“Oy no ay sol”

Plaza de toros de ValladolidA punto de finalizar la primera gran feria septembrina, la de Valladolid, observo que tal como está el patio en nuestra fiesta de los toros urge el trazado de una estrategia eficaz para ganarle la partida a la piedra, al cemento, al poliéster o a lo que sea, con tal de meter en la plaza a las gentes, pero principalmente,  hay que echar mano del ingenio o la inventiva para habilitar el acceso del público a las localidades que se encuentran en esa parte del graderío que el sol castiga sin piedad. Es el lugar bonificado por la baratura, un sitio que siempre fue tratado de forma discriminatoria, habitualmente ocupado por quienes, empujados por la escasez de su peculio, toman la esforzada decisión de instalarse al retortero. A ese lugar de la plaza donde la buena gente se sienta sobre la plancha caliente de su localidad, se le ha motejado desde hace muchos, muchos años como la “solanera” o la “galería”, como si fuera el tórrido corredor donde se ubican no solo los “tiesos”, sino también los indoctos. Gente “de pana”. Facilones de contentar, probablemente, porque las carencias, cuando abundan, cuando son parte permanente de la existencia, tienen buen conformar. En mis últimos tiempos se le ocurrió al Guerra decir aquella majadería de que “los toros con sol y moscas”. No se lo echen en cuenta. En aquél entonces también las moscas reinaban a placer en el entorno de los españoles –y no solo en las plazas de toros– y el sol las enfurecía, pero no crean que molestaban tanto. Aprendimos a convivir con él y con ellas. En aquél tramo finisecular la frase “un sol de justicia” se utilizaba en las crónicas taurinas para describir la cosa ambiental de las corridas que se celebraban en unos veranos asfixiantes y polvorientos. ¿Por qué de justicia? ¿Acaso la justicia tiene que ver con la implacable mordedura del sol que sufren los que a él (al sol) se exponen con resignación y desamparo? ¿Son las plazas de toros un símbolo de “justicia social” por aquello de la tajada claroscura que se dibuja en su interior? ¿Deberíamos, por tanto, socializar el sol y repartirlo equitativamente, como bien patrimonial de esta España nuestra? Pues, mire usted, no. Lo que habría que repartir es la sombra. La sociedad moderna que observo desde la garita que me ha proporcionado este blog ya no soporta la calentura obligada, ni la sudoración pringosa  ni el gorro del papel de periódico “a lo Napoleón” en el tendido de una plaza de toros. El otro día, en Valladolid, cuando volvió la tele, se tuvo en cuenta esta circunstancia y asentaron en la piedra de Campaspero que da a la solana a un buen puñado de jóvenes espectadores, beneficiados con una feliz iniciativa de toreros y empresa, mediante la cual pudieron ir a los toros a mitad de precio. Y casi se tapó toda esa piedra. La misma piedra que ha estado expuesta a una triste contemplación durante el resto de la feria. La piedra que calienta el sol. No nos engañemos: en estos momentos, Juli, Manzanares y Talavante no tienen más tirón taquillero que Padilla, Morante y Manzanares; pero la gente no quiere ir al sol. No está por la labor de pasar dos horas sufriendo una implacable calorina, aunque las entradas sean más baratas (algunos no las quieren ni regaladas).  Si se acercan a la taquilla de cualquier coso taurino y les dicen que solo tienen localidades de sol, dan media vuelta, aunque también es cierto que en algunas plazas las  localidades soleadas alcanzan un precio bastante alejado del poder adquisitivo del español más castigado por la crisis de estos tiempos. Sea como fuere, los aficionados del siglo XXI (salvo los rancios y recalcitrantes plañideros) también están muy alejados de la filosofía del Guerra. No quieren moscas en su derredor ni sol que les azote la piel. No están por la labor de pasarse la tarde sofoco tras sofoco, sin otro mecanismo de autodefensa que el fútil bamboleo de un abaniqueo de urgencia. ¡Cómo ha cambiado el panorama, amigos! En mis tiempos, que fueron los que abarcan de Paquiro a los Bomba, lo primero que se agotaba en las taquillas de la plaza de Madrid eran, precisamente, las localidades de sol, donde, por cierto, se “localizaban” –tal que hogaño– los aficionados más exigentes. Como tuve por jefe al último empresario de la vieja plaza de la puerta de Alcalá y al primero de la “nueva” de la carretera de Aragón, encarnado en la misma persona –aquél gran Casiano,  insolente e inculto a más no poder y por más señas tuerto, que no bizco, del izquierdo–, me complace recordar el célebre pasquín que plantificó junto al agujero expendedor del boletaje, un ventanuco que se abría en los muros encalados de la primera: Oy no ay sol. Entonces, era una enorme contrariedad; ahora hay sol de sobra en todas las taquillas sea cual fuere el cartel de la corrida, y su ancha franja en los tendidos ofrece un panorama preocupante. O, mejor, desolador, por si esta palabra tuviera algo que ver con el sol. El público ya no quiere pagar, aunque sea poco, para ser víctima de una incomodidad añadida a las ya propias de un edificio de arquitectura antañona. Un problema más. El mundo de los toros debe hacérselo mirar.