La belleza

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Escribo lentamente, a la velocidad del tiempo al pasar por mi casa.

Todo sucede como si nada sucediera, entra la luz del sol, da sobre el velador donde está el gran sombrero panamá bajo unos gladiolos anaranjados comprados en el mercado de Betanzos a una señora que también me vendió unos “xenos”, una verdura cuya traducción del gallego desconozco, pero con un sabor único, entre berza y repollo, creo recordar que son sus brotes tiernos. Después me fui a tomar un café con churros y zumo de naranja a los soportales, al lado de la pastelería Rábade, viendo entrar y salir a la gente, sin hacer nada más que mirar pasar el tiempo.

Deambulo mucho estos días, como si lo necesitara.

Recuerdo esa sensación de Francia, de cuando paseábamos por París los domingos sin saber adónde ir, pero cultivando de manera muy consciente la “flânerie” que es ese deambular llevando la mirada a lo alto, para ver el final de los edificios que es donde empieza, en su remate, tocando el cielo, su verdadera arquitectura. También por Madrid paseaba mucho de esa manera. La única condición para que esto suceda es no tener coche. Que no haya más remedio que ir paseando, y mejor si es por calles secundarias, de esas donde podrías ser asaltado, por detrás de la Gran Vía, mirando los escaparates de tulipas y de pantallas y de lámparas que hay en una calle de esas donde aún queda un comercio que es el de otro siglo.

También estuve de esta manera, deambulando, por el puerto de Miño, el domingo pasado, para terminar frente al mar con el café y, en vez de churros, un pincho de tortilla recién hecho. Hay quien no entiende estas cosas, el café con algo salado, pero yo no entiendo el café de otra manera, siempre antes con tostadas y tomate y la sal del mar, que con dulce. El caso es detenerse. No hacer nada. Vagabundear sin ir a ningún lugar concreto, quedarte mirando las redes de la sardina, al sol, brillando de escamas sobre el muelle. Observar la cantidad de sepiones, plumas blancas calcáreas llenas de aire, que hay sobre la arena, y ya en la orilla, una sepia varada, muy grande, como de dos kilos de peso, de las que suelen morir tras la puesta ya que no viven más de un año, sus cromatóforos al sol apagados, del color blanco y sepia de su nombre. Hay también vieiras pequeñas y restos de navajas y de margaritas y de carneiros. Crujen mis pasos al pisar tanta caracola hecha trizas por el mar. Tanta riqueza.

Sigo hacia la lonja, que en domingo está cerrada, y termino de ver el puerto, que es pequeño, donde los barcos están varados como la sepia sobre la arena, del poco calado de tiene este abrigo. Una barca amarilla aún tiene algo de agua para flotar amarrada al muelle con unos cabos muy largos que van a dar a un lecho de sargazos, descubiertos por la marea

Es bonita esta parte de Miño, donde no hay nada construido, o casi nada, sólo unas playas pequeñas y unos barcos y un fondo de bosque en la otra orilla.

Mi mirada va siempre buscando la belleza, que necesito como el aire.

Me ahogo sin ella.

Puedo ver algo feo siempre que sea durante poco tiempo. Luego llevo la mirada al cielo, a una nube que pasa, o un trébol florecido de malva, para apoyar en ese lugar el pensamiento. Así es como sobrevivo. Creo que desde niña he llegado hasta aquí de esa manera.

Se diría que he perdido el tiempo, pero creo que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida, no hacer nada, sólo mirar la belleza, antes de que desapareciera para siempre en un segundo.

Y así diré: no he vivido en vano.

Me di cuenta.

Cuando pasó delante de mí, vi la belleza.

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