La Cruz de Fernando

Fernando Cruz CalvoUn refrán simplón y viejo asegura que hay gentes que nacen “con estrella” y gentes que nacen “estrellás”. Según y cómo. La estrella –la buena estrella– está ahí, para todos, solo hay que buscarla, encontrarla, disfrutarla y… merecerla. Hay quien no sabe buscar y, por tanto, no encuentra. Hay quien encuentra lo que busca y no sabe disfrutarlo. Y, en fin, hay quien disfruta lo encontrado sin merecerlo. Lo de la estrella –la buena estrella, repito– suele ser el asidero al que se aferran aquellos que se topan con lo ininteligible o se niegan a afrontar una penosa realidad. ¡Cuántos toreros o sus allegados vienen con la matraca del “no ha habido suerte”, cuando lo cierto es que la tarde ha sido un fracaso sin paliativos!

Pues bien, la excepción de esta regla, tomada del común en el lenguaje de los profesionales del toro, tiene nombre y apellidos: Fernando Cruz Calvo. Está ahorita mismo metido en la UCI de un centro sanitario madrileño, después de que un toro de Gavira por poco lo parte en dos. Fernando es un buen torero. Muy bueno. “Más puro que el viento”, decía Luciano Núñez cuando lo apoderaba, empleando ese proverbial acento de euforia pasional que le caracteriza. Pero era cierto. Fernando se pone delante del toro con la intención de crear arte tomando el vademécum del más acendrado concepto del clasicismo. Lo conozco desde que era novillero, y lo he visto cortar oreja en Madrid. He presenciado algunas de sus tardes de triunfo, ya de matador de toros –y mañanas, como la del Palacio Vistalegre–,  cuando todo hacía presagiar que cuajaría en un torero importante, de los que cuando se consolidan marcan una referencia, tipo Viti, por ejemplo, dicho sea sin ánimo de molestar ni comparar. Pero le han pegado de firme los toros. Mucho. Demasiado. Le cogen y le calan, que es lo peor. Le ocurrió en Barcelona, y en Nimes, y en Valencia, y en Bilbao… Ahora, en Las Ventas de Madrid, un “gavira” le pega dos tabacos y casi le echa las tripas fuera.  Era una de esas corridas de verano a las que acuden toreros marginados por diversas circunstancias, a sabiendas de que son algo así como el bombo de la Primitiva. Una quimera.

Escribo estas líneas con la pesadumbre que inocula lo evidente. Va a ser muy difícil que Fernando Cruz vuelva a la cara de los toros sin que el subconsciente le devuelva la penitencia que impone un viacrucis tan dramático y tozudo como el suyo. Y no es porque Fernando les vaya a perder esa cara, por muy descarada que sea. Redaños le sobran. Pero no va a poder zafarse de la cruz que la vida le ha echado al hombro en cuanto ha salido al ruedo. Hay cornadas que duelen más en lo sico que en lo somático. Ya son muchas, y todas en plazas de máxima importancia. Deseo fervientemente que Fernando sane pronto de este último y bárbaro percance.  Y que, en el futuro, la única Cruz que lleve consigo sea la del apellido. De momento, los hechos ponen negro sobre blanco esta cuestión: la buena estrella no está en la hoja de ruta de este torero.