Madrid, Feria de Otoño. Tercera de abono: Fandiño sale al ataque

Se lo dijo Juan Belmonte a su cuadrilla, una tarde de toros camino de la Plaza de San Sebastián, en respuesta a su advertencia de que había que reparar el fracaso de días anteriores, arengando a la tropa para obtener el triunfo a toda costa. “Maestro, será si salen buenos los miuras”, osó interpelarle uno de los subalternos. “¡Salgo bueno yo…!”, le replicó airado el pasmo trianero. Y los dejó pasmaos a todos, mas aún cuando acabó protagonizando una de sus tardes más gloriosas en el ruedo donostiarra, para gozo de esa buena afición que se reunía en los cálidos veranos al frescor de la cornisa del Norte.

Ignoro si Fandiño se conjuró ayer ante sus hombres de plata en ésta nueva zambullida en la Plaza de Las Ventas, una aventura de alto riesgo, máxime a estas alturas de la temporada. Pero salió al ataque. O, dicho en la jerga de las gentes de coleta, “arreado”. No dio tregua a nada ni a nadie. Como muestra de sus inequívocas intenciones, en el primer toro de la corrida y en su turno de quites, llegó hasta los medios, se echó la capa a la espalda y aguantó tanto, tanto, y tan impávido, que el toro le dejó una buena ración de pelambre entre los bordados de su impecable vestido de seda verde esmeralda, al compás de unas saltilleras apretadísimas. Se vio en seguida: este vasco viene con las del Veri.

Fue la primera sensación de la tarde. Luego vinieron otras, también con ese sello “fandiñero” que sorprendió el pasado año en este escenario y que con la cargazón de dos años y un buen puñado de tardes cada vez cuesta más trabajo mantener en vigencia. Así es Madrid y su público de toros. Los beneplácitos iniciales no tardan en pasar un recibo inexorable: es el impuesto sobre el valor añadido, que este año ha subido, como todo el mundo sabe. Por eso Iván hubo de esforzarse al máximo en cada intervención, estudiando minuciosamente cites, embroques y remates, por aquello de contentar a ese puñado de abanderados del purismo absurdo e imposible que lleva en boga en Madrid va para dos decenios, ¡se dice pronto! Por eso toreó con la zapatilla hundida sobre la arena y la muñeca desmayada sobre el estaquillador, ligando muletazos largos, limpios, suaves y mandones, logrando que las series en redondo le salieran redondas y varios naturales ayudados, magníficos. Por eso empapó de trapo a su excelente primer toro y dejó metros y tiempos al noble y flojo boyancón que se jugó en quinto lugar, un toro protestadísimo por blando que se vino arriba por su casta y por la inteligente lidia de su lidiador. Por eso entró a matar como una vela, tirándose sobre el morrillo sin contemplaciones, como entran al remate los gladiadores del área. Le protestaron la oreja de su primer toro porque el puntillero falló y hubo de descabellar. Descabellada protesta, porque lo que hay que valorar es la obra del matador, no el fallo del matarife. Le obligaron a dar una aclamada vuelta al ruedo al doblar el segundo de su lote, el toro de la protesta que se negó a morir con un espadazo hasta la taza.

Digamos presto que Nicolás Fraile envió a Madrid una espléndida corrida de toros, fieles al fenotipo que les retrata y al comportamiento que les distingue. Fueron toros altos y bien armados, cumplidores en varas, con esa boyantía bravucona y huidiza que Atanasio acuñó en Campocerrado y Lisardo refinó en Botoa. Ahora están criados en las anchas praderas de Valdefresno, al cuidado de Nicolás Fraile y de sus hijos, todos ellos excelentes aficionados. Solo un pero tuvo la corrida: la destemplada presentación del quinto toro, un cornipaso más feo que Picio, que pasó el filtro veterinario sin problemas, cuando toda la vida fue el tipo de toro condenado a salir a las calles de cualquier villorio.

Ello no empece que todos, sin excepción, ofrecieran en bandeja el triunfo a los toreros; pero Sergio Aguilar solo consiguió cierta brillantez toreando al natural al nobilísimo primer toro en los terrenos de su acusada querencia –los de tablas-y no terminó de cogerle la onda al cuarto, un toro galopón y de gran clase con el que consiguió que se aburrieran todos, toro, torero y público. Tampoco David Mora logró más rédito que el obtenido por sus felices intervenciones de capa, en especial por el bello trazo de su media verónica y en el muy torero comienzo de faena al último de la corrida. Brindó la faena de su primer toro –con el hierro de Fraile Mazas, bravo y codicioso— al Chano, muy recuperado de su tremenda intervención quirúrgica, y su afán de triunfo derivó en cierto embarullamiento. Se le rajó al final de la faena el boyante sexto, y a Mora no se le ocurrió nada mejor que cruzarse y recruzarse tanto, tanto, tanto, que terminó más allá del pitón contrario. Una ridiculez. Se pasó tres pueblos… y un toro.

“Salgo bueno yo”, debió decir Fandiño cuando enfilaba su auto hacia las Ventas. Salió bueno, buenísimo y entre ovaciones de la Plaza. Salió al ataque. Al ataque bueno, que –dicen los futboleros– es la mejor defensa.

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño, tercera de abono. Ganadería: Valdefresno. Cinco con el hierro titular y uno (3º) con el de Fraile Mazas, excelentemente presentados, excepto el 5º, un dechado de fealdad, cumplieron en varas y, en general, embistieron mucho y bien, aunque primero y sexto acabaron por rajarse .Espadas: Sergio Aguilar (de sangre de toro y oro), Estocada y descabello (División al saludar) y estocada caída (Silencio); Iván Fandiño (de esmeralda y oro,), volapié volcándose y dos descabellos (Oreja tras aviso) y gran estocada con dos descabellos (Vuelta tras aviso) y David Mora (de malva y oro), estocada (Silencio) y pinchazo hondo y descabello (Aviso y silencio). Incidencias: Casi lleno. Tarde soleada con ligero viento.