En el día de hoy…

Jon Idígoras (izda.)Hace ya unos cuantos años – mediados de los 90 del pasado siglo—con motivo de una cena organizada en Bilbao por la revista Panorama, tuve el honor -y la gran suerte- de compartir mesa y mantel con destacadas personalidades de la cultura,  la política, las artes y el deporte del País Vasco. En aquella venturosa ocasión, ya en la sobremesa, hube de asistir a un encendido elogio y una no menos ardorosa defensa de la fiesta de los toros a cargo del entonces alcalde de la ciudad, Josu Ortuondo, líder peneuvista en el gobierno municipal y hombre de verbo fácil en el arte de arrimar el ascua del ditirambo a la sardina frescué que ensartó en el espetón del toreo y que paseó por toda la orilla, desde Santurce a Bilbao, recorriendo hasta los últimos rincones de la geografía vasca, ya no recuerdo si del Euskadi “oficial” o de esa entelequia que los radicales llaman Euskal Herría.

El alcalde se despachó a gusto con la proclamación de las Corridas Generales que se celebran en su moderna plaza de Vista Alegre como lo más de lo más en tocante a categoría y bien hacer en cuestiones taurinas. Todos los presentes asistimos a lucubraciones tan contundentes y esotéricas como las que vindicaban para su terruño la nacencia de la fiesta de toros, es decir, el embrión del toreo. Más o menos, el bueno del alcalde –un tipo ciertamente afable—vino a decir que lo que vemos en los cosos taurinos tuvo su primigenia en las correrías de los primitivos vascones por la geografía montaraz –y bellísima—de ese territorio recogido en la zona más septentrional de la península ibérica. Hablaba Ortuondo de la paternidad del toreo como patrimonio del País Vasco y se quedaba tan ancho. Ítem más: se atrevió a asegurar que la tauromaquia forjada en Andalucía fue, más o menos, un paulatina “degeneración” de la tauromaquia vasca. Por ahí iban los tiros, con perdón.

Lo de Ortuondo fue, algo así como una bilbainada por lo fino que no pudo sino hacernos esbozar una sonrisa de indulgencia y comprensión, entendiendo que el alcalde no había digerido bien las informaciones solicitadas a su servicio de documentación, o que éste le había dorado la píldora del discurso con una sobredosis de chovinismo. Oye tú, lahostia, que somos de Bilbao.

Me viene al recuerdo aquella velada cuando es noticia de primera página la negativa del alcalde de San Sebastián (quiero decir Donosti) a negociar la renovación del contrato a la empresa taurina de los hermanos Chopera. Los titulares de prensa hablan de prohibición, pero no hay tal. No puede haberla. No tiene competencias el alcalde bildutarra (¿se dice así o se dice bilduetarra?) para prohibir la fiesta de los toros, ni en Donosti, ni en Tolosa, por mucho que saque pecho el otro miembro de Bildu que se sienta en el sillón de la alcaldía tolosarra. Pueden denegar permisos. Pueden cancelar concesiones de explotación de un inmueble de propiedad municipal, naturalmente, siempre que se ajusten a la legalidad o a la fidelidad de la normativa vigente. ¿Qué estas negativas resultan ser prohibiciones encubiertas? Por supuesto. Ahora bien, vamos a ver cómo responden los demás grupos políticos que completan la composición del gobierno del municipio, y que forman una aplastante mayoría. El PP y el PSOE ya se han manifestado a favor de mantener la fiesta de los toros en San Sebastián, el PNV, ya lo verán, se va a dirigir al lavatorio de Pilatos y no dirá ni que sí ni que no, para no dar pistas a sus votantes. Esto funciona así. La facción radical abertzale abroquelada en Bildu regenta la alcaldía de la bella Donosti, y puede negarse a renegociar un contrato de arrendamiento vencido. Tiene todo el derecho, aunque nos duela la indolencia de quienes no han previsto la llegada de esta coalición a un puesto político de tanta relevancia y su animadversión a todo lo que huela a español, venga de donde venga. Ahora, un sujeto llamado Karlos Izagirre, apoyado en su vara de mando, va y dice que “a día de hoy” Bildu no contempla en absoluto negociar la utilización de Illumbe por ninguna empresa taurina, y que comparte al cien por cien el discurso antitaurino. Por lo visto les horripila la sangre. Solo la de los toros bravos que mueren en la arena, no la de aquellos que defienden el orden o hacen uso de la libertad para exponer sus ideas. Se arrogan la protección de la Zoología, no de la Humanidad. En el día de hoy.

En el día de hoy, echo la vista ligeramente atrás y me acuerdo del referido Ortuondo (nombre y apellido de futbolista, por cierto), de aquella partida de mus con el infortunado Gregorio Ordóñez en Madrid, en la cual el verdadero órdago lo echó el joven político conservador, decidido a retomar la tradición taurina donostiarra a pesar de la oposición de “aquellos animales” (sic), y no se refería a los que saldrían por la puerta de chiqueros; de aquellos escarceos de Jon Idígoras como novillero (Chiquito –o Txiquito– de Amorebieta en los carteles, también conocido cariñosamente como Chita, en versión abertzale), de Enrique Mújica y su serena visión del mundo de los toros, de José Mari Gorordo, otro joven alcalde de Bilbao, figura emblemática de la política y el periodismo de Euskadi, que abandonó el PNV para fundar su propio partido (ICV-EHE) y de tantos otros vascos que me premiaron con su bonhomía y su irreductible amistad. Todos ellos forman (algunos, lamentablemente, formaban) parte de ese inmenso ejército de infantería, compuesto por aficionados a los toros que año tras año asisten rozagantes a las corridas que se celebran en las plazas de su privilegiada Comunidad.

A día de hoy, los de Bildu sostienen que no quieren más toros en Illumbe. En el día de hoy, parece que las fiestas taurinas van a entrar en cuarentena dentro de las instalaciones de ese inmueble municipal, levantado con fines polivalentes en el complejo donostiarra de Anoeta. En el día de hoy, cautivo y desarmado ese ejército antedicho, el País Vasco puede perder, al menos momentáneamente, uno de sus mejores baluartes taurinos. O dos, si se confirma lo de Tolosa. La cuestión es meramente administrativa, pero exhala un tufillo a revancha política del que se jactan algunos gerifaltes de la citada coalición. Desde luego, no tiene la trascendencia de lo de Cataluña, ni mucho menos. En este caso, los dirigentes de este partido radicalizado en un extremismo conocido, aguantado con sufrido talante democrático y hasta subvencionado a través de las arcas del Estado español, al que repudian y vituperan sin el menor recato, se manifiestan públicamente antitaurinos. Y punto.  Así están las cosas por allá arriba, en un pedazo bien significativo de nuestra cornisa cantábrica. En el día de hoy, la guerra (taurina) no ha terminado. Acaba de empezar. ¿La vamos a ganar?