La bravura adormilada

El CidSostengo la teoría –avalada por la mayoría de los ganaderos—de que los toros tienen días. Como las personas. Tienen momentos de crispación y de laxitud, dependiendo del entorno y de las circunstancias que lo rodean. Por tal motivo, y a la vista del juego del ganado, me cabe la razonable sospecha de que los seis ejemplares del Puerto de San Lorenzo que ayer salieron al ruedo de las Ventas debieron sufrir alguna anomalía sicosomática en corrales y chiqueros. Toros tan blandengues, suavones, pastueños y almibarados no se conocían por estos lares y con este hierro. Toros salmantinos de sólido esqueleto, notable altura de cruz y generosa cuerna que, va para dos decenios, han viajado por centenares del Puerto de la Calderilla hasta la calle treinta y desembarcado en las dependencias de la que es considerada primera plaza del mundo taurino. Toros que han deparado sonoros triunfos a la divisa y a su amo y señor, Lorenzo Fraile, y también serios contratiempos, que de todo hubo. Ahí está la estadística. Estos toros, como algunos toreros, son “de Madrid”, y su presencia, sobre todo en la feria de San Isidro, es poco menos que obligada.

¡Cáspita!, he aquí el busiles de la cuestión: los toros del Puerto, a buen seguro, están acostumbrados a venir a la capital del reino con los primeros calores de mayo, pasan la cuarentena (48 horas) y el casting veterinario en las corraletas y un poco más allá de las doce de la mañana del día de la corrida, entran en el umbrío del chiquero, bien atendidos por Florito, y se echan una siesta de esas que calificaríamos los humanos “de pijama y orinal”: seis horas a pata suelta dan para mucho, así que cuando salen al ruedo pueden ofrecer el muestrario de la bravura que atesoran con la frescura que depara un sueño reparador de tantos y tan recientes trasiegos y vaivenes.

Ayer, en cambio, sin apenas tener tiempo para coger postura, cuando apenas habían entrado en duermevela van y les encienden la luz, les sueltan desde arriba el tábano hiriente de la divisa y les obligan a salir a la candente arena. Estamos en otoño, y la corrida se adelanta una hora y media respecto a San Isidro. Si a cualquiera de ustedes les chafan una siesta de tan mala manera, seguro que salen del remolino del sofá con los ojos pitañosos y dando cambayás por los pasillos. Natural.

A los toros de lidia, como al valor en el soldado, la bravura se les supone. A los toros del Puerto de San Lorenzo, también. Ocurre, sin embargo, que ayer salieron al palenque de las Ventas con la bravura adormilada, como todo el cuerpo, y solo ofrecieron al torero la parte aristocrática de esa bravura: el preciado don de la nobleza. Una nobleza extremadamente refinada, rayana en la cursilería, y unas ganas tan escasas de entrar en liza que daba grima verlos.

Para empezar, el zambombo que abrió la corrida fue una especie de camión con cuernos con el freno de mano echado hasta el último diente de la cremallera. Un asco de toro que se negó a pelear con El Fundi, así que el fuenlabreño lo despenó con eficacia, como después abreviaría en el cuarto, otro toro inservible, flojón, que no paró de tirar gañafones, protestando su forzada presencia en el redondel. Mala suerte, la del Fundi en  la tarde que se despedía del público de Madrid. Plaza gafe para José Pedro, este año la de Las Ventas.

Llega a salir el segundo de la tarde, “Gracioso” de nombre, por las calendas de mayo, es agraciado El Cid con la papeleta del sorteo y den por seguro que hubiéramos visto un torrente de bravura y una espada toledana más afilada y certera. Sin embargo, el tal “Gracioso” ofreció al torero veinte arrancadas pastueñas y almibaradas, de cansino devenir, que propiciaron, eso sí, tres tandas a derechas al ralentí de las que ponen alta la nota de calidad del ejecutante. Pena de bravura, solo mostrada envuelta en el tenue celofán de la nobleza. Llega a salir al ruedo bien sesteado el del Puerto y se forma la mundial. Llega a matar Manuel como es debido y obligado y se lleva premio, seguro.  Menos opciones tuvo en el quinto, un toro noble y blandengue que solo se desplazó cuando lo citaban a izquierdas. El largo trasteo ante un marmolillo, siempre acaba despertando la contrariedad de la concurrencia. Se pasó el torero de faena y volvió a estar premioso con la espada.

Luque nos deleitó con un cadencioso y lentísimo toreo a la verónica en el tercer toro, acoplándose al ritmo extremadamente pausado de una embestida en la que se pudo entrever esa bravura perezosa que impone a las suertes un ritmo despacioso y bello. En seguida el toro blandeó, protesto el personal y Daniel pasó de muleta un viaje dulce y dócil que apenas despertó interés en el tendido. A las siete y siete salió el sexto y se movió por la arena con bronquedad y embates desordenados. ¡Claro!  A esa hora, la siesta ya se había cumplido en tiempo y forma. Fue, por tanto un toro espabilado que “transmitía” mucho más que los dormilones anteriores, por lo que obligó al torero a “tragar” en cada muletazo, especialmente cuando manejó la zurda. Parte del público, sin embargo, no quiso tragar y asumir la meritoria labor de Luque, pero los aficionados le dedicaron nutridas palmas. Pocas, muchas menos de las que mereció el torero. La verdad es que casi todas, agavilladas en ovación, se las llevó el Fundi al principio y al final del festejo. Y bien que se lo ha ganado.

Madrid, Plaza de Las Ventas. Feria de Otoño, segunda de abono. Ganadería: Puerto de San Lorenzo, toros de dispareja hechura, en general blandos, nobles y faltos de casta; el mejor, el segundo. Espadas: José Pedro Prados “El Fundi” (de grana y azabache), espadazo eficaz (Silencio) media estocada (aplausos), Manuel Jesús “El Cid” (de rosa y oro), dos pinchazos y estocada al encuentro (Aviso y ovación), tres pinchazos y estocada (Aviso y silencio) y Daniel Luque (de rosa y oro), estocada trasera (Silencio), media trasera y dos descabellos (Palmas). Incidencias: Tarde de sol, ayuna de viento y temperatura veraniega; destacó en banderillas El Boni y Punta bregando al sexto. El Fundi, que se despedía del público de Madrid, fue recibido y despedido con una gran ovación. El Cid y Luque le brindaron la muerte del quinto y sexto de la tarde.