¡Estás para reaparecer!…

Andres VázquezLos toreros, por lo general, son la caraba, o séase, seres extraordinarios. No se cansan de serlo –toreros, no carabas—por mucho que, una vez retirados de los ruedos “oficialmente”, se hayan juramentado ante familiares y amigos, sellando con la mayor solemnidad su severa y sublime decisión de colgar para siempre el traje de luces. Mienten. Mienten casi todos, pues aún los que han mantenido su honorable palabra no han podido liberarse de la punzada que invita a retomar la actividad. La culpa la tienen, muchas veces, algunos miembros de esa cohorte de aduladores que tampoco se resignan a perder su protagonismo junto al ídolo, y ora porque le ven pegar cuatro muletazos a una becerra en unas festeras faenas de tienta, ora porque le observan magro y moreno de verde luna, van y le sueltan la fatídica frase: “¡Estás para reaparecer!”, un mensaje que en la mayoría de los casos hace fortuna y cala tan hondo en esos toreros que van los ingenuos y reaparecen. También la culpa es de la historia, de la reciente historia, que ha reservado un hueco a dos maestros del toreo que han sido ¡los únicos! que, ya cincuentones, se embutieron de nuevo en seda y oro y consiguieron no solo triunfar sino superar con creces la hoja de servicios de su deslumbrante juventud: Antoñete y Manolo Vázquez. Con esta referencia, todos los que están en situación B se creen capaces de las mayores hazañas, y no echan cuentas de la abundancia de calendarios que almacenan. La mayoría –por no decir todos—desconocen otros ejemplos de la historia más profunda, como el de Bernardo Gaviño, torero portorrealeño que murió corneado por un toro en Texcoco cuando contaba 73 años, dos menos de los que tenía Jerónimo José Cándido cuando colgó los trastos. Habida cuenta de que ambos actuaron en el siglo XIX, se infiere que serían ya ancianos decrépitos. Esos sí que eran la caraba, pero no en bicicleta sino en velocípedo. No tanto es el caso de Andrés Vázquez, aquél Nono de Villalpando que salía en la parte serie del espectáculo cómico-taurino-musical “Galas de Arte” en el año 1952 y que éste de 2012 acaba de ingresar en la cofradía de los octogenarios. Pues ahí le tienen, plantándose ante un utrero propiedad de Victorino Martín y triunfando clamorosamente en la plaza de toros de su Zamora. Dos orejas y rabo le dieron. Con todo el cariño que le tengo y todo el respeto que merece su laureada trayectoria, yo también, a mayores, le hubiera dado una colleja, porque aunque no fuera un toro con toda la barba, y aunque no perteneciera al encaste de los legítimos “victorinos”, ponerse delante de un novillo a esa edad es tirarle un tiento temerario a la suerte. Cualquier tantarantán a esa edad es de UVI sin remisión. O de algo peor. Pero así son los toreros. Creen tener la patente del bálsamo de Fierabrás, se miran al espejo y se vuelven a mentir, escondiendo tras su azogue el carné de identidad. En Tarifa, Francisco Ruiz Miguel ha tentado, una vez más, a su buena suerte y un toro le ha partido varias costillas, interesándole la pleura y dejándolo fuera de consciencia durante varios minutos. Un mal trago. Recuerdo aquél festival benéfico de La Algaba, el 22 de octubre de 2000, cuando fui inesperado protagonista de la noticia de la retirada de Curro Romero. Aquella inolvidable noche radiofónica, el maestro de Camas me confesó que había tomado la decisión de apartarse definitivamente del toreo al ver cómo un novillo volteó aparatosamente a Morante de la Puebla: “Si me ocurre a mí, a lo mejor no me levanto”. Y eso que el “faraón” por aquél entonces “solo” contaba 67 años. Ruiz Miguel tiene ahora cuatro menos, pero han de pesar, cómo no. Por eso, querido “Cañaílla”, déjate de baladronadas y empléate con denuedo, como hasta ahora, frente al micrófono de la tele, que te sobra desparpajo y conocimiento para ello. Y si el tontito de guardia te vuelve a soltar aquello de ”¡estás para reaparecer!”, mándale adonde tú sabes. Seguro que en ése lugar tiene ya sitio reservado.