Encerronas

Como en tantas otras ocasiones en las que la semántica de nuestro lenguaje es zarandeada impunemente en los medios de comunicación, al hecho de que un torero decida actuar en solitario en una corrida de seis toros se le viene llamando “encerrona”, palabra cuyo significado real (trampa arteramente dispuesta para sorprender a alguien y causarle males, perjuicios o daños de diversa consideración) abocaría justamente a lo contrario de lo que pretende el protagonista de la “encerrona” taurina, esto es, a afrontar voluntariamente un riesgo tres veces superior al habitual en el desempeño de su profesión, para lo cual, habrá de hacer demostración de sus excepcionales cualidades, a fin de obtener con ello beneficios, laureles y canonjías. Pues, nada: cada vez que se anuncia un festejo taurino en el que el matador actúa como único espada, allá que te voy con lo de “encerrona” de Fulano. Sospecho que todos hemos caído alguna vez en la encerrona que supone la proliferación de dicha corrupción lingüística, a tal punto, que la RAE acabará sucumbiendo a lo malhablado o malescrito y aceptará “por extensión” el mellado de la tornillería que compone esa maravillosa herramienta que es nuestra lengua. A regañadientes, pero lo aceptará, como hizo con la “almóndiga” de Belén Esteban y hará con el “encimar” que algunos periodistas deportivos nos sirven a diario cuando quieren expresar “lo encima” que está un jugador de otro, confundiendo el acoso hostil y pegajoso con el encumbramiento (dicho sea esto ultimo desde el respeto y la sincera admiración hacia los colegas).

La cosa de empeñarse en despachar seis toros de una sentada y con un solo actor, parte de aquella memorable jornada que protagonizó Joselito el Gallo en Madrid hace casi un siglo, cuando se deshizo sin despeinarse, él solito, no de seis, sino de siete, toros de Martínez. Hace unos días lo recordaba en este mismo lugar, al evocar la exigua pero curiosa nómina de Papas del toreo. Desde entonces, algunos toreros nimbados por la aureola de figura, encimados (es decir, elevados a la cima) por los públicos en su campo de acción o simplemente por el mero hecho de protagonizar un “gesto”, echaron el rentoy de meterse con seis toros (hasta con doce, se anunció Antonio Bienvenida en una sola jornada, aunque se frustró el intento), meritoria decisión que equivalía a “encerrarse” con una corrida completa, expresión correcta que, probablemente, ha dado lugar a la corruptela apuntada; pero, realmente, ¿qué se pretende con estos encerramientos? ¿Qué quiere demostrar el torero que afronta en solitario semejante palizón?

Para empezar, todo torero que acometa un reto de esta envergadura ha de poseer, sobre otras virtudes no cuestionadas, dos fundamentales: preparación física y variedad de repertorio. Y, después, el factor que juega en este juego un papel decisivo: poder de convocatoria.

Por lo general, las corridas de seis toros para un solo matador concentran en los tendidos de la Plaza al público menos heterogéneo del toreo. Me explico: un porcentaje abrumador está compuesto por devotos incondicionales o miembros de una feligresía que profesa un partidismo irrenunciable; una pequeña parte asiste por curiosidad o seducida por la publicitación del  suceso y, en fin, una poco significativa (despreciable cuantitativa y objetivamente)  que acude con el secreto y malsano deseo de que aquello fracase. Con semejante arropamiento, a poco que los vientos soplen favorables (que los toros embistan y el torero pueda expresar su mejor dimensión) el éxito está asegurado.

Lo confieso: no me atraen las corridas de un solo matador. La inmensa mayoría están organizadas ad líbitum de un torero. Glorificátum est. Algo parecido a los mítines políticos, donde el principal orador se zambulle en un baño de masas previsible. De los muchos festejos de este tipo que he presenciado, solo recuerdo como excepcional el del Joselito de nuestro tiempo en Valladolid. Y le he visto, por lo menos, cuatro.

Seamos relistas. Por mucha capacidad que tenga un torero, por mucha calidad que imprima a las suertes, ver series de muletazos en redondo con derecha e izquierda y pases de pecho por ambos pitones multiplicados por seis, es demasiado para el cuerpo de cualquier aficionado que no esté enajenado con el artista en cuestión.

Las corridas de toros siempre tuvieron como principal aliciente –sobre los imprescindibles de la bravura y pelea del toro y el valor y el arte del torero—la rivalidad entre los actuantes. El torero tiene que competir contra aquél que ha hecho el paseíllo a su lado. Mientras no se demuestre lo contrario, en el ruedo y ante el toro el compañerismo y la solidaridad solo se demuestran en caso de situación apurada o de indefensión ante una cogida. El resto es pura competencia, empleando la palabra en su doble acepción de capacidad y de competición. Dicen algunos: es que a mí me gusta competir conmigo mismo. Pues a mí no, oiga.

Para próximas fechas se anuncian otras “encerronas” de distinta consideración e interés. La más próxima y atractiva, la de Talavante, a quien aguardan seis de Victorino en Madrid. Dudo que Alejandro tenga ese factor del público que entró al rescate de Manzanares cuando más lo necesitaba. El de Madrid tiene otro caríz; pero ha echado la moneda al aire y, por tanto, ha de pechar con las consecuencias. Ojalá sea la tarde de su consagración. Al menos se cuenta con el aliciente de la incertidumbre del ganado y la genialidad del torero; pero lo cierto es que este tipo de corridas, cuando se celebran fuera de un ambiente desapasionado, suelen acabar en el hartazgo que a veces provoca un menú largo y estrecho. Si tal acaso se produjere, son los aficionados y el público en general quienes pueden sentirse incómodos, después de entrar en la “mangá” que conduce a la corraleta del tendido. ¿Quién es, entonces, el protagonista de la “encerrona”?