Joaquín III, de Ciudad Rodrigo

A este Buñolero, que observa con curiosidad desde las rendijas de ultratumba cómo se ha ido redimensionando y configurando la fiesta de los toros a lo largo de casi dos siglos, le llama la atención el mosconeo de elementos que han aparecido en torno al torero, ora para gozar del dulce encanto de su cercanía, ora para hacer valer ante él alguna cualidad que afecte directamente a un oficio de tan alto riesgo, obteniendo de ella una apreciable rentabilidad. Entre los primeros, se encuentran los seguidores, partidarios irreductibles, adoradores o loadores impenitentes de todo lo que el ídolo haga en el ruedo, frente al toro. Incluso fuera de él, y, por tanto, sin toro. A este tipo de amadores apasionados los ingleses empezaron llamándoles fans (abreviatura de fanatic, fanático) y acabaron por integrarlos en el grupo de  los hooligans, que es lo mismo, pero a lo bestia; dos anglicismos que no casan bien con algo tan sutil y tan nuestro como es el toreo y quienes lo practican. Me interesan más los del segundo grupo, los que se arriman al torero tanto, o más, que éste se arrima al toro, los que pudiéramos llamar factótums de ocasión, o séase, los que  quieren hacer ver que sus intervenciones o intercesiones  son imprescindibles. En este apartado, encaja la figura del apoderado.

A este pobre y ajado torilero, ya no le sorprende casi nada de lo que ocurre en el “planeta” de los toros, pero no se resiste a levantar el pico de la alfombra (nunca mejor dicho, y más adelante verán por qué) donde está “duermes” el apoderado. ¿De dónde proviene? ¿A qué se debe su introducción en el elenco de personajes que participa en la gran obra de la Tauromaquia?

Por apoderado se entiende, el que tiene el poder de actuar por otra persona, a la cual representa. En lo tocante al torero, los de mi época –más de dos tercios del siglo XIX–, ni se planteaba tal acaso. Me van a permitir, por tanto, una licencia puramente especulativa, pero creo que al apoderado taurino –como tantas cosas durante su esplendoroso paso por los ruedos— lo alumbró Joselito, el de Gelves. Verán: si les pregunto quienes fueron los Joaquines que, históricamente, han estado más pegados al candelero de la Fiesta, probablemente, ustedes me contestarán –y con razón– que Costillares y Cagancho; pero si les sugiero el apodo de “El Alfombrista”, la mayoría no lo relacionarán con el menor de los Gallito, ni dios que lo fundó. Y acertarían,  porque aquél Joaquín Menchero, cuyo apodo le viene de una tienda de afiligranados y esponjosos tejidos de lana que regentaba en la Carrera de San Jerónimo, de Madrid, no tenía más relación con el mundo del toro que sus vociferantes y molestosas intervenciones desde el tendido de la plaza de la corte,  algo consuetudinario en el público madrileño, como tampoco tenía nada que ver con la gestión  o la práctica taurina otro Joaquín, apellidado Gómez de Velasco, un amigo íntimo de Belmonte, al que muy pronto arrimó a su nómina para que “lo apoderara”. ¿Realmente creen ustedes que los dos colosos necesitaban “apoderamientos”? ¿No se bastaban ellos para imponer su autoridad de mandamases ante las empresas, como de hecho hacían con relativa frecuencia? Entonces, ¿a qué ton viene la aparición del apoderado?

A fuer de sincero, creo que aquél Joselito al que no alcancé a ver por un tris, no hizo otra cosa que sacudirse de encima al moscón impertinente que tanto incordiaba desde la piedra de su asiento, y lo colocó bajo la suela de su zapatilla, previa subvención correspondiente por unos “servicios” que no iban más allá de una función de correveidile. El Joaquín I del reino mollar de los apoderados duró en su solio de oropel lo que duró el gran torero, mientras que el Joaquín II, mantuvo su opacidad retribuida junto a Belmonte, hasta participar en la gestión empresarial de la Maestranza de Sevilla.

Ahora viene la pregunta clave: ¿Y Pagés, Camará, Andrés Gago, el Pipo, Florentino, y tal y tal, no fueron apoderados clave en la trayectoria de sus poderdantes? Según y cómo. De todos ellos, el más avispado, Pagés, inventor de las “exclusivas”, y el más astuto, Camará, creador de enigmas y leyendas de barreras para dentro, que no se despegaba de Manolete ni con agua caliente. En la inmensa mayoría de los casos, el apoderado de una figura del toreo tiene poca capacidad de maniobra, lo cual no deja de ser un oxímoron clamoroso. O se tiene poder, o no se tiene. Si hay que “consultar” al interesado para decidir, el que dice ser apoderado no alcanza otra categoría que la de representante o comisionista. Vamos, que pinta en la gestión lo que pintaba yo en el ruedo con mi traje de luces sin luces.

Viene esto a cuento de la noticia que apareció hace unos días, según la cual, Salvador Boix dejará de apoderar a José Tomás a partir de esta temporada. Me van a perdonar, pero lo de “apoderar” es palabra mayor. Salvador –hombre correcto, por lo que me cuentan–, al parecer, no tenía más papel que el de una extensión telefónica del torero. No lo critico, lo refiero. Era un epígono de Insúa y Montes, los cuñados de El Cordobés a quienes que puso en dinero el Pelos, para desesperación de la alcurniosa nómina oficial de apoderados que lo rondaban. Ahora, se adivina la figura del que puede ser el tercer Joaquín de la historia de los “apoderamientos”. Se apellida Ramos, es mirobrigense, lleva varios años viendo toros para “su” torero  y ha demostrado conocer el campo bravo como nadie. A mayores, es un tipo leal, buena gente y currante. ¿Necesita José Tomás algo diferente? Joaquín III, de Ciudad Rodrigo, puede que ya esté realizando algunas gestiones “no camperas” en el entorno “tomasista”. De momento, una tarifa plana para su teléfono móvil. Y tiene los pies en el suelo, no es un Alfombrista.

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