C’est magnifique

No, señor. No he estado en Nimes. De modo y manera que no pude opinar de visu sobre el acontecimiento que tuvo lugar en la mañana del recién pasado domingo 16 de septiembre sobre la blanca arena de su Coliseo. Hube de hacerlo, no obstante, sobre otros soportes de redes sociales con el laconismo que impone la ausencia, pero con la certeza que emana de las fuentes de toda credibilidad: imponente, lo de José Tomás, el aldabonazo más sonoro que se recuerda, y el más rentable para esta fustigada Fiesta. Magnífica noticia. Me sumo, pues, a la exultante manifestación de júbilo y a esa declaración solemne de asombro y delectación, reflejada en titulares de grandes caracteres, arrancada por lo nunca visto “en jamás de los jamases” y que ha merecido nada menos que la portada de TODOS los medios de comunicación, escritos y audiovisuales, de nuestro país. Estoy con ellos. Con los que me lo cuentan desde el papel, con los que me lo soplan al teléfono, con los que lo enredan de forma visual en las redes internautas,  con los que me lo transmiten con el original lenguaje de un simpático perrito aficionado -¡gracias Marcello!– y hasta con los que, en su afán por emplear una filosofía gatuna, se masturban el magín para llegar al éxtasis a costa de arruinar la sintaxis. Me doy por suficientemente enterado y reitero mi felicitación y mi gratitud al torero por la grandeza de su hazaña. En este punto, me viene a la memoria una frase del cura de mi pueblo (muy amante él de la filosofía que se estudia en los libros, la auténtica) con la cual quería reforzar el adoctrinamiento impartido  en los años de la niñez, a los zagales que, ya pollitos, zanganeábamos con aquellas cuestiones: Ya lo dijo San Pablo en su Carta a los Romanos: fides ex auditum, es decir, la fe viene de la escucha. Los romanos que recibieron la carta ya andaban en eso de construir enormes recintos ovalados para espectáculos públicos, a los que dotaron de formidable acústica para que se escuchara bien lo que en la candente arena de su escenario sucedía. Las gentes de entonces creyeron a San Pablo a pies juntillas. También se rendirían ahora ante José Tomás y sus contundentes evidencias, orales, escritas y visuales. Lo mismo que yo.

Sentadas estas premisas, y con los ecos del acontecimiento de referencia todavía frescos, me complace hacer una breve llamada de atención hacia la figura del hombre que ha permanecido entre bambalinas, en la trastienda, en la rebotica de uno de los ciclos taurinos más atractivos de la temporada: el gestor de la feria de la Vendimia nîmoi, creador de una nueva forma de combinar en los carteles a toros y toreros, rompedor de ese óxido ancestral que se ha hecho costra en la forma de organizar los espectáculos taurinos. Simón Casas es el susodicho artífice. El innovador. El propulsor de ingenio que le pega una patada en la espinilla (o en el culo, según) a lo políticamente correcto del taurineo. Lo conozco desde hace casi treinta años, y lo traté profesionalmente por vez primera en el año 85 –¡como pasa el tiempo!—cuando organizó como empresario la feria de Fallas de Valencia. Creo recordar que por aquél entonces formaba terna empresarial con Patón y Espinosa, pero era el franchute desmelenado y expresivo quien llevaba la voz cantante. Apasionado, decidor, culto, impulsivo, con ese gramo de locura que siempre ha caracterizado a los genios –o al menos a los que imprimen personalidad a una formulación novedosa–, siempre, también, ha sido mirado de soslayo, con reticencias, con escepticismo, incluso con desdén, por las gentes del toro, tan amarradas ellas a la cosa de no soltar amarras, de no renovar, de no dar cabida a la imaginación, de enmaromarse a lo ya conocido porque dicen que “funciona”.

Quizá por esa constante de ir contracorriente, a Simón le han dado, en el terreno taurino, hasta en el carné de identidad. Le han dicho de todo, menos bonito: locuelo, bravucón, despistado, mangón… ¡Hombre, no será para tanto! A mí, el tipo me cae de perlas. Me encanta su conversación. Me encandila. Sabe de toros y disfruta con el arte, sobre todo con el arte del toreo. Él mismo se define como “productor de arte”, no como empresario taurino. Simón Casas Productions se llama su empresa. O una de sus empresas. En cualquier caso, atípicas todas ellas, si las hubiere. En estos últimos años navega junto a él un joven empresario de su misma cuerda, en su mismo rumbo, con visión de futuro, innovador, inteligente, culto también: Nacho Lloret. Confieso que me encanta el tándem, aunque no tanto algún faraute que les rodea.

Simón ha apostado este año muy fuerte por Nimes y su feria taurina. Se lo ha jugado todo, sin mirar la imponente inversión económica que ha supuesto esta    apuesta al servicio de la inventiva. Tres mano a mano (el de rejones fue impuesto por las circunstancias) del máximo interés: el de Javier Castaño con el veterano Lescarret y toros franceses de Margé, el de Morante con Manzanares y el del Juli con Castella, además de la actuación en solitario de José Tomás en jornada matinal, todos ellos con toros de ganaderías españolas de alta cotización. Carísimo. Una locura.

Pues ahí tienen el resultado. Llenazos imponentes en la plaza y las calles de Nimes inundadas de aficionados y periodistas de diversos lugares del mundo. Por unos días Nimes fue su capital, la del mundo… de los toros. Y a todo esto, Simón Casas  ha debido multiplicarse, ganarle horas al sueño y ganar desde la duermevela la batalla del triunfo de su idea. ¿Ha sido rentable? Ignoro las cuentas del taquillaje, pero desde luego ha sido la feria taurina más original, novedosa y triunfal de las últimas décadas. Su impulsor bien merece un saldo positivo.

Simón es el nombre de los coches de punto al que se suben los forasteros en las plazas soleadas del sur de España y el del apóstol zelote más vehemente de Jesús de Nazaret. Nuestro Simón, el taurino, también está siempre a punto para montar en el carruaje de la fantasía a las gentes que se aproximen a su asoleada plazuela, adonde se cuecen esas ideas que expone con tanta convicción como vehemencia. Aunque fue bien significativo, no se ha dado pábulo a su abrazo con José Tomás cuando el torero iba en hombros de una enfervorizada multitud. Seguro que le diría algo así como, “¡¡Enhogabuena, toguegazo!!” Y a ti también, Simón. C’est magnifique.