Al careo de la sementera

IVA al 21%Asoma septiembre por el portón. Llega con su carga feriante de ciclos taurinos en los llanos mesetarios de la geografía española. Como todos los años, la panera, la huerta y el majuelo, se van a los toros.

Asoma septiembre y nos da suelta a un marrajo de cuidado: el toro del IVA, con su 21% en el costillar. Un toro que habremos de lidiar todos, en cualquiera de los ruedos de nuestras respectivas competencias. No conozco colectivo que se libre del castigo de este nuevo “toque” que el Estado ha dispuesto dar en la cartera de los contribuyentes, pero es bien cierto que hay sectores especialmente sensibles a esta nueva carestía y el del mundo del toro es uno de ellos. Lo que le faltaba a nuestra Fiesta era que le salieran nuevos alifafes.

Se va a notar el nivel de depauperación generalizada en el taquillaje de estas ferias del cereal y la verdura, estos ciclos taurinos que nacieron al abrigo de los cuartos calentitos que los agricultores castellanos, manchegos, murcianos y riojanos guardaban en la faltriquera, encerrados en una bolsa tal vez no muy abultada –¡ay, el eterno quejido del hombre del campo!— que gratificaba y compensaba de sudores e incertidumbres, después de haber recogido la cosecha. Con ese incentivo dinerario, con ese peculio anual, la gente del agro llegaba a la capital, ojeaba por entre manadas de acémilas, potros y pollinos o entre el enjambre de novedosos aperos de labranza y hacía acopio de la fuerza motriz y del menaje que fuere menester para afrontar las nuevas e inminentes jornadas de laboreo. Chalaneo y trato. La feria era eso. Una gran exposición cuya visita e inspección era obligada para quien precisaba reponer bagajes y un espectáculo para quienes la contemplaran desde afuera. A su rebufo, se pegaron otros espectáculos de muy variado divertimento, entre los cuales, las corridas de toros fueron tan básicas que, uncidas en grupo, como los pares de mulas, llegaron a tomar para sí el nombre propio de aquel evento: Feria.

El progreso ha ido arrumbando –afortunadamente—aquellas muestras que reunían a millares de personas por esas calendas en las que el verano está barbeando las tablas, pero septiembre sigue siendo el mes de las ferias: de las ferias taurinas, con la sementera ya perfilada en el horizonte.

¡Ah, la sementera! El tiempo bueno para sembrar. El idóneo. Aquél que se precisa para dar a rastrojos o barbechos la primera reja y, si es necesario, una segunda, a fin de que la cama que se ofrezca a la semilla sea mollar y fecunda. Como al toro en la suerte de varas. Como a la propia Fiesta.

Éste alzar y binar que tan bien saben discernir y ejecutar las gentes del campo todavía está por estrenar en el mundo de los toros. Sus gentes, las del toro, siguen sembrando a manta y a voleo, sin preocuparse del estado del terruño y de cómo cae el embrión que habrá de transformarse en grano. Hacen lo de toda la vida, porque no conocen otro sistema. Están en el arado romano. Siguen con su rutina en la cuestión organizativa y participativa, ajustan carteles en función de los compromisos adquiridos entre gremios y abren la taquilla… Ahí la tienen, abierta de par en par, con una cartelería engrudada en la pared en la que figuran los toreros de mayor renombre. Miren ahora el aspecto que presentan los tendidos a la hora del paseíllo: la piedra y el cemento dominan el panorama. Observen, no obstante, el aspecto de las gentes que han ocupado algunos de esos asientos: la media de edad alcanza con creces la cincuentena.

Algo debe funcionar mal o, simplemente, no funciona en la fiesta de los toros para que el declive de atención y asistencia sea tan notorio y tan galopante. ¿La crisis? ¿Ahora el IVA? Sin duda son dos datos lesivos que habrán de tenerse en cuenta; pero el fundamento de este deterioro está en la vuelta de espaldas a la sementera, al abandono del semillar en el campo tierno de la juventud, que es donde agarra el germen con mayor fuerza. El futuro está en la recuperación de la gente joven, de ganarse su confianza, de despertar su ilusión, su admiración, en definitiva su interés por esta Fiesta nuestra, cada vez más a tiro de la fusilería antitaurina.

Sin embargo, algo parece que comienza a moverse (removerse) en su interior. El Juli, hace unos pocos meses, tomó la iniciativa de asumir una rebaja del 50% en los boletos de aquellos que quisieran ir a la plaza y no tuvieran más de treinta años. Le han emulado algunos compañeros y hasta algún novillero y el resultado ha sido bien positivo. Como lo son las clases teóricas y al aire libre de toreo de salón a cargo de los toreros más afamados. Son, al menos, una grata novedad. Y un detalle de movimiento e inquietud. Por algo se empieza.

En estas mismas páginas ya se ha insistido en que el momento actual es clave para apuntalar el porvenir de la fiesta de los toros. Hay que buscar gente talentosa e imaginativa que esté en sintonía con el progreso, pero que entienda lo irrenunciable de sus valores esenciales. Hay que crear una política de comunicación que “llegue” sin prejuicios a entrar con limpidez en el entendimiento de quienes la reciben. Alzar y binar. Dar primeras y segundas rejas o las que sean necesarias para que asegurar el fruto del mañana. La sementera está al careo. Nunca fue tan importante. Ni tan decisiva.