Si Manolete viviera…

ManoleteTal día como hoy, hace 65 años, Manolete murió en Linares. Porque murió en la madrugada del 29 de agosto, aunque la efeméride siempre nos deja como referencia los sanagustines del calendario.

La tradición señala que cada cuarto de siglo, más o menos, emerge de entre las páginas de la historia del toreo un puntal ciclópeo, señero, magnífico, incombustible al tiempo y refractario a los embates de la analítica tendenciosa, ignorante o simplemente estúpida. Manuel Rodriguez Sánchez, Manolete, fue uno de ellos. Manolete sufrió la acidez de los públicos en el último año de su vida (el 47) y la cobardía de los aristarcos y papanatas que atacaron (y atacan) con alevosía su revolucionario concepto del toreo, aprovechando su ausencia. Si Manolete viviera, los tontos que osaron  y osan meter la tijera de la censura, no osarían. Si Manolete estuviera entre nosotros, luciendo sus noventa y cinco preciosos julios, arrugadito y juncal, estarían achantados y hasta es probable que le dieran jabón –jujana, en el argot—para no perder las formas. Si Manolete hubiera sobrevivido al cornalón de Islero en Linares, su compañero Domingo Ortega no se hubiera atrevido  tres años más tarde a pronunciar aquella conferencia ofensiva y demoledora que tanto eco encontró entre los arqueólogos de la época –probablemente los que también se rompieron las manos aplaudiendo a Manuel–, a los que se les paró el reloj con las manecillas apuntando a Juan y José. “El Arte del Toreo”, tituló su celebrado parlamento  el diestro de Borox. En síntesis: como toreaba él (el conferenciante) era lo bueno, lo fetén, lo auténtico; como toreaba Manolete lo podía hacer cualquiera, hasta un torero sonámbulo, con los ojos vendados (sic). El Arte del Toreo era Él. Ni más ni menos. Todo lo demás está descatalogado, desahuciado,  defenestrado… porque no “carga”. ¡Qué cargante se puso Ortega con lo de la cargazón!

Lo que no dijo el maqueado orador es que la carga de la suerte solo se puede realizar cuando ésta se encuentra en plena ejecución, en la conjunción del pase, en el centro simbiótico de entrambos, toro y torero. El maestro de periodistas taurinos Pepe Alameda (cuñado de Domingo, por cierto, y muy familiarizado con su carácter), entiende que la carga de la suerte no depende de una pierna, ni de un ojo ni de la oreja; es, simplemente, llevar esa suerte a su centro de gravedad. De acuerdo. Es de sentido común, pero…

Cualquier día echaremos un rato a este tema, aún a sabiendas de que la cerrilidad de sus pacatos defensores será irreductible.

Ahora, en este momento, lo que toca es Manolete, uno de los pilares que dan estabilidad y solidez al proceso evolutivo de la Tauromaquia. Fue el “monstruo” taurino por antonomasia. El más grande de su efímera época. Y el más respetuoso con sus compañeros. No me creo la anécdota que cuenta su respuesta al mentado Domingo Ortega cuando en una tarde que compartían cartel en tierras americanas, el toledano le comentó cómo había dominado a un toro doblándose varias veces al comienzo de la faena. Dicen que Manuel le contestó: “de acuerdo, Domingo, pero entre tanto yo ya le hubiera dado media docena de naturales…”. Repito, no me lo creo. Tal vez fuera cosa de Camará.

Si Manolete viviera tampoco se hubieran atrevido a rodar el bodrio más grande jamás rodado en el mundo del celuloide. Están a punto de exhibir una supuesta biografía novelada sobre el torero, con Adrian Brody y Penélope Cruz como estrellas protagonistas. El lamentable film está dirigido por un tal Menno Meyjes. Un memo, en cuestiones de cine. No vayan a verla.