El ¡ay! de Messi

Ayer, mientras en la Maestranza echaba a andar la feria de abril de Sevilla, ponías la radio y entraba fútbol por cualesquiera de los filamentos del dial. Más aún, venía entrando desde que Messi dijo ¡ay! en el campo del Paris Sant Germain hace ocho días. No ha habido emisora que haya minusvalorado la noticia de mayor trascendencia ocurrida en el país en los últimos días. Ni los tremendos  y palmarios casos de corrupción política, ni los fiascos con la UE, ni el drama del paro, ni los escraches, ni los rifirrafes parlamentarios, son comparables con la preocupación y la expectación que despierta el estado físico de un futbolista . El ¡ay! De Messi ha convulsionado al país El ¡ay! de Messi no es solo de Messi, sino de toda Cataluña, de buena parte de España y del mundo en general. Basta con que Messi haga un gesto de dolor o simplemente una mueca de contrariedad, para que tiemble el estado anímico de “la ciudadanía”, que es como llama la ignorancia política a sus hipotéticos votantes, sin saber que la palabra solo se refiere a los habitantes de las ciudades. Messi, por tanto, nos ha mantenido en un sinvivir espeluznante, y en un sindormir insoportable, atormentados todos con la pesadilla del pellizquito de sus isquiotibiales.  Ayer, cuando venía oyendo la radio y el comentarista deportivo anunció la salida al terreno de juego del ídolo con borceguíes, noté en la voz del compañero de deportes (una voz quebrada por la emoción y arrebatada por el acontecimiento) el vuelco en millones de corazones, presentes y oyentes. La decisión adoptada por el técnico del FC Barcelona de dar entrada al mozo del ¡ay! era comparable a la del cirujano que se decide a tomar el bisturí, tras consensuar con el paciente posibles y fatales consecuencias. El rugido del público, devocional y catártico, llegaba a través de las ondas como un clamor de idolatría contenida durante largos minutos –eternos–, y tenía los tintes de un advenimiento mesiánico (Messi, para muchos viene de Mesías). El caso es que el Barça empató y superó el trance agónico por el que atravesaba, pero ahora nos esperan unos largos días de incertiudumbre, por que el futbolista azulgrana, por lo visto, volvió a decir ¡ay! En voz baja, pero lo dijo, con lo cual se abre un torrente de especulaciones sobre el alcance de una queja, una mueca, un gesto: ¡ay!, que parece que todavía me pincha un poquitín.

A todos aquellos (“y aquellas”) que hayan leído lo que antecede y piensen que he mojado la pluma en una tinta merengue o similar, he de comunicarles (“y comunicarlas”) que me encanta el futbol, pero, en estas cuestiones, llevadas a hiperbólicas manifestaciones del ánimo que rayan el estado catatónico de mentes aparentemente lúcidas, me da igual que el ¡ay! lo diga Messi o Cristiano o cualquier fetiche en calzones de los que andan por las canchas de juego del mundo. Me la refanfinflan. Se lo dice el que fuera interior derecho del Rayo Matapozuelos.

También habrá quien se sorprenda de que la figura de un futbolista aparezca encabezando una página taurina. Es pura envidia, créanme. Mientras una feria tan importante como la de abril de Sevilla se pone en marcha, con las expectativas que puedan crear  una terna de jóvenes valores o los retos que aguardan a algunas de nuestras más impactantes figuras del toreo, abres los medios de comunicación y hay “messis” por todas partes. Y eso que, según dicen las crónicas, apenas rascó bola. Las emisoras de radio, tienen programas diarios de fútbol en la sobremesa. Fútbol hasta en la sopa. Y en la madrugada. Hace poco leí, creo que en ABC un nuevo vocablo que recojo con gusto, aunque lamento no recordar la procedencia: el “puntopelotismo”. Hace estragos. Hasta las televisiones públicas han adoptado su fórmula: abanderados de banderías futboleras frente a frente, en los que no faltan frikis disfrazados de periodistas que ríome yo de los que asaltan los programas “del corazón”. ¿Y de los toros? ¿Qué pasa con las apuestas de Manzanares y Juli o el mano a mano frente a victorinos de Cid y Luque en Sevilla, o los seis de la “A” coronada (me alegro de haber acuñado la expresión, ¡cómo se repite ahora!) de Talavante en Las Ventas, por ejemplo? Mutis. Apenas una breve reseña sobre la corrida del día en los medios de tirada nacional. Ya verán como en estos días de abril, lo que priva en periódicos de papel o digitales, páginas on line, emisoras de radio y televisión son los enfrentamientos de las semifinales de Champions y la evolución de los isquiotibiales de Messi. A no ser que Cristiano “dé el susto” en un entrenamiento, y entonces la rivalidad entre dos “¡ayes!” adquiera caracteres descomunales.

Está claro. Los aficionados taurinos poco tenemos que hacer frente a los apasionados y enfervorizados partidarios del fútbol y sus ídolos correspondientes. La verdad es que poco importa que un torero haya sido brutalmente corneado por un toro el Domingo de Resurrección. El cuerno le atravesó el bíceps femoral y le contundió el nervio ciático, con lo que eso debe doler. Y no dijo ni ¡ay! Pues bien, mientras ayer el Niño de la Masía renqueaba ligeramente sobre el terreno de juego (sentía “molestias”), acongojando con ello a la impresionada concurrencia, el Niño de Leganés era dado de alta en el hospital sevillano con un costurón impresionante en el muslo derecho. Por supuesto, no pretendo que ambas noticias alcancen el mismo nivel de tratamiento en función de su relevancia (los personajes tienen una diferencia abismal de impacto en la opinión pública), solo llamo la atención acerca de la incontrolada desmesura –elevada al paroxismo– que desata un contratiempo y el apocalíptico mensaje que es capaz de engendrar en la Prensa algo tan lógico y asumible como la lesión muscular de un futbolista.  En este caso, entre muslos derechos anda el juego. El del Niño de Leganés nada tiene que ver con el de Messi. ¿Váis a comparar?