El silencio elevado a la sexta potencia

Échele usted hilo a la cometa de su imaginación, supóngase uno de los toreros de esta tarde y pase mes y medio pensando en la tarde del 9 de mayo, mirando y remirando el cartel en el que se ve anunciado, muélase el cuerpo a ejercicios mañaneros y tentaderos varios, recabe referencias de la corrida que embarcarán en la dehesa de José Luís Pereda (La Dehesilla, se llama su segundo hierro ganadero), hágase un vestido de torear para salir al ruedo de las Ventas como un pincel y sueñe con verónicas de alhelí y naturales de nácar para que luego vayan saliendo al ruedo seis toros disparejos de tipo, descompensados de peso, cinqueños todos, o sea, sobrantes de la temporada anterior, y comience el desfile de descastamiento y mansedumbre, en una tarde anubarrada y ventosa. Y aplíquese el cuento. El de la lechera, el que rompe el cántaro y se derrama la mercancía cuando ya se tenían destinadas las recompensas y los beneficios que reportaría el blanco contenido. El gozo en un pozo. El pozo negro del fracaso sin fracasar del todo, que es más o menos lo que  les pasó a los tres toreros que hicieron el paseíllo inaugural de la feria de San Isidro de este año de gracia, que acaba en trece. Tres toreros que tienen bien aprendido el oficio, que saben torear y que llevan soñando ya demasiados años, sobre todo los dos primeros del cartel.

Es cierto: no hubo toros con los que poder vender el arte de sus matadores. La literatura taurina cursi diría que los seis gayumbos de Pereda salieron a “contraestilo” de los toreros, pero sería una verdad a medias. Fueron seis mansos que empujaron en varas porque apretaban para dentro, pero no hay “contraestilos” que valgan. Muy pronto cantaron la gallina y dejaron aflorar su intención renuente a seguir los cites de capotes y muletas. Urdiales, con el toro castaño rabilargo, engatillado y astifino, que abrió la corrida intentó explotar sus escasas y anodinas embestidas, hasta que le pudo meter mano con habilidad y envasar la espada por un sitio mortal de necesidad, y con el manso y bronco que salió de cuarto, y que lucía un pitón derecho para hacer punto de cruz, llegó a sobreponerse a la adversidad y entresacar algunos muletazos aprovechando el trote cochinero del burel. Nada que quede en la memoria de nadie, ni del propio torero. Leandro, que es torero fino de maneras manejando los engaños, pero negado de toda negación manejando las espadas, anotó algún bello pasaje al natural cuando se embraveció ante el segundo toro, corretón, de juego deslavazado y anodino y también logró una sola tanda cerca de las tablas al quinto, que lo único que tenía de bonito era la pinta castaña chorreada en verdugo. Y, por último, Morenito de Aranda, que tiene bien cogida la onda a un sector del público de Madrid, se esforzó en cruzamientos exagerados ante el tercero, con poses gestuales de vendedor sagaz y conocedor del género que se gasta. No obstante, se sobrepuso a un toro rácano en eso de ofrecer embestidas y algunos muletazos en redondo fueron meritorios. El toro postrero de la tarde, un burraco salpicado mucho más en “torrestrella” que en el encaste “núñez” que abandera esta ganadería, pareció que podía levantar el rumbo del festejo, igual que levantó en vilo al caballo de picar en dos ocasiones, derribando con estrépito. El torero burgalés le enjaretó unas verónicas valerosas, pero muy por debajo de su calidad capotera, que fueron jaleadas, más por la desesperación del balance que por otra cosa. Así que, tras un emotivo tercio de banderillas, durante el cual el hermoso toro se llevó un soberbio par del banderillero que se apellida Aranda –¡qué casualidad!– y que lleva en su cuadrilla el de la ribera del Duero, va éste y se echa la muleta a la zocata sin pestañear. ¡Ah,!, dijo el torazo, ¿adónde crees que vas, moreno?  Y respondió a la generosa oferta del torero con tornillazos y rebañones.

Total, seis silencios. O lo que es lo mismo, el silencio elevado a las sexta potencia. Seis silencios de Madrid, que son de los que sientan peor que una bronca. Se fueron los toreros de la plaza sin que les hicieran ni caso.

Si el peor agravio para el toro bravo es la compasión, la peor sanción para el torero es la indiferencia.   

 

Madrid, plaza de las Ventas. Feria de San Isidro. Primera de abono. Ganadería: José Luis Pereda. Desiguales de presencia y contrahechos de tipo. En general, faltos de casta, mansos en distinto grado. Todos cinqueños. Espadas: Diego Urdiales (de azul noche y seda blanca), estocada hábil (Aviso y silencio), pinchazo, estocada y descabello (Aviso y silencio); Leandro (de azul noche y oro), dos pinchazos feos y media tendida (Aviso y Silencio), estocada caída (Silencio); Morenito de Aranda (de tabaco y oro), pinchazo y bajonazo (silencio), cuatro pinchazos y descabello (Silencio). Entrada: casi tres cuartos. Cuadrillas: destacó picando Bernal, en la brega  Suso y en banderillas Miguel Martín y Luis Carlos Aranda.

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