Las puertas del encierro, son de Padilla

PadillaMe di de bruces con él, desde el antepecho de la barrera del tendido a la contera de la barrera del ruedo de la plaza de Santander. Le acababa de dar un palizón tremendo uno de Miura en Pamplona, su feudo talismán, su trampolín y su flotador salvavidas desde que revolucionó el cotarro del mocerío aquél día que debutó en la feria de San Fermín.

Hubo un tiempo en que, para algunos toreros, Pamplona fue plaza de grato recuerdo. Hasta hace nada. Salían a torear allí, con el toro de allí, con la presión de un público vocinglero, del puro cachondeo que se trae,  y volvían al hotel encantados de la vida y con un remoquete en plan tonadilla de singular orquestación: “El Viti,  el Viti es cojonudo, ¡como el Viti no hay ninguno!”… cantaban a coro miles de gargantas en blanco y rojo; y nosotros, los que aún no pensábamos ni remotamente en acudir al lugar de los hechos, lo disfrutábamos en blanco y negro, a través de la televisión. “¡Pepín!, ¡Pepín!” le gritaban a Liria, en el delirio del enésimo cubata tomado del caldero. “¡Juli-Juli!, Juli-Juli!”, ha sido una de las últimas novedades más celebradas. Pero, antes –y todavía–, el grito de guerra más escuchado es el dardo admirativo que busca la diana del Ciclón de Jerez: “¡Illa, illa, illa, Padilla maravilla!”...  Y Padilla se deja querer, con esa sonrisa beatífica de la buena gente que también se deja matar en el ruedo con tal de justificar su puesto en el cartel.

Le han zurrado duro, durísmo, los toros a Juan José. Le han colgado del pitón unos cuantos buenos mozos de los hierros más temidos de la cabaña brava española. Le han zarandeado como a un pelele los de Miura, Victorino, Dolores Aguirre, Cebada, Adolfo… ¡qué se yo! Pero aquella tarde de Santander, venía con la herida fresca de Pamplona, y todavía con la yerba en la boca de una temporada a medio recorrer. Y voy y le digo: “Pero, hombre, ¿cuándo vas parar para recuperarte?” Y va él y me dice sotto voce: “¡Cuando tenga para dos cortijos!…” Ese es Padilla.

El año pasado, también en Santander, su hombre de máxima confianza, Diego Robles, me confesaba en la sobremesa de una cena familiar que alucinaba con este torero. Estaba superando el trance tremendo de una cornada horripilante, como la de Granero, solo que 89 años después. Tuerto y desfigurado, entrenó hasta ponerse como un junco, superó las noches de dolor, las soledades de desesperanza y la prueba brutal de las mañanas de ir al careo del espejo. Se lió la manta –el capote de paseo— a la cabeza, se colocó el parche en el ojo huero y se echó de nuevo a su monte particular, el de su guerra, el de la dureza extrema, el de aquí te pillo aquí te mato. El de siempre. Pero, ¡oh, milagro!, resulta que, mire usted por donde  –el morbillo hizo lo suyo, a qué ocultarlo–, de repente se ve sentado a la mesa al lado de los gourmets más acreditados del toreo y ante los manjares más suculentos. ¡Y a una pasta! “Joé, Diego, ya me podía haber pasado lo del ojo cuatro o cinco años antes…!”, me cuenta el propio interlocutor.

Ahora vuelve de México pagando en el aeropuerto un canon por exceso de peso en su equipaje, o sea, de peso mexicano contante y sonante, o de dólares, o del papel moneda que mejor le cuadre. Y se ha hecho un hueco en el bondadoso corazón de la afición mexicana. Acabo de ver su foto en hombros por el ruedo de la Monumental, en dirección al paseo de Insurgentes. Padilla es, también, un insurgente del toreo, porque lleva un montón de años luchando a cara de perro, con la friura del hacha del fracaso o la cornada a la altura del cogote. Como aquél otro Padilla, español y comunero, luchó contra el imperialismo de su época, solo que éste acabo descabezado en Villalar; pero la vida le ha cambiado, aunque haya algún imbécil que presuma de ingenioso y se suba al carro de la frivolidad para asegurar que tanta bonanza le ha costado un ojo de la cara. Padilla en hombros,  y en México, con su parche y su media mueca por sonrisa es una imagen que me conforta especialmente. Lo sacaron de esta guisa por la que llaman Puerta del Encierro, porque sobre su dintel galopan toros y caballos en  toneladas de bronce. Y yo me alegro. A Padilla le son familiares el nombre y la puerta. La de Pamplona, que, por otras razones, también se llama así, pero sin bronce, se la sabe de memoria. Las puertas del encierro más importantes del mundo taurino ya son de Padilla.