El órdago, iba de farol

Reconozcámoslo: menos en deportes y en mus,  Francia nos gana a casi todo. Podría decirse que nos gana por la mano, dada su estratégica situación geográfica, que la pone en el mapa de Europa por delante de nosotros, los ibéricos, y ya se sabe que en los juegos –al menos en los de naipes y de envite–, en igualdad de condiciones la mano siempre dispone de un plus de beneficio: tiene prioridad. Los avezados musololaris lo ratifican de forma más expresiva: “la mano azota el culo”, el del contrario, se entiende.

Definitivamente, este final de septiembre se nos ha afrancesado, ¡y de qué manera! El explosivo que disputó y arrolló en los medios de comunicación a la prioridad habitual de las noticias nacionales e internacionales –y mira que se disparan a diario desde las trincheras de la actualidad–  tuvo en José Tomás al “espoletero” mayor del reino y a Nimes por campo de operaciones, pero pasados apenas cinco días los grandes protagonistas han sido nada menos que el Tribunal Constitucional francés y la mismísima Fiesta de los Toros. De aquello, ya tienen ustedes sobrado surtido informativo, con su abrumadora pleitesía al acontecimiento, pero nos tenía sobre ascuas el veredicto de la más alta judicatura francesa acerca de la Fiesta, porque los muy ladinos antitaurinos habían puesto en cuestión su legitimidad constitucional. Felizmente, el órdago iba de farol. Desde hace poco más de veinticuatro horas, los toros en Francia están a salvo.

Dice el embajador de Francia en España, Bruno Delaye, que la ratificación del alto Tribunal, apuntalando definitivamente la continuidad de la Fiesta en los territorios franceses históricamente taurinos no ha sorprendido a sus compatriotas. Pues, verá, mesié, a nosotros, sí. Acostumbrados como estamos a tragarnos el sapo de fallos judiciales  estrambóticos, teníamos los congojos en el mismísimo gaznate. Pero, ya ven, el SÍ aplastante ha restallado por encima de las crestas de los Pirineos y ha llegado hasta nosotros nítido, espléndido, rozagante y ejemplar.

Ejemplar para quien por mor de la colindancia –Cataluña—no ha tenido más remedio que asumir el impacto de la tralla y sufrir en sus costillas su frescura y su crudeza. Vean la paradoja: mientras los catalanes se han quedado sin corridas de toros (de momento), merced a la inverecundia manejada por una impresentable clase política, kilómetros arriba, en otra nación integrada como España en la Unión Europea, se reconoce y se blinda su celebración sin poner ni una sola cortapisa.

Cierto: la confirmación de la legitimidad de la fiesta de los toros en Francia solo se refiere a  los territorios con “una tradición local ininterrumpida”, es decir, a esa amplia tajada en la que se acota el llamado Midi francés, y cierto, también, que hasta Paris llegaron los toros en el siglo XIX, pero hace ya más de un siglo que se rompió el hilo tradicional, de modo que no sería razonable que la decisión tomada abarcara a todo el área nacional. Lo importante es el espaldarazo institucional otorgado a los espectáculos taurinos desde las más altas instancias del Estado del vecino país. Y todo esto, a las puertas de que se trate en el Parlamente Español la ILP (Iniciativa Legislativa Popular) que bien pudiera revocar el  anterior acuerdo tomado por el Parlamento catalán que derivó en la conocida prohibición para celebrar las funciones de toros digamos “españolas”, salvando de la quema esa chuminada de los “correbous”, tan catalanes ellos.

No estaría nada mal que nos miráramos en ese espejo que tenemos por encima del armario pirenaico, no solo por la proximidad de la nueva prueba de fuego que en nuestro marco legislativo habrá de afrontar la Fiesta –con ser trascendental–, sino también para fijarnos en su forma de verla y de entenderla, su estructura organizativa, divulgativa y punitiva. Las nuestras, las de aquí, huelen a rancio que tira para atrás.