La foto

Estaba de charleta con los grupos que se formaron a la entrada del Congreso, el “día ILP”, cuando, de pronto, observé cómo entre la patulea humana que íbamos ganando espacio a la plaza de las Cortes, se medio escabullía un individuo cargado con una bolsa enorme, por cuyos bordes sobresalían algunos cartelones de sospechoso cariz, esto es, radicalmente opuestos al argumento que nos unía a los filotaurinos allí congregados. “¡Un infiltrado!”, barrunté, mientras seguía con la mirada el gambeteo del sujeto por entre la gente… hasta que le perdí de vista, por lo que resolví que no había tal. Pero el tipo reapareció, al final de la jornada. ¿Dónde habría ido? ¿En qué había empleado su tiempo –casi  una  hora–, sin decir oste ni moste? ¿Qué motivo le había impulsado a meterse activamente en aquél berenjenal, previsiblemente tan inhóspito? Pero allí estaba, de nuevo, esta vez plantado frente a la supuesta barahúnda de salvajes, enarbolando su panfleto reivindicativo, una práctica a la que tiene el sagrado derecho que le otorgamos las gentes del mundo civilizado, al que pertenecemos los que amamos –y, sobre todo, entendemos– la fiesta de los toros. Era un hombre de aspecto bonancible, de sesenta y pico, pelo cano y mirada perdida… aparentemente. Perdida, lo que se dice perdida, debía estar la escolta a la que fue a buscar en el tiempo que permaneció escabullido. Una escolta de dos, a saber, un fotógrafo y un cameraman de televisión. Trío perfecto. Comando operativo de mínimo esfuerzo y máximo rendimiento. Objetivo: la foto. Una foto como la que ilustra las presentes líneas, en la que un grupo “beatífico” de antituarinos se ve “agredido” verbalmente por un “exaltado”. La foto es ideal, para los ideales de quien la provoca: he aquí un ejemplo gráfico del bien y del mal, la paz y la guerra, el buenismo y la perversidad. Conozco bien la situación. He sido víctima del ametrallamiento, las vejaciones, los insultos más procaces y las amenazas más crueles por parte de estos grupos “beatíficos” que atacan en nombre de la libertad y utilizan la violencia –la física, también—para luchar, supuestamente, contra ella. He tenido que soportar al alborotador profesional y al histerismo colectivo de grupos reducidos que provocan sin disimulo la confrontación para hacer valer su victimismo. ¿Cómo? Mostrándolo al mundo. Buscando la foto. O las imágenes. Más que pancartas e invectivas de juzgado de guardia, la foto es lo que realmente vale. Miles de personas acuden a presenciar una corrida de toros y media docena de individuos (e individuas, no sea que ellas me tachen de machista) les increpan sin piedad, y son noticia del telediario, porque se han preocupado de tocar las teclas oportunas y de obtener la foto. Están organizados, no cabe duda. Por eso mandaron al Congreso al pobre hombre que despertó mi curiosidad. Estaba allí, como peana de su pancarta, impávido, dispuesto a inscribir su nombre en el martirologio de la religión antituarina, cual Juana de Arco sobre la leña seca que encenderá su pira. Le habrían dicho que algún salvaje de aquellos se acercaría con la vena carótida inflamada y le agrediría si contemplaciones; así que los escoltas estaban al loro, con sus cámaras a punto. En cuanto se viera el menor conato, ¡zas!, la foto. Algo parecido a la que se muestra más arriba, captada con celebrado oportunismo.  Al día siguiente, la Red de redes reventaría con un pez gordo hallado en el caladero del Palacio de las Libertades: “Activista antitaurino agredido brutalmente ante el Congreso de los Diputados”. Pero, no. Allí quedó el pobre hombrecillo, con  sus cámaras de acecho sin estrenar. Disimuladamente me acerqué al “tancredo” en cuestión para ver la reacción de la collera de cámaras y, de inmediato, los sabuesos se las echaron a la cara, como se echan los cazadores la escopeta cuando revoletea la codorniz en el rastrojo. Sonreí: “Hoy lo tenéis crudo. No va a haber foto”. Pudo haberla: el Capea y un grupo desenfadado de aficionados y profesionales, se acercó al elegido por este yihadismo de andar por casa para inmolarse en fecha tan señalada, le echaron la mano por el hombro, le felicitaron por su valeroso estoicismo y le rodearon ampliamente y con toda cordialidad. Pudo ser una foto bonita: varios toreros y aficionados se hermanan con los discrepantes, se toleran y se comprenden. ¡Viva la libertad! Sin embargo, esa no era la foto buscada. No interesa. Así que, resignados y deprimidos, el trío de la bencina recogió velas e hizo fú, como el gato escaldado. Ahora me saltarán al cuello las juliasoteros, pilaresraholas, juliasnavarros y demás justicieras (y justicieros) de la misma especie, poniéndome a parir por este comentario. Y los míos, a callar, como de costumbre. Conste que no los reclamo. Para nada. Ya tengo gruesa la concha que recibe la diatriba impune, y más en Internet, donde se da la paradoja de que el insulto gratuito suele salir gratis. Pero me da pena. En gran parte somos nosotros culpables de esta situación de marginalidad que ha terminado por encerrarnos en un coto más o menos privado, para convertirnos en piezas de una cacería indiscriminada, a tiro de cámara  de un somatén bien  organizado, al que rebatimos, tarde, mal y casi nunca sus legítimos argumentos. ¡Qué pedagogía taurina más nefasta la que se ha impartido a lo largo de los últimos decenios! Algún día hablaremos de ello. Hoy, me quedo con la imagen de la vívida estatua encarnada en aquél hombre impertérrito frente a centenares de “enemigos”, sin más aliados que dos tipos armados con el inocuo rifle que solo espera obtener el preciado botín de una foto. En el fondo, le envidio.