Intolerancia e impunidad

Hasta aquí arriba llegan las fumarolas que exhalan los cráteres antitaurinos de nuestro país. Como uno, desde chico, está acostumbrado a faenar entre humazos y fritangas no crean que se atafaga con facilidad, pero he de reconocer que, con la última erupción, he tenido que protegerme las cercanías pituitarias para evitar los efectos secundarios de uno de los ataques más perversos, despóticos y, al parecer, impunes que se ha perpetrado contra la fiesta de los toros a lo largo de mi longeva existencia.

Publica el portal taurino “mundotoro” la noticia de las algaradas provocadas por un grupo de aguerridos “antis” en la ciudad de Palma de Mallorca ante el anuncio de la celebración de una corrida de toros en horario nocturno para inaugurar la temporada. Lo  nunca visto, oiga usted: pintadas con insultos e improperios en las fachadas del bello Coliseo Balear, ataques a los vehículos que publicitan el evento, sellado con silicona de las cerraduras de las puertas de la plaza, severas amenazas a un crítico taurino y todas las fechorías imaginables al alcance de en un comando o piquete “informativo” que se sabe inmune a los rigores de la ley o protegido por la sórdida actividad del politiqueo ultranacionalista. Y para más inri, se jacta de ello. Se jacta con esa altanera actitud de provocación que prohija la chulería de antaño, la que ya creímos archivada en el baúl de viejos comportamientos. Alardean con el detalle de sus fechorías, como en las películas americanas de asesinos en serie, acusando de asesinos –curiosamente—a quienes tengan la intención de actuar o presenciar el festejo en cuestión. Ítem más: “agradecen” la ingenuidad de los destinatarios de sus lacerantes agresiones, por las facilidades que les prestan. Repito, lo nunca visto.

Realmente, no son facilidades, sino inoperancia, pasividad y resignación lo que encuentran en la parte contraria. Y se vienen arriba, se engallan, se chulean de todo quisqui.

Recuerdo la polémica que se suscitó en España a raíz de la muerte de Pepete en la primera plaza de Madrid, la de la puerta de Alcalá. Yo mismo descorrí el cerrojo para dar suelta a Jocinero, el miura con el que se estrenaba la divisa en la Corte. Yo mismo me enteré, por lo que contaban quienes leían los papeles, del alegato pronunciado por el diputado Salustiano Olózaga en contra de la celebración de las corridas de toros. Un alegato fútil, en seguida tumbado en el Senado. Nada nuevo. Antes, Jovellanos ya había clamado en el mismo sentido –sobre todo por la pérdida de motor animal para las faenas agrícolas—y después Azorín y Eugenio Noël insistieron en sus ataques; pero eran ataques argumentados desde una cultivada educación literaria, por cierto contrarrestados por otros no menos cultivados (todo lo contrario, a mi juicio muy superiores) a cargo de Ortega y Gasset, García Lorca, Valle Inclán, etcétera. Le eterna disyuntiva, muy del pueblo español.

Pero lo de Palma, se lleva la palma. ¡Hay que ver con qué desfachatez sacan pechuga en la Red estos pájaros indeseables! Con qué descaro llaman analfabetos a los aficionados y malnacidos asesinos a los profesionales taurinos. ¿Analfabetos? No me da a mí que alguno de estos elementos pudiera llegar a Premio Nobel de Literatura, como Vargas Llosa, por ejemplo. De momento, se han divertido, haciendo vandalismo con edificios, locales comerciales, coches y demás enseres que consideren merecedores de castigo, comparándonos a nosotros, los analfabetos, con pedófilos y violadores.

Mis tiempos de actividad taurina fueron otros, con una España más convulsa y, por supuesto, mucho menos ilustrada; pero jamás pensé que en una sociedad democrática y librepensadora se podía llegar a tal grado de intolerancia e impunidad. Porque lo peor no son los daños de todo tipo ocasionados; lo peor es que a estos vándalos no les va a pasar nada, absolutamente nada. Se ha celebrado la corrida el pasado jueves (con éxito, por cierto) y se han desfogado en la puerta del Coliseo unas pocas decenas de energúmenos, ante la mansueta actitud de quienes soportaban la torrentera de insultos en su peregrinar hacia el tendido o el patio de cuadrillas.

Les digo una cosa, sin ánimo de incitar a la violencia: si la autoridad no actúa con rigor ante tamaños desvaríos, alguien deberá hacerlo. Creo que fue el año pasado, en la localidad mallorquina de Muro, cuando un grupo de “antis” se manifestó ante la fachada del coso, gritando consignas y enarbolando pancartas. Bastó que frente a ellos se colocara un grupo de jóvenes pertenecientes a la Peña Taurina de la localidad, alzando la voz en sentido contrario, para que se diese por terminada la manifestación. O sea, que si no se encuentran apoyos en la defensa de la integridad, la libertad y la legalidad, habrá que pasar directamente a la acción, antes de que espese la humareda, nos frían a insultos y nos engullan como a inocentes buñuelos. Y de esto, como pueden comprender, quien esto firma sabe un rato.

