¡Que inventen ellos!

Plaza de toros de ZaragozaQue no se me pase octubre –la última hoja del calendario que se ha puesto un capote de paseo–  sin hacer un ejercicio de reflexión sobre la gran feria taurina que va al careo del otoño y se celebra, naturalmente, en Zaragoza. Digo naturalmente, porque las fiestas de toros tienen lugar en el vetusto coso del prócer Piganatelli en torno al 12 de octubre, día del Pilar, y las otras fiestas, las propias del devocionario mariano, tan arraigado en la capital de Aragón, tienen por escenario a lo más céntrico de su callejero y por colofón la monumental basílica erigida en honor de su Patrona. Zaragoza por estas calendas alberga una de las manifestaciones públicas más multitudinarias que conozco, una explosión de júbilo que mezcla canciones y devociones –sus jotas y su intocable Pilarica— en esas mentes baturras del mejor cuño que se adornan con el cromatismo a cuadros del cachirulo.

No hace tantos años, a este más que bicentenario coso taurino se iba en peregrinación y se hablaba de toros antes y después de la corrida. Mucho y bien, casi siempre. Era una feria bien estructurada, en sintonía con aquellas que se celebraban en otras Plazas de primera categoría. ¡Que feria tan apasionante era la de Zaragoza, con las figuras librando sus últimas batallas! ¡Y que festorros se organizaban por las noches, dirigidos por el torero que había echado el cierre a su campaña! Zaragoza for ever, sí, señor.

Los resultados de esta feria del 2012 no invitan precisamente a la festera algarabía. No tanto los que se refieren al tema artístico como al asistencial, aunque no crean que los del primero son para echar cohetes. Un faenón de El Juli y la emotiva y exitosa reaparición de Padilla en el lugar de su gravísimo percance, y punto. Lo peor, las paupérrimas entradas que se han registrado en los ahora confortables tendidos del coso de la Misericordia. De los once festejos anunciados y celebrados, solo dos merecieron el dibujo de un cónclave aceptable. El resto, cuartos y tercios de entrada.  Expectante desolación. Una ruina.

Así no vamos a ninguna parte. Recuerdo que en el pasado mes de febrero, cuando se concedió la explotación de la Plaza a la empresa Servicios Taurinos Serolo (por cinco años, nada menos), el Presidente de la Diputación zaragozana, propietaria del inmueble, hizo unas declaraciones asegurando que la plica ganadora de Serolo generaba “mucha expectación”, porque había mejorado el Pliego de Condiciones en una corrida de rejones. Le habría dado un aire al hombre sin duda. Del Moncayo, que es el más lacerante y agresivo. Estos políticos, son la leche. Ahí tiene la respuesta a esa expectación. Ni las vaquillas mañaneras han congregado al público como en años anteriores. No está el horno del país para una bollería festiva sobredimensionada.

De los datos que arroja la feria, se infiere una revisión de las condiciones en que ha de llevarse a cabo la gestión de la plaza de toros de Zaragoza en el inmediato futuro. Una revisión a la baja en lo que al número de espectáculos se refiere. Una drástica rebaja. Ignoro el procedimiento administrativo, y supongo que será engorroso, sobre todo porque el resto de los licitantes pueden alegar perjuicios, así que la patata caliente la tiene en sus manos el flamante y optimista Presidente de la Diputación. A estas alturas del partido y tal como está el terreno de juego, no se pueden celebrar ¡nueve! corridas de toros, una de rejones y una novillada picada en las postrimerías el año. Once festejos seguidos son muchos, demasiados, para el bolsillo del abonado. Comprendo que, merced a ese tamaño, en la feria caben otros nombres de matadores que están en una retaguardia más o menos justificada, pero echen una ojeada al saldo artístico de sus actuaciones. Hagan también una valoración del ganado. Y, sobre todo, pregunten a las gentes del común, las que antes iban a los toros porque el espectáculo les resultaba rentable, en todos los aspectos.

El caso de Zaragoza y su feria del Pilar es trasladable al resto de los ciclos taurinos de España. Hay barullo en Granada por las reciente espantá de los últimos empresarios. Se ha pergeñado de urgencia una solución para Córdoba y en otras ciudades y pueblos de arraigada tradición taurina se ha ido cerrando el grifo paulatinamente. Las cosas no están para grandes alharacas. Si una empresa pierde dinero una y otra vez, entrega la cuchara. O no paga, que es peor. Las gentes del toro (de todos los sectores) habrán de pensar en una remodelación que abarate costes, aunque tengan que dejarse pelos en la gatera. Los que mandan en las plazas de toros de propiedad pública, sobre todo, pero los principales actores del espectáculo, también. Dicho queda. Como inventiva seguro que no les falta, y tienen capacidad y facultad para hacerlo, pido prestada la frase de don Miguel de Unamuno: ¡que inventen ellos!