Glosa del toro (disfrazado) en su gloria

Casi por sorpresa, engatusados por la tregua de unas    Navidades nada blancas y por el solecillo confortador de cuatro días de enero, el invierno se nos ha echado encima. Natural. Estamos en tiempo y forma. Tiempo de poner los cuerpos a resguardo y de buscar las formas más eficaces de conseguirlo. Durante mi infancia, la casa del pueblo donde vivía con mis  padres tenía gloria, por tanto, bien podré decir que cuando la crueldad del invierno acuchillaba sin piedad el cuerpo desnudo de la Meseta, el mío, dentro de la casa, estaba en la gloria.  La gloria, así considerada, no era sino una labor de minería rudimentaria que daba en un pequeño laberinto de túneles cavados bajo mis pies, para que por ellos centelleara una lengua de fuego que calentaba mosaicos y baldosas, después de enrojarla con tamujas y sarmientos y de evacuar la humareda de la combustión por el angosto hueco vertical de su chimenea. ¡Qué rica, la gloria de casa de mis padres! Tan rica como la de esa otra gran chimenea campera, con su campanón y lar inmenso, donde crepitaban los tocones de encina sobre la trébede y donde se cocían las tertulias taurinas más sabrosas del campo bravo. A ella se arrimaban los toreros –primero, de culo y con las palmas hacia la lumbre— en aquellos inviernos salmantinos de tiritera, con el cuello del marsellés alzado sobre su propio cuello y los dedos engurruñados, todavía frescos de estaquillador. Insisto: ¡qué rica la gloria de la dehesa! Y el toro afuera, también en la suya, en su gloria. El toro, en la soledad del campo es cuando más y mejor manifiesta su poderío y su deslumbrante belleza. Item más, diría que, cuando arrecia el frío, el toro –si es bravo de verdad—se recrece, como ante cualquier castigo. He visto toros con la nieve hasta los corvejones alzar la gaita y mirar desafiante a la intemperie, blandiendo las armas “que Natura le dio por naturales”, como diría el poeta. Y ustedes se dirán, ¿a santo de qué nos viene ahora el Buñolero con esta monserga? Pues, verán: es que, como todos los inviernos, acabo de hacer una asomada a las áreas más significadas de la cabaña de lidia española, para gozar de la gratificante estampa del toro en la sede de su gloria, que es la dehesa, y aún no había reparado en el estado que presentan sus cuernos. Dada la altura en que me hallo, nada menos que en la Gloria de la Suprema Divinidad, en otras ocasiones me pareció que los pitones de los toros estaban embadurnados de barro, o algo por el estilo; pero  esta vez escudriño mejor y me percato de que están vendados o enguantados, como hacía mi madre conmigo cuando de niño me protegía los dedos de la mano con dediles de lana, para aliviar la picazón de los sabañones. ¿Será que la cornamenta de los toros modernos se ha vuelto sensible y quebradiza? He de confesar que estoy desorientado. Por eso, después de pasear  mi vista por marismas brumosas, encinares escarchados y páramos nevados, me he girado hacia el mandilón aceitoso de mis buñuelos del alma y hacia los caireles opacos de mi traje de torilero y me ha dado la morriña bucólica. Un toro, así presentado, con fundas en los cuernos, disfrazado en el escaparate de su gloria, es un fraude para quien lo contempla. Me pregunto qué extraño suceso ha propiciado que al toro se le injurie metafísicamente con semejante marranada. Me lo expliquen.