Hasta aquí arriba llegan las fumarolas que exhalan los cráteres antitaurinos de nuestro país. Como uno, desde chico, está acostumbrado a faenar entre humazos y fritangas no crean que se atafaga con facilidad, pero he de reconocer que, con la última erupción, he tenido que protegerme las cercanías pituitarias para evitar los efectos secundarios de uno de los ataques más perversos, despóticos y, al parecer, impunes que se ha perpetrado contra la fiesta de los toros a lo largo de mi longeva existencia.

Publica el portal taurino “mundotoro” la noticia de las algaradas provocadas por un grupo de aguerridos “antis” en la ciudad de Palma de Mallorca ante el anuncio de la celebración de una corrida de toros en horario nocturno para inaugurar la temporada. Lo  nunca visto, oiga usted: pintadas con insultos e improperios en las fachadas del bello Coliseo Balear, ataques a los vehículos que publicitan el evento, sellado con silicona de las cerraduras de las puertas de la plaza, severas amenazas a un crítico taurino y todas las fechorías imaginables al alcance de en un comando o piquete “informativo” que se sabe inmune a los rigores de la ley o protegido por la sórdida actividad del politiqueo ultranacionalista. Y para más inri, se jacta de ello. Se jacta con esa altanera actitud de provocación que prohija la chulería de antaño, la que ya creímos archivada en el baúl de viejos comportamientos. Alardean con el detalle de sus fechorías, como en las películas americanas de asesinos en serie, acusando de asesinos –curiosamente—a quienes tengan la intención de actuar o presenciar el festejo en cuestión. Ítem más: “agradecen” la ingenuidad de los destinatarios de sus lacerantes agresiones, por las facilidades que les prestan. Repito, lo nunca visto.

Realmente, no son facilidades, sino inoperancia, pasividad y resignación lo que encuentran en la parte contraria. Y se vienen arriba, se engallan, se chulean de todo quisqui.

Recuerdo la polémica que se suscitó en España a raíz de la muerte de Pepete en la primera plaza de Madrid, la de la puerta de Alcalá. Yo mismo descorrí el cerrojo para dar suelta a Jocinero, el miura con el que se estrenaba la divisa en la Corte. Yo mismo me enteré, por lo que contaban quienes leían los papeles, del alegato pronunciado por el diputado Salustiano Olózaga en contra de la celebración de las corridas de toros. Un alegato fútil, en seguida tumbado en el Senado. Nada nuevo. Antes, Jovellanos ya había clamado en el mismo sentido –sobre todo por la pérdida de motor animal para las faenas agrícolas—y después Azorín y Eugenio Noël insistieron en sus ataques; pero eran ataques argumentados desde una cultivada educación literaria, por cierto contrarrestados por otros no menos cultivados (todo lo contrario, a mi juicio muy superiores) a cargo de Ortega y Gasset, García Lorca, Valle Inclán, etcétera. Le eterna disyuntiva, muy del pueblo español.

Pero lo de Palma, se lleva la palma. ¡Hay que ver con qué desfachatez sacan pechuga en la Red estos pájaros indeseables! Con qué descaro llaman analfabetos a los aficionados y malnacidos asesinos a los profesionales taurinos. ¿Analfabetos? No me da a mí que alguno de estos elementos pudiera llegar a Premio Nobel de Literatura, como Vargas Llosa, por ejemplo. De momento, se han divertido, haciendo vandalismo con edificios, locales comerciales, coches y demás enseres que consideren merecedores de castigo, comparándonos a nosotros, los analfabetos, con pedófilos y violadores.

Mis tiempos de actividad taurina fueron otros, con una España más convulsa y, por supuesto, mucho menos ilustrada; pero jamás pensé que en una sociedad democrática y librepensadora se podía llegar a tal grado de intolerancia e impunidad. Porque lo peor no son los daños de todo tipo ocasionados; lo peor es que a estos vándalos no les va a pasar nada, absolutamente nada. Se ha celebrado la corrida el pasado jueves (con éxito, por cierto) y se han desfogado en la puerta del Coliseo unas pocas decenas de energúmenos, ante la mansueta actitud de quienes soportaban la torrentera de insultos en su peregrinar hacia el tendido o el patio de cuadrillas.

Les digo una cosa, sin ánimo de incitar a la violencia: si la autoridad no actúa con rigor ante tamaños desvaríos, alguien deberá hacerlo. Creo que fue el año pasado, en la localidad mallorquina de Muro, cuando un grupo de “antis” se manifestó ante la fachada del coso, gritando consignas y enarbolando pancartas. Bastó que frente a ellos se colocara un grupo de jóvenes pertenecientes a la Peña Taurina de la localidad, alzando la voz en sentido contrario, para que se diese por terminada la manifestación. O sea, que si no se encuentran apoyos en la defensa de la integridad, la libertad y la legalidad, habrá que pasar directamente a la acción, antes de que espese la humareda, nos frían a insultos y nos engullan como a inocentes buñuelos. Y de esto, como pueden comprender, quien esto firma sabe un rato.