La verdad

Plaza de España

Europa PressPlaza de España

Cuando libras a la ciudad del coche, aparece su verdad.

Esto escribí con el pensamiento esta mañana, aunque luego lo anotara de otra de manera, dando un paseo por los alrededores de la Plaza de España que luego van a dar a los jardines de Sabatini, donde yo recordaba un enjambre de coches y un humo tremendo saliendo de un entramado de carreteras que, como por arte de magia, han desaparecido.

Porque es magia pura lo que se ha hecho en esta parte de Madrid.

Imagino la alegría de los que tienen aquí sus casas, ¡y con balcón!, delante, y ya no hay humo ni ruido, sino la verdad de la ciudad, que está en las campanas que se oyen tan a lo lejos que no sabes de qué iglesia son.

Los sonidos, han vuelto a las calles, el conversar de las personas, el pedaleo de una bicicleta, el chilríar de los vencejos, el rumor del sol iluminando las calzadas, al fin vacías de automóviles. De pronto, un sonido de carruaje. Siempre me gustó ese golpear de los cascos de los caballos contra la piedra, como de castañuela, pero algo más hueco, siempre rítmico, porque es así como avanzan, al paso, los caballos, haciendo un eco fresco que es el de la tierra, a la que llaman, sabiendo que está siempre la tierra debajo del adoquín o del asfalto. Qué maravilla. Se trata de un carruaje del Palacio Real, que avanza bajo un cielo muy azul y la sombra de un palacio muy blanco. Parece recién hecho de lo nuevo que se ve, ahora que sólo se ha cambiado un detalle, que era la circulación a motor que, al final, ensuciaba por aquí todo.

La jardinería, merecería un capítulo aparte, porque está llena de delicadeza. Me ha encantado. Y escribiría más. Me ha entusiasmado, ¿cómo no emocionarse al ver que se han plantado macizos enteros de Erigeron? Una planta herbácea que en mi casa vive silvestre y a la que mi suegro salvó porque todo el mundo quería quitarla y al enterarse de que a mí me gustaba, porque se lo dije, la dejó. Así era mi suegro. Si podía hacer algo por alguien, lo hacía, aunque sólo fuera dejar que se diera una flor. A veces, cuando segaba la hierba, si veía que tenía mucha manzanilla, no le pasaba por encima, y dejaba unos rodales que olían. Sus hijos, siempre de broma, le decían que se había vuelto un poco cursi, pero era la compasión que sentía él por lo más débil o desamparado que hubiera, y en el jardín de su casa eran estas manzanillas que salvaba de la siega y que le parecían preciosas y además le daba forma al rodal, de circunferencia, para redondearlo aún más.

Y así, con hechos sencillos, es como se consiguen las más grandes cosas.

Me cuenta una amiga que las flores que se dan hoy delante del edificio que yo llamo Allard, por su Club, pero que es la “Casa Gallardo”, una de las más hermosas edificaciones de todo Madrid y que casi nadie apreciaba porque al pasar por allí lo único que te preocupaba era cómo cruzar sin que te atropellaran los coches; ahora, sin embargo, se aprecia en toda su plenitud y encima orlado de estas flores llamadas, me cuenta una amiga, “violetas de la Pampa”, que se mueven como pájaros atados igual que cometas a la tierra pero que han volado hasta aquí para mejorar el espacio.

Leí hace unos días una frase que me impresionó, en un texto donde la arquitecta Teresa Taboas, a la que ya considero también mi amiga, hacía una serie de reflexiones sobre el urbanismo y la arquitectura, y citaba una frase de Italo Calvino que dice:

“El infierno de los seres vivos no es algo que será, hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de sufrirlo: la primera es fácil para muchos, aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos, buscar y saber reconocer quién y qué en medio del infierno no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Darle espacio.

Alguien por aquí lo pensó, darle espacio al no infierno.

Y lo ha logrado.

Es como si la ciudad, de pronto, una vez pasado el aturullamiento de la modernidad, hubiera decidido volver a ser verdad, espacio del “no infierno”.

Y es como si al campo, que vivía en paz de estos infiernos, alguien hubiera decidido convertirlo en el infierno que fuera la ciudad, para servirla a ella desde lejos, y a cientos de kilómetros de distancia, destrozar cosas tan sagradas como el perfil de unos montes llenos de Biodiversidad y de Patrimonio Cultural, espacios de “no infierno” donde residen, acumulados durante miles de años, la mirada y el pensamiento humano, con lo mejor de su alma, que es la parte que no ardió.

La verdad, ni a una ciudad ni a un monte, nadie debería poderla quitar.

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