Sobre la cubrición de Las Ventas

Soy confeso partidario de la cubrición de las plazas de toros. De las plazas que, por su añosa estructura, a estas alturas del siglo XXI celebren espectáculos taurinos en unas condiciones de difícil tolerancia  para actores y espectadores. Al menos de su cubrición parcial, la que vaya dirigida a una ganancia de confortabilidad para quienes ocupan las localidades y como lenitivo a la inclemencia climática que pueda perturbar el normal desarrollo de la lidia, la interpretación de las suertes del toreo y el comportamiento del ganado. Es algo tan elemental, tan de sentido común, que deja en mera anécdota el argumentario de los opositores recalcitrantes a cualquier amejoramiento, reordenación y puesta al día de la fiesta de los toros.

Los agentes que forman el escuadrón de esa guardia pretoriana que viste el uniforme del “purismo” se han tomado tan a pecho su firmeza en lo de echar pie en pared a todo lo que huela a modernidad, que ponen el grito en el cielo ante cualquier conato de progresión, de modificación que pretenda entrar en sintonía con nuestro tiempo. Son los fieles seguidores del apostolado de aquellos abuelos que clamaban al cielo en el año 28 por la implantación del peto en los caballos de picar (“¡se acabaron los toros…!”, gritaban en los conciliábulos de rebotica o mentideros de ocasión), o cuando se suprimieron las banderillas de fuego, o cuando se hizo consuetudinario el uso del estoque simulado para las faenas de muleta. Si se hubieran atendido sus furibundas protestas ante estas reformas ¿se imaginan, a día de hoy, un espectáculo en el que tuviera vigencia el estado anterior de las cosas?

Pues bien, no se ha hecho más que esbozar la posibilidad de la cubrición de la plaza de Las Ventas (al parecer para añadirla como recinto olímpico) para que los nietos que siguen la doctrina del grito “¡caballos, caballos…!”, cierren filas a la contra. No se vayan a creer que son legión. Son unos poquitos; pero piensan que forman parte de la reserva espiritual de esta Fiesta, qué le vamos a hacer. Creen –o al menos eso dicen–  que una cubierta moderna, aunque ofrezca todas las garantías de permeabilidad lumínica, aislamiento, ventilación y sonorización, dañaría la riqueza arquitectónica del edificio. Por supuesto, no tiene ni puñetera idea del asunto.

Sin embargo, hay algo en este proyecto con lo que estoy en absoluto desacuerdo: la intención de que la cubierta, de estructura ligera de aluminio, se instale en la parte superior de los tendidos, dejando aisladas y desprotegidas gradas y andanadas. Esta solución me parece un verdadero disparate, un atentado contra la belleza interior de un escenario taurino emblemático. La plaza Monumental de Madrid es una preciosidad. Por dentro y por fuera. Pero, como la inmensa mayoría de las españolas es incómoda, ingrata para el espectador por sus angosturas y durezas, y para los toreros por lo molesto de los agentes climatológicos. Pero si se cubre, que sea con todas las consecuencias, no solo para ofrecer ocasionalmente partidos de basket o para espectáculos de diversa índole  fuera de temporada. Porque esa es otra: la temporada taurina comienza en primavera y termina en otoño porque no hay Dios que pare en invierno a la intemperie en el ruedo y en el tendido; pero si la plaza está cubierta y bien acondicionada, se podrían dar toros (en festejos más o menos mayores y menores) a lo largo del año, sin solución de continuidad.

Búsquese una solución definitiva, no de urgencia para llenar un vacío dotacional y poder colocar un parche a la candidatura de Madrid como sede olímpica en 2020. Con esta cubrición “a medias”, la plaza de las Ventas estaría cortada interiormente, achatada, mutilada. Y eso sí que no. La empresa Warner Music y su miembro societario Grupo Plus –según las últimas informaciones ya han entrado de lleno en el asunto y trabajan en este sentido–  no son los únicos especialistas en este tipo de instalaciones. La Comunidad de Madrid, propietaria del inmueble, debe molestarse en encontrar la “idea ideal”, que posibilite el techado desde la cumbre del coso, sin que la cosa perturbe la contemplación exterior de la maravillosa obra de orfebrería de sus fachadas; y, ya de paso, que mitigue por el interior el castigo de vientos y soles.

Lamentablemente, en este país tenemos a millares de jóvenes brillantemente licenciados en ingeniería industrial que están haciendo cola en los aeropuertos para buscarse las habichuelas fuera de España. Convóquese un concurso de proyectos para el asunto en cuestión y verán como la “idea ideal” se consuma. El “sol y moscas” de El Guerra ya pasó a la historia, como pasó aquella otra sentencia avinagrada de Unamuno, proclamando “¡que inventen ellos!”, para denunciar veladamente la inveterada holganza del pueblo español y adoptar la progresía innovadora  de todo lo foráneo.

La cubrición de la plaza de las Ventas es un tema viejo, pero en estos días –por una cuestión olímpica, qué curioso– vuelve a estar de actualidad. Me parece imprescindible que se acometa cuanto antes. Pero no así, a ratos y a cachos. Demos paso a la imaginación  ¡Que inventen ellos! Eso sí, los nuestros.

(Nota para los escépticos o para los desinformados malévolos: la palabra “cubrición” es de uso común en el lenguaje de arquitectura para designar el techado de los edificios).