiva. Tanto para la propiedad (el Ayuntamiento), como para las empresas que la explotan. No va la gente a los toros. Ni en Burgos ni en Sebastopol, si plaza tuviera. Ni aluminosis, ni gaitas. Ni a unos ni a otros les interesa el mantenimiento de un recinto que ofrece espectáculos cada vez menos atractivos, infrautilizado y pendiente de una costosa reparación. El edificio que solo tiene 46 años de edad, va a ser derruido. Dicen las citadas “fuerzas vivas” que esperan ofertas para levantar uno nuevo y polivalente, sin especificar si se incluirá su habilitación como coso taurino. Que esperan sentados en su poltrona municipal. Veremos en qué para la cosa, pero el tufillo pesimista parece inevitable. Entre todos la mataron…