Fundi



En este momento, me gustaría conocer la hoja de ruta taurina del Fundi, uno de los toreros que más y mejor han confortado mi retina, a pesar de no estar adornado con esa genealogía, a veces caprichosa, que etiqueta a quienes son considerados “figuras” del toreo. Me gustaría –perdóname, torero– que  no fuera muy copiosa en fechas contratadas, porque este fin de temporada –y de carrera—pinta bien para Fundi. Muy bien. Ayer, en su pueblo, el desiderátum. Cinco de los seis toros que estoqueó se fueron al desolladero sin las orejas y dos de ellos con el rabo cortado. Los paisanos le pasearon en hombros por las calles de Fuenlabrada hasta el domicilio familiar, donde siempre se vistió de luces cuando toreaba en casa. Como debe ser. Como se llevaban antaño en Madrid a los triunfadores que arrebataban en el ruedo, calle Alcalá arriba, como mínimo hasta  Manuel Becerra, incluso hasta General Mola, 2, si el que cabalgaba sobre las cabezas del enfervorizado tropel de entusiastas era un Bienvenida. Las crónicas nos hablan de un público entregado al torero y de un torero transfigurado en figurón, sobre todo cuando toreó al toro que llevaba el hierro de su suegro, José Escolar. Me alegro por ambos, matador y ganadero.

Me peta hacer hoy, precisamente hoy, un canto a este hombre que  milita entre la frescura física y la madurez taurina. No quiero dejarlo para cuando se despida en las Ventas, el próximo 5 de octubre, una corrida-premio en desagravio al despropósito de aquella undécima de San Isidro, la del averno climático, la del barrizal y la dureza de un “guadiola” en guardia permanente ante los aceros de Fundi. Cuando llegue ese momento, el de la despedida “oficial”, aparecerán saudades por doquier, henchidas ellas de melancolía. Bienvenidas sean, qué quieren que les diga. Pero quizá este tipo tan singular, con nombre y apellido de trabalenguas (José Pedro Prados), este miembro de una dinastía de toreros de a pie y de a caballo, ha merecido mejor trato por todos los que, a nuestra vez, militamos en la inmensa y amorfa cofradía del toreo. O nos hemos fijado poco en sus méritos o no hemos sabido calibrar cómo ha ido forjándolos. Porque Fundi suena a fundición, a dar forma en un molde a metales supracalentados; y, sin embargo, éste José Pedro no le ha echado cuentas a derretimientos. Él mismo es puro arrabio y acero del mejor temple. Por eso me rebelo ante la perspectiva de que se le guarde en un lugar oscuro, poco relevante, en las páginas de la historia de nuestra reciente tauromaquia. Fundi ha sido uno de los toreros más completos de las últimas décadas, aunque muchas tardes se haya visto obligado a utilizar esgrima defensiva para zafarse de las zunas que empleaban los cornúpetos que tenía enfrente y pocas las que le han permitido explayarse en la interpretación de su concepto del toreo, esencialmente artístico, por más señas. Ayer, en Fuenlabrada, parece ser que fue una de estas últimas. Y lo bordó.  Fue en un pueblo, en su pueblo, de acuerdo; pero estoy seguro de que ni el arte ni las emociones entienden de cuestiones geográficas o demográficas, y de que esa noche, después de la corrida, no cambiaría las sensaciones vividas por nada ni por nadie.

Cuando El Fundi se vaya de esto, se fundirán un poco los plomos de esa corriente circulante por un doble hilo conductor, albergador del sentimiento artístico y el valor consciente. Los cables que sostienen y afianzan a los toreros de una pieza.