Ojeda, forever

Al ministro Wert, titular de las áreas gubernamentales de Educación, Cultura y Deporte, se las dan por todos los lados y de todos los colores. Le llueven los palos en cuanto esboza cualquier proyecto (sea o no de ley), cualquier iniciativa o, simplemente, cualquier comentario en clave coloquial (en plan colegui) con la clase periodística. Todavía no le han zurrado la badana en los temas deportivos, pero que se ate bien los borceguíes, porque como se le ocurra poner la pinza de los recortes en la cosa del fútbol, le cae la del pulpo. Los ministros deberían ser como los árbitros: cuanto más desapercibidos pasen, mejor. También se aconseja practicar ese difícil equilibrio operativo que consiste en “estar sin estarlo”, como decía el poeta Duyos del peón Blanquet, para valorar su eficacia. Pero como al ministro en cuestión le gusta “dejarse wert”, le pasa lo que le pasa. Que se gusta, vamos.

Me vale el introito para entrar en materia:

En los días finales del año recién finado, a José Ignacio Wert  se le ocurrió salir a los medios (no de comunicación, sino de un ruedo informal) y filtrar el nombre de alguno de los premiados con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, en su nueva edición, sin mencionar a torero alguno y le citaron a banderillas de fuego unos cuantos colegas; los mismos que, cual galápagos abochornados, han tenido que envainársela tras la concha del burladero de los petardos. Resulta que nadie mencionó la exclusión de toreros, antes al contrario, se tienen in mente dos grandes artistas –uno a título póstumo–, que serán acreedores de tan grandísimo galardón   Es lo que tiene opinar sin tener conocimiento, certeza o verosimilitud acerca de lo que se opina.

Todo apunta a que Diego Puerta, recientemente fallecido, será el designado para premiar su muy castigada, pero impecable trayectoria. Es muy justo. Fue uno de las grandes figuras de aquella época dorada de los 60, donde se batió el cobre con una baraja de toreros inmensos, cada cual con su estilo, pero tan diferentes entre sí que eran fácilmente reconocibles en cualquier fotografía toreando de espaldas. Puerta, Camino y El Viti, ¡menudo cartel! Y si por medio entraba El Cordobés ya se fundían los plomos. O Palomo, que no daba cuartelillo a nadie y tenía una insaciable hambruna de triunfo. Puerta, pues, Medalla indiscutible.

Ahora bien, para la adjudicación de la segunda Medalla la nómina es cada vez más exigua; y sin embargo, a uno le embarga la zozobra solo con pensar que se puede quedar fuera de las nominaciones –¡otra vez!– uno de los toreros más grandes, más importantes y más decisivos de los últimos cincuenta años. Me atrevería a decir –y lo digo— que dejó escrito uno de los capítulos fundamentales para entender la evolución del toreo a lo largo del siglo XX. Como todos los genios, un transgresor. Como todos los grandiosos artistas, un bohemio que solo es esclavo de su arte. Francisco  Manuel Ojeda González es el hombre. Paco Ojeda, el torero.

Dice el epígrafe de tan celebrado premio, y conviene insistir en ello, que las Medallas en cuestión se otorgan a  quienes presentan una trayectoria que acredita el Mérito en las Bellas Artes, con lo cual se reconoce de facto, pública y oficialmente el toreo como tal, y el acto de dichas concesiones lo preside y las entrega la más alta jerarquía del Estado, el Rey. O sea, que no se premia a mejores o peores toreros, artistas más o menos estilistas o lidiadores más o menos arriscados. Se premia el Mérito. Y es por ello que reivindico para este año la Medalla de Oro para Paco Ojeda. ¿Quién de su generación, incluso de las anteriores y posteriores, puede presentar una hoja de servicios con más Méritos en los ruedos que Paco Ojeda? ¿Quién revolucionó el toreo de su tiempo y puso a torear a sus coetáneos siguiendo –como buenamente podían—el trazado de sus normas? Ojeda puso en práctica el aserto del Belmonte: “el toro no tiene terrenos en la plaza; todos los terrenos son del torero”. Y obligó a los toros a ir y venir en su derredor, sin mover un músculo, imponiendo su ley, mandando absolutamente en el toro y en cada suerte. A mayores, toreando con una profundidad, una cadencia y un empaque que parecían imposibles en semejantes angosturas. Nadie lo ha podido remedar. Sus epígonos no le llegaron al lazo de las zapatillas, ¿saben por qué?: pues porque Paco Ojeda improvisaba, y los imitadores ponen papel de calco, pero no saben improvisar.  También discurría en la cara del toro –valor absoluto del valor- y conversaba con él sotto voce, como aquél Robert Redford que susurraba a los caballos. Los que vimos a Paco Ojeda en aquellos años 80, jamás olvidaremos sus tardes memorables, irrepetibles. El dominio del arte y el arte del dominio en una sola pieza. Simplemente, genial. Si el ministro Wert no entiende de esto –y me consta que suele ir a los toros–, que pregunte a alguno de sus buenos amigos y mejores aficionados. Ellos le asesorarán y, de paso, le librarán de una nueva azotaina.

Tengo para mí que Paco Ojeda se va a ir de los ruedos sin haber llegado al culmen de su capacidad creadora. Por eso no podemos permitirnos que se vuelva soslayar su Mérito en las Bellas Artes y se le hurte por enésima vez su Medalla. Dejar fuera de este encomiable y codiciado premio a un fuera de serie es un contrasentido y un acto de lesa majestad. Ojeda forever. Mis respetos, Monstruo.