Adalid

David AdalidAdalid, vocablo árabe que quiere designar al jeque guerrero que acaudilla a la tropa tiene también la acepción que reconoce al líder de algún colectivo. Adalid se apellida un banderillero enrolado en la cuadrilla de Javier Castaño, un hombre larguirucho, un cáñamo flexible, cuasi espiritado. Se llama David, que es nombre de acreditado valor histórico y feble anatomía.

Pues bien, este David Adalid ya venía avisando durante toda la temporada de sus cualidades para clavar banderillas con una limpieza, una precisión y un dominio de los terrenos realmente excepcionales. Ayer, a eso de las siete y diez minutos de la tarde puso las Ventas boca abajo, o lo que es lo mismo, a más de veinte mil almas en pie, alborozadas, explosionando su entusiasmo en una ovación unánime, rotunda, de las que subrayan los verdaderos acontecimientos. Así fue la cosa: el quinto toro de Palha, alto, acaballado, cornalón y astifino (dos leznas por pitones)  estaba haciendo sudar la gota gorda a Raúl Blázquez en su tarea de brega para colocarlo en suerte durante el segundo tercio. El toro, con síntomas de reparado de la vista, no echaba cuentas de Adalid, colocado en los medios y dispuesto a clavar el primer par de banderillas, así que el subalterno se fue a la raya del tercio, mandó apartarse al personal de luces que pululaba en derredor del cornúpeto y llamó la atención del “pavo” portugués. David contra Goliat. El torero avanzó sesgado, decidido, seguro, llegó al embroque, alzó los brazos en medio del imponente balcón de los pitones y clavó los palos por lo alto del morrillo. Un revistero de antaño diría que las palmas “echaban humo”, y no exageraría. Tampoco cuando ratificó su soberbia interpretación de la suerte, en parecidos terrenos unos minutos más tarde. La Plaza fue un volcán, a cuyo cráter se asomó –gratuitamente—el tercero de la cuadrilla. Adalid, sin duda, ha sido lo más destacado de esta feria de Otoño madrileña.

La corrida portuguesa de Palha no respondió a las expectativas. Desigual de presencia, algunos toros fueron protestados, más por el peso que reflejaba la tablilla que por deficiencia física. Lo cierto es que hubo tres y tres, siendo los más deslucidos por su bronquedad tercero, cuarto y sexto. Los otros tres no presentaron demasiadas dificultades; es más, con un poquito más de fondo –mermado quizá por algún exceso de castigo en varas– su caudal de nobleza hubiera dado más y mejores opciones a los toreros. De ello se deduce que el peor librado en el sorteo fue Alberto Aguilar, y, sin embargo, fue el más destacado de la terna. Valentísimo toda la tarde, se la jugó sin rodeos ante el encastado tercer toro y logró varias tandas de naturales meritísimas en el sexto. Además se volcó con la espada y ganó en buena lid el beneplácito del público. También aplaudieron a Javier Castaño, que tiene pésima suerte en Madrid. Suyos fueron los naturales más templados de la tarde y suya fue la cogida más espeluznante de la feria. El primer toro de su lote, jabonero de pelo,  le prendió, derribó y revolcó al entregarse en la estocada. Salió maltrecho de la enfermería a torear al quinto y cumplió con creces. Fernando Robleño, todo voluntad y buenos deseos, mostró su amplio oficio y acreditado valor en dos toros de diferente condición, uno noblote, venido a menos, el primero, y otro con las peores intenciones, jugado en cuarto lugar, ante el que jamás se afligió.

 

Lo mejor de la tarde, y de la feria, desfiló por detrás de los matadores y se vistió de turquesa y azabache: Adalid. Le cuadra bien el apellido. Hoy por hoy, aunque no milite en las filas de una figura del toreo, es el líder de su escalafón.